Opinión

Un febrero inolvidable

Pearlie Corker (izq.), conductora de autobuses escolares, y Rosalind Osgood, miembro de la Junta Escolar, se abrazan al visitar la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas el 23 de febrero, cuando el centro docente donde ocurrió una matanza el 14 de febrero reabrió sus puertas para los maestros y el personal escolar.
Pearlie Corker (izq.), conductora de autobuses escolares, y Rosalind Osgood, miembro de la Junta Escolar, se abrazan al visitar la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas el 23 de febrero, cuando el centro docente donde ocurrió una matanza el 14 de febrero reabrió sus puertas para los maestros y el personal escolar. Getty Images

Siempre le tuve miedo a este mes, Febrero, porque me parece que encierra cosas tan complicadas como el amor, el invierno y lo nuevo, porque muchas veces es donde cae el año nuevo chino. Pero el febrero del 2018 lo vamos a recordar porque en su día de los enamorados sucedió una nueva matanza en un centro escolar en los Estados Unidos que, pese al horror y dolor que ha causado en tantas familias, nos permite atisbar un rayo de esperanza en la lucha por el control de armas en los Estados Unidos. Apena que el movimiento Never Again haya surgido tras una enésima tragedia pero quiero no solo plegarme a todo lo que persigue sino también felicitar, abrazar, enaltecer a esos jóvenes estudiantes que lo promueven por todas las ciudades y estados de la nación. Las manifestaciones en el 21 de febrero fueron una respuesta a la matanza en el día de los enamorados pero significan una nueva era y una nueva conquista: que la matanza de Parkland sea, al fin, la última de su tipo en Estados Unidos.

Por eso, febrero cada vez me gusta más, a pesar que siempre me inquietará su frío, lo corto de sus días y como cada año que sobrevivo me hace ver que la vida pasa con demasiada rapidez. La mía, en particular, sigue desarrollándose entre dos ciudades, Madrid y Miami, separadas por un océano. Justo antes de tomar el avión de Madrid a la capital del sol, estaba en el programa de radio donde colaboro en España y reflexioné sobre ese momento en el que el avión deja atrás Portugal y delante suyo y por más de ocho horas, el océano Atlántico es una inmensidad sin tierra, sin países, sin nada a lo que sujetarte si por desgracia te tocara precipitarte. Pese a ser un momento que muchas veces viví con miedo, ahora lo atravieso con una aplastante serenidad. ¿He escrito alguna vez sobre esto? No lo sé pero me apetece siempre compartir esa extraña placidez. En mi butaca, el cinturón bien apretado, miro primero a ese pedazo de tierra que se despide de mí, Portugal y su apabullante línea oceánica, y siempre pienso en lo difícil que es despedirse de tanta belleza, de Europa, nada más y nada menos. Y aventurarse en la larguísima nada del Atlántico. En cada viaje, siento que adoro ese momento y que en el fondo me define: soy una persona condenada a estar suspendida en esos miles de kilómetros en los que podría caer o, como hasta ahora ha sido, viajar reorganizando lo que está desordenado, reflexionando sobre lo ganado o perdido en esas dos orillas que representan al viejo y al nuevo mundo.

En este febrero he visto esas orillas un poquito más próximas. En Madrid la opinión pública cree que Estados Unidos jamás dejará de ser una nación marcada por la violencia. En Miami, muchos creemos que sí puede haber un cambio, que sí conseguiremos más controles sobre la venta de armas.

Cada continente tiene sus propios chismes. Por ejemplo, en España están asombrados con que la cantante pop Marta Sánchez haya hecho una letra para el himno nacional. Y en América se asombran que el himno español no tenga letra. Nadie ha conseguido convencer a los españoles para que la tenga. Marta dice que lo compuso en Miami añorando su tierra, que se inspiró en Mi Tierra Bella de los Estefan. Si yo lo escribiera, hablaría de febrero, el mes donde el amor se hizo valiente y pidió que nunca más sea una nueva era.

Escritor y presentador venezolano.

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