Opinión

DORA AMADOR: Una violación legítima

El miembro de la Cámara de Representantes y candidato al Senado por Missouri, Todd Akin, está en contra del aborto incluso en caso de violación. El congresista quiso justificar su posición diciendo estas palabras que han reproducido cientos de periódicos de aquí e internacionales: “Es muy infrecuente que una violación acabe en embarazo, porque si se trata de una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene maneras de cerrarse”. Akin, como millones de hombres, piensan y afirman que si una mujer es violada, muchas veces se debe a que “se la buscó”, o mintió, por tanto no es genuina ni cierta ni verdadera, en suma no es legítima.

Pero el razonamiento ancestral y patéticamente ignorante de Akin va más allá. Él está convencido de que si una mujer está siendo violada “legítimamente”, no quedará embarazada porque –en inglés, para no perdernos nada de este bocadillo republicano– “ the female body has ways to try to shut the whole thing down”, como lo harían las compuertas de un dique, supongo, o algunas maquinarias cuando perciben peligro. Por “ the whole thing” debemos entender el útero, los ovarios y, de paso, eliminar no se sabe cómo los millones de espermatozoides que buscan un óvulo para engendrar. Podría ser, para colmo, que Akin piense que la mujer evita automáticamente el embarazo porque al ser una “violación legítima”, y ella no sentir placer ni tener el orgasmo a la misma vez que el hombre (muchos creían antes que esto debería ser así para lograr el embarazo) entonces cierra sus compuertas internas y adiós esperma, no hay engendración posible.

Esto me ha hecho recordar vívidamente algo que gracias a Dios he logrado dejar ir de todo mi ser hace tiempo. Cuando fui violada a los 15 años.

Como en la mayoría de los casos –no son curas ni hombres desconocidos–, fui violada por una persona cercana a la familia que nos visitaba a menudo. Antes de proseguir debo decir, para advertencia de los que cuidan amorosamente de los niños, que todos los estudios que se han hecho sobre este tema demuestran que la inmensa mayoría de las violaciones y abusos infantiles son perpetrados por los padres, algún familiar o personas amigas de la familia de la víctima. Prosigo narrando mi experimentación con el mal a muy temprana edad: era el Nueva York de 1963, donde llegaban cubanos exiliados a diario buscando trabajo y hogar. Nosotras –mi madre, mi hermana y yo– vivíamos en un barrio típicamente cubano de la época, West Side, en Manhattan.

Ese hombre me invitó a pasear una tarde en que me encontraba sola en el apartamento. Yo había llegado de la escuela, pero no mi mamá ni mi hermana, que estaban en el trabajo. Era un atardecer lindo en Manhattan, y caminábamos sin prisa. Me invitó a entrar en uno de los pubs que nos encontrábamos por las calles y avenidas de lo que empezaba a ser mi ciudad amada. Recuerdo que fue como una fascinante aventura entrar en aquel lugar a media luz, y sentarme como una adulta en aquel ambiente nuevo y atrayente. Al rato de estar en el bar yo estaba perdidamente borracha. Era la primera vez que tomaba. Lo próximo que supe era que estaba en un cuarto de un hotel, desnuda, acostada en una cama con el cuerpo de aquel hombre encima de mí, moviéndose desesperado, y yo en silencio aterrada sintiendo el dolor de la penetración. Después vi que la sábana tenía manchas de sangre, mi sangre. No dije nada, no hablé durante todo aquello. Estaba en shock, mi cuerpo temblaba, ya no estaba borracha, pero tampoco pensaba, solo sentía en todo mi ser interior como un golpe, una grieta, un susto de nuevo tipo.

Omito detalles del encuentro con mi madre esa noche y los sucesos al otro día. La rebeldía que ocultaba mi dolor y quebradura que se había iniciado desde que salí de Cuba y después viviendo con mi padre y mi madrastra, se fortaleció ahora como un potro salvaje en mi pecho. Cada cual tiene sus mecanismos. (Al salir de Cuba en 1962, fui a vivir con mi padre y mi madrastra por año y medio, hasta que salió mi mamá a mediados de 1963 y me fui a vivir con ella).

Volvamos a la violación “legítima”. No me casé con aquella bestia. ¿Me hubiese hecho un aborto si hubiera quedado embarazada, lo que gracias a Dios no sucedió? Es probable que sí. Entonces yo no tenía la conciencia de que la vida comienza en el momento de la concepción, aunque el semen sea el de un violador. Y si me lo hubiera hecho, ¿cómo me sentiría ahora por haber matado a mi hija o hijo? Un mal sobre otro mal.

Aun así, la mujer debe ser quien toma la decisión de hacerse un aborto o no si fue violada. Y el aborto en estos casos debe ser legal. Es una decisión muy personal, para eso existe el libre albedrío. Y gracias a Dios, el sacramento de la reconciliación.

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