Opinión

Hay violencia porque no hay familia

Cientos de estudiantes participan en una protesta para exigir el control de las armas en Washington, el 21 de febrero.
Cientos de estudiantes participan en una protesta para exigir el control de las armas en Washington, el 21 de febrero. Getty Images

Mi profesor de terapia Gestalt, Luis Vela, nos dejó la tarea de leer varios perfiles de asesinos. En todos había un hogar roto, un niño no amado. La visión que los padres y adultos a cargo tienen del niño es lo que forma su autoimagen. La baja autoestima y la idea de que “no sirvo para nada” no nacen con el bebé, se la proporcionamos nosotros. Hace 40 años, nos decía Padre Luis, las personas llegaban a mi consulta con problemas puntuales, hoy me llegan hechas pedazos.

Los niños repiten los patrones de comportamiento aprendidos en casa, asusta la agresividad que hasta en los más pequeños vemos ya. Problema psicológico que no se trabaje en una terapia seria, tiene muchas posibilidades de potenciarse con las dificultades de la escuela y la vida adulta.

Cuántos niños criados a la deriva, madres estresadas de trabajar fuera y en casa, padres ausentes, divorciados en guerra a muerte y casados que pelean delante de sus hijos, ajenos a la culpa que generan en ellos.

Vivimos esclavizados a horarios y la palabra que más escuchan los niños es: “Apúrate”. No hay tiempo para preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo con mi vida y la de mis hijos?

Se va al hogar de visita, padres inquilinos de su propia familia. Una infancia que transcurre más en la escuela que en la casa, tardes y noches haciendo tareas y proyectos laboriosos, hijos que se perciben como una carga. Cocinar para los hijos es una esclavitud, sacrificar el gimnasio para llevarlos al parque es impensable, traer amiguitos a jugar en casa deja todo muy sucio y desordenado….

¡Qué triste un hogar vacío de recuerdos familiares, de tiempo jugando con tus hijos, de toda la familia sentada a la mesa, de cuentos leídos a la hora de dormir!

Permitimos que los hijos vean películas que transcurren entre tiros, sangre, venganzas. Los héroes no entienden de compasión. Veo similitud entre el proceder de los autores de matanzas en nuestro país y los protagonistas de las películas y videojuegos de moda. Donde no hay héroe se imita al antihéroe. Para detener esta espiral de violencia el gobierno tiene que hacer su parte y cada uno de nosotros la suya.

La sociedad influye, claro está, pero no siempre es determinante. Viví 29 años en la Cuba de Fidel. Mi hermana y yo recibimos el mismo adoctrinamiento y lavado de cerebro de todos mis compañeros y nunca nos hicimos pioneras, somos católicas practicantes y no paramos hasta llegar al imperio, el lugar que nos intentaron hacer odiar desde que tuvimos uso de razón. Nosotras no somos el fruto de la revolución cubana, nosotras somos las hijas de Cuco el panadero y Teté, una madre a tiempo completo.

“La familia sigue siendo la institución más importante para la persona y la sociedad”, nos decía San Juan Pablo II en su incesante catequesis.

No hay tiempo para los hijos. Miami, ciudad de malls llenos y parques vacíos. Llevo más de 12 años explorando el bosquecito del parque Kendall Indian Hammocks con mi sobrino y la pequeña tropa de amiguitos. Solo recuerdo 3 ocasiones de habernos cruzado con alguien en sus senderos. La experiencia sensorial de oler, tocar, escuchar, observar… que los niños experimentan en medio de la naturaleza ayuda mucho a contrarrestar la agitación de la ciudad.

“La mano que mece la cuna es la mano que gobierna al mundo”, nos dejó escrito el poeta estadounidense William Ross Wallace. Hoy esa mano, con una manicura perfecta, está posada en cualquier parte menos sobre los hombros de sus hijitos, pareciera que los hijos molestan, que hay que quitárselos de encima para “realizarse”, que es la gran meta de la mujer moderna. Todavía están lactando y ya los mandamos para el day care. No hay excusa válida para que en un país tan rico como Estados Unidos las madres no puedan disfrutar de un año de licencia de maternidad. A otros no se les permite nacer; ni en el vientre de su madre los niños pueden estar seguros, porque hasta allí llegamos a quitarles la vida, para poder nosotros vivir la nuestra.

Jóvenes de estos tiempos, hijos de la cultura de la muerte, bañan en sangre a Estados Unidos y nos hacen temblar ante el futuro. El padre de mi amiga Cary Correa siempre tuvo un revólver encima del armario y ella me cuenta que jamás ninguno de sus hijos se atrevió a tocarlo. “Papá lo había prohibido y su palabra era la ley”. Hoy, no solo no se respeta a los padres, se toma el arma, se dispara a sus compañeros de clase y si mamá o papá se interponen podrían morir también.

Los padres estamos tan mal que no hay esperanza para los hijos, comentábamos abatidos con la lectura de tantos perfiles de criminales

“Hay una buena noticia”, dijo Padre Luis, tratando de llegarnos al alma:

“Para que un niño no se pierda, solo necesita una cosa: Tener la certeza de que al menos una persona en el mundo se muere de amor por él”.

Profesora de Español y Literatura.

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