Opinión

RAFAEL ROJAS: La mutación del héroe

Desde el 16 de febrero hasta el 26 de julio de 1959 Fidel Castro ejerció, con evidente malestar, las funciones que corresponderían a un primer ministro bajo un régimen semiparlamentario, como el que establecía la Constitución del 40. Sólo que entonces las instituciones representativas y judiciales de la república estaban siendo abandonadas y el único balance al poder de Castro era el presidente Urrutia y los ministros moderados. Las tensiones entre ambos políticos llegaron a su máximo nivel en el verano de aquel año, cuando el presidente hizo varias declaraciones afirmando la ideología democrática de la revolución.

Lo que decía Urrutia era lo mismo que había dicho Castro durante toda la primera mitad del 59: que la revolución no era comunista, sino humanista. Sin embargo, las declaraciones de Urrutia denunciaban un fenómeno concreto: la incorporación de comunistas a las fuerzas armadas y a las direcciones provinciales y locales del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA). Para Castro, lo mismo que para su hermano Raúl y el Che Guevara, dos revolucionarios que se presentaban públicamente como comunistas desde la Sierra, era importante que los miembros del Partido Socialista Popular se sumaran a la dirigencia del país.

Los comunistas, a pesar de su escasa participación en el proceso insurreccional, se consideraban revolucionarios. A ''título personal'', Ursinio Rojas se había alzado con Raúl, Armando Acosta con Guevara, Carlos Rafael Rodríguez con Castro y el PSP había ordenado a Félix Torres unir sus tropas a Camilo. La diferencia entre los caudillos de la Sierra y buena parte de la dirección urbana del 26 de Julio, más todo el Directorio --que no olvidaba los muertos de Humboldt 7-- era que aquella presencia, según estos, no era suficiente para incorporar a los comunistas, además de que dicha alianza empañaría la imagen democrática y liberal de la revolución.

En nombre de una pluralidad, en la que se reconocían católicos y marxistas, ortodoxos y auténticos --en mayo y junio de 1959, por ejemplo, la reforma agraria fue defendida por la Iglesia y el PSP y aceptada por Washington--, Castro reaccionó contra Urrutia. Una cosa, decía el primer ministro, era que hubiera comunistas revolucionarios y otra que la revolución fuera comunista. Las declaraciones del presidente, además, ''podían ser utilizadas por el enemigo'', un argumento que a partir de la explosión de La Coubre, en marzo del 60, se volvería recurrente. Estas acusaciones y otras más mezquinas, como la de enriquecimiento ilícito o la de que el presidente se oponía a la reforma agraria, unidas al ardid de la ''renuncia de Fidel'', provocaron la dimisión de Urrutia el 17 de julio.

A partir de entonces la ideología del gobierno se volvió contradictoria: sus líderes decían no ser comunistas, pero consideraban contrarrevolucionarios a quienes se opusieran abiertamente al comunismo. Cuando en octubre de ese año, Huber Matos reiteró la misma denuncia de Urrutia en carta al primer ministro, la reacción del héroe fue nuevamente despótica: el legendario comandante del tercer frente oriental fue condenado a veinte años de cárcel por ''traición''. En señal de protesta, dos ministros liberales, Faustino Pérez y Manuel Ray, líderes importantes del 26 de Julio y críticos del caudillismo de Castro desde la etapa insurreccional, renunciaron. Sin un presidente que hiciera contrapeso --el nuevo, Osvaldo Dorticós, se subordinaba al primer ministro-- la autocracia ya no tuvo límites.

En la primera mitad de 1960, la jefatura de la revolución --no la mayoría de los revolucionarios, que seguía siendo partidaria de la Constitución del 40-- tomó la senda del totalitarismo. En pocos meses, se centralizaron, nacionalizaron o intervinieron bancos cubanos y extranjeros, empresas norteamericanas, periódicos y revistas y estaciones de radio y televisión. El 4 de febrero de 1960, una semana después de que Eisenhower hablara en tono conciliador del tema cubano, llegó Anastas Mikoyán a Cuba, donde inauguró una exposición soviética, firmó un acuerdo comercial con el gobierno y ofreció la compra preferencial de azúcar, más un crédito de cien millones de dólares para la industrialización de la isla.

En su libro My 14 Months with Castro (1966), Rufo López Fresquet --el último de los ministros liberales que quedaba en el gabinete-- cuenta que cuando, a mediados del 60, intentó retomar la negociación comercial con Estados Unidos, el primer ministro se opuso y López Fresquet renunció. Tras el discurso del 1 de mayo, en el que Castro lanzó la consigna de ''elecciones para qué'', importantes políticos antibatistianos (Prío, Varona, Sánchez Arango, Carrillo, Artime, Rasco, Martín Elena), conscientes de que no habría espacio para una oposición pacífica, crearon el Frente Revolucionario Democrático. Otros políticos que integraron el primer gobierno, como José Miró Cardona, Manuel Ray y David Salvador, comenzaron a conspirar contra el régimen.

La política de Estados Unidos, aunque no cerraba todas las puertas de la negociación --Bonsal permaneció en La Habana hasta el 29 de octubre del 60-- optó, a insistencia de la CIA, por una solución violenta. Pero el escalamiento del conflicto entre Washington y La Habana, en aquel verano, inició con la presión para que las refinerías norteamericanas y británicas procesaran petróleo soviético y la confiscación de Texaco y Esso, que fue respondida por Eisenhower con la suspensión de compras de azúcar. La ruptura del pacto revolucionario, la guerra civil, el exilio, la inscripción de la isla en la órbita soviética y la confrontación con Estados Unidos fueron elecciones racionales de los nuevos gobernantes y no meras adversidades de la guerra fría.

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