Opinión

PADRE ALBERTO: Crisis de identidad nacional

Abundan términos de la psicología moderna que con el tiempo se han hecho parte de nuestra forma de expresarnos a diario. Hoy día muchos fácilmente hablan de “depresión”, “negación”, “crisis de mediana edad”, “ansiedad”, “frustración” y muchas otras expresiones que describen comportamientos humanos y estados psicológicos. Viendo las noticias en estos días, me ha venido a la mente un término que creo que podemos aplicar fácilmente a la situación de Estados Unidos. Estoy convencido que si yo fuera psicólogo y tuviera que ofrecer un diagnóstico de lo que está ocurriendo en este país, y me refiero precisamente en la forma que estamos tratando el tema de inmigración, tendría que deducir que estamos atravesando una especie de “crisis profunda de identidad nacional”.

Lo que estamos experimentando con la falta de liderazgo en Washington por parte de muchos de nuestros líderes políticos –sean de la derecha o de la izquierda– es algo sin precedente y solo sirve para acentuar el problema y la crisis en que estamos. Y me atrevo a decir que esta es una “crisis profunda de identidad” porque aunque nos guste o no esta es y siempre será la nación de los inmigrantes. Es aquí donde encontramos a los Irish-Americans, Italian-Americans, Hispanic-Americans, Asian-Americans, African-Americans, Native-Americans – seamos sinceros y reconozcamos que aquí casi todos poseemos algún guión en el nombre con el que escogemos identificarnos. Esto es parte esencial de la identidad nacional de Estados Unidos.

El debate de la necesaria reforma migratoria en Estados Unidos –la cual lleva mucho más de una década en espera– se está intensificando cada día más por la falta de acción de quienes tienen el poder de hacer algo. Tal parece que nuestros oficiales elegidos no saben que el verdadero liderazgo requiere que hagamos cosas que no siempre van a ser aceptadas ni bien vistas por todos – el verdadero líder tiene que estar dispuesto a arriesgarse. Es imposible quedar bien con Dios y con el diablo. Pero la realidad es que mientras observamos con tristeza y dolor a los niños inocentes que cruzan la frontera sin sus padres y muchas veces por culpa de la miseria y pobreza extrema de la que proceden, estamos conscientes de que existen millones que llevan muchísimos años en este país luchando y aun con facilidad les decimos “ilegales” o “indocumentados”; pero siguen sin la posibilidad de una verdadera solución. Es una situación deplorable que clama a Dios y que un país comprometido con la justicia, la democracia y con proteger la dignidad de cada ser humano no puede seguir permitiendo.

Entiendo a todos los defensores de las leyes y entiendo a los que dicen que los recursos económicos de esta nación son limitados, pero nunca olvidemos que existe una ley divina que va más allá de las fronteras y mucho más allá de nuestras perspectivas políticas. Encontramos esa ley divina claramente en unas simples palabras de Jesús, cuando dijo que el mandamiento más importante de la ley es “amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo” (Ver Mateo 22:34-40). No cabe duda que existen muchas cosas grandes y buenas en esta gran nación –no la cambio por ninguna otra– pero mientras nuestro sistema migratorio siga como va y mientras el racismo hacia el inmigrante y el extranjero siga en aumento, no seremos una nación según el corazón de Dios. Y además, seguiremos sufriendo una “profunda crisis de identidad” ya que esta nación siempre será una nación de inmigrantes.

El Padre Alberto Cutié es sacerdote Episcopal/Anglicano en la Diócesis del Sureste de la Florida y Rector de la Iglesia de la Resurrección en Biscayne Park - Miami.

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