Opinión

Una incultura del miedo

El presidente Donald Trump ha manipulado el miedo a los inmigrantes.
El presidente Donald Trump ha manipulado el miedo a los inmigrantes. AP

Estados Unidos es uno de los países más miedosos del mundo. ¿Quién lo diría de esta sociedad abierta, segura, una superpotencia próspera que todavía se rige por el estado de derecho y la economía de mercado?

Sucede que aquí el miedo es más rentable que los productos de Apple. Somos los clientes azorados de instituciones públicas y privadas que se ocupan de vendernos y suministrarnos una gama variada de temores patológicos.

Patológicos porque no responden a peligros reales. Los miedos artificiales engendran sus propias amenazas imaginarias. Algunas son demonios nacidos de los mecanismos de control elaborados por el Estado y empresas influyentes. Obsesiones de la abundancia, del apego a altos niveles de vida que alimentan la infantilización y el temor constante a perder esos niveles de vida.

La venta del miedo está a la vista en la propaganda publicitaria, en la tónica de noticieros y en los discursos de los muchos políticos. Según “La Cultura del Miedo” del sociólogo Barry Glassner, los estadounidenses suelen temerle a cosas inocuas al tiempo que ignoran muchos peligros reales. Glassner le achaca la cobardía acomodada de sus compatriotas a la propaganda gubernamental y privada y a las predilecciones del Internet y los medios de comunicación, los cuales inventan y difunden pánicos para todos los públicos.

Un ejemplo constante: A partir de cualquier matanza protagonizada por adolescentes, en escuelas o en centros urbanos, los medios y las autoridades comienzan a propagar la idea de que en Estados Unidos se extiende la violencia juvenil como una plaga imparable. Sin embargo, los hechos resaltan una realidad que contradice la andanada propagandística. Según varios estudios que Glassner examina minuciosamente, el índice de homicidios entre jóvenes ha disminuido en más de un 30 por ciento durante los últimos años. En Estados Unidos, las estadísticas demuestran que un joven corre un riesgo muchísimo más alto de morir fulminado por relámpagos que por asesinos al acecho en las escuelas y calles del país.

“La Cultura del Miedo” establece una clara correlación entre el contenido de la mass media y la difusión de miedos nacionales. De acuerdo con varias encuestas citadas por Glassner, en un momento u otro de la historia reciente de Estados Unidos una mayoría de los adultos sondeados han expresado temores infundados hacia cultos satánicos, ciertos alimentos, los viajes por avión, enfermedades supuestamente causadas por las vacunas y otras epidemias imaginarias. Tal y como indican las cifras de ventas de las empresas farmacéuticas y de medicinas alternativas, los estadounidenses son caldos de cultivo para las hipocondrías más variadas.

Pero hay miedos imaginarios que constituyen amenazas reales para la democracia y las libertades. Como he dicho, los fomentan políticos y los amos que les financian sus campañas. El brillante filósofo español Antonio Escohotado resume el peligro: Hoy “gobernar implica administrar el temor ajeno. El interés objetivo del guardián es que el miedo siga intacto, o hasta crezca, de igual manera que la dolencia es el interés objetivo de una medicina donde el paciente paga cuando está enfermo y no cuando está sano”. Así, la promoción del temor hiperbólico, manipulado por las autoridades con la ayuda interesada de sus cómplices en los medios, justifica políticas xenofóbicas o colosales presupuestos militares que casi todos nuestros representantes electos rehuyen criticar y fiscalizar por miedo a que los acusen de una falta de patriotismo. También justifican el mantenimiento de un imponente aparato policial y carcelario que atenta contra las libertades de todos.

El presidente Donald J. Trump ha sido un hábil manipulador del miedo que mueve a muchos de sus adeptos: el miedo al extranjero, al inmigrante, al advenedizo. Es el temor más viejo y pertinaz que ha existido en la república estadounidense. En el siglo XIX los católicos fueron el objeto de este miedo virulento, después de la guerra civil fueron los inmigrantes italianos, eslavos y judíos. En el siglo XXI son las hordas provenientes de México y Centroamérica. Avivan el deseo promovido por Trump de construir un muro inservible, otro remedio imaginario para los infundados ataques de pánico xenofóbico que estremecen a millones de estadounidenses.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

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