Opinión

SERGIO MUÑOZ BATA: Contra la violencia

Sergio Muñoz Bata

Cuando vieron que el hombre que caminaba frente a ellos acomodaba un objeto en su cintura, dos policías neoyorquinos decidieron acercársele para interrogarlo. Sin que mediara palabra entre ellos, el sospechoso los recibió a balazos hiriendo gravemente a uno de los dos policías. La noticia puso en guardia a las corporaciones policiacas del país. Los dos sucesos que alimentaban la ansiedad de los cuerpos policiacos eran la memoria del asesinato en diciembre de dos agentes por un hombre que antes de suicidarse confesó en las redes sociales que su último deseo era matar policías; y las violentas manifestaciones que ese día habían tenido lugar en gran parte del país por la muerte de Freddie Gray, un hombre negro, desarmado, muerto bajo custodia policiaca.

El número de hombres negros desarmados que han muerto o que han sido salvajemente golpeados en enfrentamientos con la policía en Estados Unidos es enorme y se remonta varios siglos. La gran variante es que en los últimos años algunos de estos enfrentamientos han podido ser filmados y expuestos en las redes sociales sembrando serias dudas sobre la conducta de la policía y del sistema judicial que, por lo general, le otorga a los policías el beneficio de la duda y les absuelve de culpa.

La lista de agravios es enorme. En Cleveland, a un policía le tomó dos segundos decidir matar a Tamir Rice, un niño de 12 años que jugaba con una pistola de juguete en un parque. Eric Garner vendía cigarrillos en una calle de Nueva York cuando el policía que lo arrestaba le aplicó una llave en el cuello que lo asfixió. El policía no fue procesado. El policía que mató al joven Michael Brown en Ferguson, Missouri, no enfrentó cargos criminales. Walter Scott corrió cuando le detuvo la policía de Carolina del Sur por una posible infracción de tránsito y recibió 5 balazos. El policía está detenido.

El temor de la policía es que si se absuelve a los seis policías acusados de haberle causado la muerte a Gray, además de los disturbios callejeros se podría desatar una ola de violencia nacional en su contra como ya sucedió antes. En los años 60 y 70, la consigna de grupos militantes negros como los Panteras Negras, el Ejército Negro de Liberación y del grupo militante blanco Weathermen fue matar policías: “el único puerco bueno es un puerco muerto”, decían los líderes de estos movimientos. El llamado tuvo cierta resonancia en varias ciudades pero a final de cuentas los mensajeros de la violencia fueron eliminados o exiliados.

Ni la violencia policial ni la de las multitudes anónimas que destruyen vecindarios ni la de los guerrilleros iluminados que siguen pensando que por las armas pueden obtener el poder que les niegan las urnas tienen futuro en ningún lugar del mundo. Son muy pocos quienes creen que mediante la violencia pueden obtener resultados favorables. En Estados Unidos, los abusos policiales siguen siendo denunciados por el liderazgo afroamericano pero nadie aboga por la retribución asesina ni por acciones fuera de la ley.

Al mismo tiempo, los líderes de la comunidad negra, empezando por el presidente Obama, han condenado con energía la violencia colectiva. Llevarse un televisor de un comercio saqueado no es un acto de protesta, es un robo y es un acto criminal que desvirtúa la protesta legítima. Incendiar los negocios del vecindario no es una hazaña, es un acto de vandalismo.

Todos sabemos que la paciencia de la gente que se siente victimada tiene límites pero la única forma de mitigar la respuesta violenta es adoptando cambios significativos en la conducta de las corporaciones policiacas en su relación con las comunidades minoritarias.

En este sentido, el caso de la ciudad de Richmond, en California, es esperanzador. En una década, el índice de homicidios llegó a su nivel más bajo en 33 años, gracias al esfuerzo del jefe de la policía y de la comunidad, mayoritariamente formada por minorías, gracias al programa llamado “Community Policing”, que al integrar a la policía dentro de la comunidad logró cambiar la imagen que los unos tenían de los otros de negativa a positiva.

Pero aún adoptando este tipo de cambios, el camino a la reconciliación será largo porque exige que la policía, las comunidades más problematizadas y el país entero reflexionen y se planteen una autocrítica seria, los viejos conflictos no se resuelven de prisa.

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