Opinión

DANIEL MORCATE: El cartel de las apuestas

Cuando hoy ruede el balón en el partido que inaugura el Mundial Brasil 2014, millones de admiradores del fútbol regresaremos a la infancia. Algunos, desde luego, nunca la hemos dejado del todo en lo que a deportes se refiere. Es parte del fenómeno que Fernando Savater ha descrito certeramente como “la infancia recuperada”, aunque en su caso ello nada tenga que ver con el trepidante deporte de las patadas y los cabezazos que se reparten con fuerza, maña y arte. Savater no es precisamente un aficionado al fútbol, aunque sí un estudioso de la hípica. Pues bien, ese carácter refrescantemente pueril del fútbol, que lo mantiene siempre vigente y emocionante para sus admiradores, se ve seriamente amenazado por una caterva de mangantes que solo aprecian la astilla que puede generar, legal o ilegalmente, por las buenas o por las malas, este fascinante deporte de multitudes.

Hay un fútbol sano, puro y artístico en el que brillan jugadores habilidosos y creativos. Son los genios que han hecho de este deporte algo grande de verdad, como Pelé, Cruyff y Messi, para mencionar tan solo a tres jugadores que admiro. Hay otro fútbol recio, vigoroso y eficiente como el que han practicado Beckenbauer, Zoco o Figueroa, para mencionar tan solo a algunos que han deslumbrado. Cuando ambas modalidades de fútbol se combinan en la misma cancha el espectáculo suele ser memorable. Pero ese buen fútbol siempre ha tenido enemigos internos y externos, gente que solo es capaz de verlo como un medio para cosas menos dignas: destilar resentimiento, golpear para hacer daño a un rival superior, agitar nacionalismos pedestres y lucrar. Sobre todo lucrar. A como dé lugar.

El afán de lucrar se ha convertido en uno de los peores enemigos del fútbol. El año pasado el Noticiero Univisión divulgó el escándalo por corrupción que destruyó a una joven y prometedora Selección Nacional de El Salvador. Muchos de sus jugadores fueron suspendidos del deporte profesional por aceptar sobornos de apostadores que los convencieron o conminaron a fijar el resultado de varios partidos. Ahora el New York Times revela que eso es apenas la punta del iceberg. En dos amplios reportajes, el diario denuncia que la FIFA ha comprobado que mafiosos sin escrúpulos arreglaron partidos amistosos que antecedieron al Mundial de Sudáfrica en 2010. Esos partidos se jugaron en Africa, Europa y América, inclusive en EEUU. El Times advierte de la existencia de un tentacular cartel de las apuestas cuyas fechorías ensombrecen al fútbol.

Y como si no bastaran estas alarmantes revelaciones, uno de los mejores jugadores del mundo, Messi, protagoniza otro escándalo en España. El País de Madrid asegura que la guardia civil investiga los supuestos beneficios que obtuvo en partidos benéficos que se jugaron en 2012 y 2013, uno de ellos aquí en EEUU. La investigación buscaría determinar si Messi y otros futbolistas cobraron grandes cantidades de dinero y las colocaron en paraísos fiscales como Curazao. Messi encaraba ya otra investigación por ocultación de pagos al fisco español. Ahora, quienes admiramos su incomparable destreza en el terreno de juego, quisiéramos que todo no fuera más que una pesadilla y que el gran artillero argentino pueda brillar sin distracciones en el Mundial, como lo ha hecho en el Barcelona. Y sin embargo…

La FIFA y sus afiliadas en cada país tienen la obligación de llegar al fondo de todas estas marañas y responder con transparencia y energía. Si han de rodar cabezas, que rueden, aunque sean las de directivos influyentes o jugadores destacados. La FIFA y otros líderes del deporte también tienen la obligación de prevenir las fechorías, identificando países vulnerables a los mafiosos, como aquellos en Africa y América Latina donde muchos futbolistas trabajan en condiciones de explotación. No es coincidencia que la mayoría de los partidos arreglados hayan tenido lugar en países pobres, cuyos jugadores ganan sueldos de miseria. Ese, desde luego, no es el caso de Messi, quien es, merecidamente, uno de los futbolistas mejor pagados del mundo. Otra razón por la que quienes apreciamos sus hazañas conservamos la esperanza, tenue, es verdad, de que las denuncias en su contra sean un malentendido, un autogol nacido de una equivocación terrible y remediable.

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