Opinión

VICENTE ECHERRI: El precio de una vocación libertadora

El pasado día 6, los jefes de Estado de las naciones que intervinieron en el escenario europeo de la segunda guerra mundial se reunieron en una de las playas de Normandía para conmemorar la operación anfibia más grande y significativa de la historia: el masivo desembarco de norteamericanos, ingleses y canadienses (y algunos franceses del exilio) que empezarían así la liberación de Francia y la liquidación del odioso régimen nazi. Los alemanes ya habían sufrido muchos reveses, pero la “Operación Overlord”, como se le llamo en términos militares, marcaría un cambio decisivo en la conducción de la guerra. Aunque el nazismo sobreviviría otros 11 meses, su fin se hizo inevitable con ese desembarco.

Lo hemos leído y lo hemos visto muchas veces en el cine: el cañoneo contra los baluartes alemanes de la costa, el mar que, de pronto, se puebla de lanchas de desembarco, los soldados que empiezan a descender y a morir sobre la playa (en verdad, cinco playas que bautizan con nombres en inglés y que se van cubriendo de cadáveres). Pero el flujo de los soldados aliados no cesa y el mando alemán –entorpecido por las órdenes directas de Hitler– no es capaz de emprender una contraofensiva eficiente. En pocas horas, empiezan a caer los primeros pueblos y a rendirse las primeras tropas enemigas. En agosto se consuma la liberación de París.

Aunque el fin de la segunda guerra mundial se vio enturbiado por la preeminencia de otro régimen totalitario –el comunismo estalinista que se afincaría en Europa Oriental por casi medio siglo más–, el conflicto de Occidente contra la Alemania nazi sería, esencialmente, una contienda entre la libertad y la esclavitud, entre la civilización y la barbarie. Nunca antes, desde los tiempos en que Europa se enfrentó al islam –tanto en su versión árabe como en su posterior versión otomana– el duelo entre la oscuridad y las tinieblas había sido tan obvio. Si el nazismo hubiera logrado imponerse en Europa, el mundo occidental cristiano habría sufrido una alteración dramática hacia el mal, porque la idea de Hitler se podría resumir en el intento de desextricar el pensamiento judeocristiano –portador de la piedad y del concepto del amor al prójimo que edulcoró a Roma– de la Germania “heroica” y despiadada con que él soñaba.

Para fortuna de la humanidad, los nazis perdieron la guerra y la libertad prevaleció, aunque fuera sólo en parte de los territorios por los que se extendió su imperio, y esa derrota de uno de los regímenes más perversos que haya concebido la mente humana se obtuvo al precio de millones de vidas, entre ellos cientos de miles de soldados norteamericanos e ingleses. Por segunda vez en un mismo siglo, América acudía en rescate del Viejo Mundo y pagaba por ello con la vida de muchos de sus hijos. Eso servía para rubricar con sangre el compromiso de Estados Unidos con la defensa de la libertad, que habría de afectar la política exterior de este país hasta el presente.

De ahí por qué el compromiso de Estados Unidos con la defensa de la libertad, en cualquier lugar del planeta –por lejos que pueda estar de su territorio y por ajeno que pueda parecer a sus intereses– adquiere rango de deber y por qué también el mantenimiento de la paz –tan manipulada en su momento por los comunistas y sus compañeros de viaje– se vea subordinada al sostenimiento de la libertad, aunque esto último conlleve –como tantas veces en los últimos setenta años– el recurrir al estruendo de las armas.

Estados Unidos no ha mostrado, es verdad, una perfecta fidelidad a esa vocación libertadora en todos estos años que median entre el combate contra el nazismo y el día de hoy –de lo contrario esa pústula vergonzosa a sus puertas que es el régimen cubano no habría sobrevivido durante más de medio siglo–, pero en muchas ocasiones se ha esforzado para estar a la altura de un destino histórico que lo vincula con la libertad como un valor esencial de la convivencia humana, aun a precio de sangre

© Echerri 2014

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