Opinión

Violencia homicida en las escuelas

Dos jóvenes colocan flores en un tributo frente a la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Broward, en memoria de las 17 personas asesinadas el 14 de febrero.
Dos jóvenes colocan flores en un tributo frente a la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Broward, en memoria de las 17 personas asesinadas el 14 de febrero. Getty Images

Con harta frecuencia asistimos horrorizados al espectáculo desgarrador de masacres espeluznantes en las escuelas públicas.

Ese fenómeno se desconoce en las escuelas privadas. Quizás eso se deba a que éstas, sobre todo las inspiradas en fe religiosa, gozan de plena libertad para cultivar el espíritu de los alumnos.

Hasta el año 1962 se podía rezar el Padre Nuestro en las escuelas públicas. También se permitía resaltar el valor de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios como expresión de la ley moral común a todos los mortales. Todo eso cambió en aras del respeto a todas las religiones y al ateísmo.

No nos extrañe que al desterrar a Dios de las escuelas se haya hecho espacio a lo inmoral y diabólico. La edición de la revista National Geographic de febrero del 2018 trae fotos de niñas y niños de trece años aprendiendo en el aula escolar a instalar preservativos en falos plásticos. Para ese plantel no hay otro valor en torno a la sexualidad que evitar el embarazo de las adolescentes.

En las escuelas privadas, particularmente las de inspiración salesiana, escolapia, lasallista, jesuita y otras muchas como las de monjas, existe un gran interés por el bien integral de cada alumno. Se les pide mucha disciplina, pero bien motivada. Se les inculcan valores como la abnegación, el servicio gratuito por amor, y también la castidad. Y sobre todo, se les facilita el encuentro íntimo con Dios.

A los estudiantes particularmente difíciles se les da un seguimiento especial mediante consejeros psicólogos y religiosos. Cuando el joven problemático se muestra incorregible, se procura no despedirlo a mitad de curso, pues esa humillación suele ocasionar un trauma que podría impulsar a la violencia. Si hay que despedirlo, se espera al final del curso, y se le explica en buenas formas que por su bien debe ir a otro colegio el siguiente año académico. Debe evitarse que el estudiante despedido quede amargado contra la escuela. Muchas masacres recientes fueron perpetradas por alumnos expulsados de mala manera. Claro que también ayudaría mucho prohibir a los civiles la tenencia de armas más propias del ejército.

Cuando San Ignacio de Loyola, por ejemplo, tenía que despedir a un jesuita, lo hacía con mucha consideración, o sea, con caridad. Él procuraba encaminarlo hacia la búsqueda de un nuevo estado de vida. Y no lo despedía sin provisiones para el viaje, incluyendo dinero. Hay que tratar bien a todas las personas a imitación de Dios, que “hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt. 5, 45).

Sacerdote jesuita.

ebarriossj@gmail.com

  Comentarios