Opinión

VICENTE ECHERRI: Más culpa que nostalgia

Se cumplen hoy 61 años del asalto al cuartel Moncada, mito fundacional del castrismo, y los cubanos revolucionarios —categoría endémica entre los nacidos en mi país— sienten una punzada de nostalgia, aunque hayan estado exiliados por más de medio siglo. Nada que ver, desde luego, con las conmemoraciones oficiales que tendrán lugar en Cuba ni con las gastadas monsergas de una tiranía decrépita. Estoy pensando en la gente decente que creyó —y en muchos casos sigue creyendo— en la violencia revolucionaria como vehículo de los cambios políticos y que, en esta fecha, suele lamentarse como el amante abandonado que recuerda su primera cita.

No han sido suficientes los innumerables desmanes de una revolución en el poder para desencantar a muchos cubanos entusiastas de la idea revolucionaria, por más anticastristas que sean. Si Fidel no hubiese sido infiel, suelen decir, sin perder el arrobo en la voz con que suelen mencionarse a los amantes traidores. Si el líder, con el apoyo de la inmensa mayoría, hubiera optado por la democracia; si no se hubiera enemistado con Estados Unidos, si no se hubiera convertido en un peón de los rusos… la lista de posibles cosas a no hacer, de los rumbos a no haber tomado es extensa; el resultado neto es uno solo: frustración. Con esa frustración han vivido y han muerto millares de cubanos en el exilio.

Yo creo, por el contrario, que la revolución que Fidel Castro inauguró un día como hoy, con el chapucero ataque a un regimiento del Ejército, no se ha desviado de los fines con que la concibiera su principal protagonista: la toma del poder para subvertir, en provecho propio, las instituciones de un país, al tiempo que ensayar con todo un pueblo, como si fuese una colonia de conejillos de Indias, un caprichoso proyecto de ingeniería social. Suponer que el resultado pudo ser mejor no sólo es desconocer el carácter del líder de esa revolución, su personal trayectoria gangsteril, sino olvidarse de la explosiva tradición revolucionaria en que los cubanos venían educándose desde hacía mucho con flagrante irresponsabilidad.

En los años 50, pese una prosperidad obvia (con los inevitables bolsones de pobreza) los cubanos llevaban más de veinte años en expectativa de revolución, una expectativa que embriagaba, como un tóxico, el discurso político de gobiernos y oposiciones por igual. Desde la lucha contra la segunda administración de Gerardo Machado (1929-1933) —calificada con exageración de dictadura y hasta de tiranía—, en que se apeló profusamente a la dinamita y la ametralladora, la gestión política quedó marcada por ese apetito: el recurrir a un expediente de violencia que precipitaría o aceleraría las agendas de grupos y partidos.

Visto así, el asalto al cuartel Moncada, reacción al golpe de Estado del año anterior que, a su vez, se inscribía en una tradición de exaltada irregularidad, estaba llamado a ser una acentuación de la inestabilidad iniciada por los elementos revolucionarios de la década del 30, la cual se proponía lograr —por su propia naturaleza— el colapso de la república que los revolucionarios de una generación anterior habían conseguido sólo a medias. Se trataba de un impulso bárbaro y disolvente que la gente de bien que se le sumo, por ingenua o por frívola, no fue capaz de ver. Sólo por milagro el triunfo de una revolución radical que se propone el derribo de las tradiciones consagradas no termina en despotismo. La satanización y el descrédito de las instituciones democráticas que generó el movimiento revolucionario junto con la ambición de hacer nuevas todas las cosas y el celo “religioso” de depurar la sociedad y refundar la república tenían necesariamente que traer la implantación de un régimen atroz, comunista, fascista, teocrático o de cualquier otra índole tiránica. Lo asombroso habría sido que hubiera pasado lo contrario.

Los cubanos “revolucionarios”, viejos en su mayoría, que desde el exilio miran con nostalgia y frustración hacia Cuba en un día como hoy al tiempo que lamentan el malogramiento de un hermoso proyecto, deberían, creo yo, aprovechar la ocasión para hacer pública contrición —vestidos de saco y cilicio y con ceniza en la cabeza y velones de penitente— por su irresponsable contribución a la tragedia de nuestra nación, uno de cuyos hitos es esta efemérides de infamia.

©Echerri 2014

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