Opinión

UVA DE ARAGÓN: Julia y el mar

Julia de Burgos
Julia de Burgos

“El mar y tú nadan a mi encuentro”.

Julia de Burgos

Julia de Burgos nació en 1914 en Carolina, Puerto Rico. Pobre, inteligente y poeta. No completó estudios universitarios, pero fue maestra de muchos. Solo publicó tres poemarios; los registros de su voz lírica, sin embargo, son múltiples. Como sus contemporáneas Delmira Agustini y Alfonsina Storni, expresó a menudo un amor sensual, erótico, desgarrador. Como Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral, le cantó a la naturaleza, a su amado “Río Grande de Loíza”, y al mar. Buscaba una ola sin nombre para acallar los versos de su alma a la intemperie.

Rebelde, fue feminista e independentista. Amó mucho. Conoció a importantes poetas: Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez. Su vida fue corta y trágica. Sus últimos años los mal vivió en Nueva York. El cáncer, la tristeza y el alcoholismo la llevaron a la muerte, que en su poesía era ya una obsesión, y a la vez, un asidero. Se desplomó en la calle. No llevaba identificación. La enterraron como Jane Doe. Tenía 39 años. Tiempo después, su hermana Consuelo reclamó el cadáver y la llevó a descansar a su Isla. Los homenajes y reconocimientos han sido múltiples desde entonces.

Julia de Burgos vivió en Cuba de 1940 a 1942. Conoció a Juan Marinello, Raúl Roa, Manuel Navarro Luna. Concedió entrevistas. Ofreció conferencias. Publicó en revistas. Vivió en Santiago, Santa Clara, Trinidad. En La Habana se instaló en el Edificio Carreño, en Malecón entre Humbolt y 23, donde escribió su último libro, El mar y tú, publicado póstumamente.

En este año de su centenario el cantautor cubano Mario Darias le rindió homenaje musicalizando sus versos y grabando un hermoso CD con notas del musicógrafo Cristóbal Díaz-Ayala. Darias viajó a San Juan para participar en varias actividades en honor de la poetisa. No le bastó. Organizó una ceremonia en el Malecón, justo frente al edificio donde había residido Julia. Su sobrina María Consuelo Saez Burgos viajó a La Habana para el informal tributo. Se reunieron poetas, músicos, amigos, cubanos y puertorriqueños. Recitaron poemas de Julia. Tocaron las guitarras. Era la madrugada del 24 de junio, día de San Juan. Echaron una botella al mar con versos de la poeta y el correo eléctrico de su sobrina.

Días después, en las islas Bahamas, un matrimonio con sus tres hijos y la abuela salieron a pasar un día de playa. En un momento del camino hallaron la carretera bloqueada por varios árboles y se vieron obligados a desviarse. Cuando la abuela paseaba por la arena, vio una botella, siguió de largo… Al regreso la recogió y se dio cuenta de que tenía unos papeles dentro. Como no la podían abrir, la familia la llevó para la casa y la rompió. Pusieron a secar los papeles y descubrieron los poemas. Le enviaron un correo electrónico a María Consuelo Saez Burgos sobre el hallazgo. La señora que encontró la botella el pasado 6 de julio nació en 1953, día y año en que muere la poeta.

Como en sus versos, Julia y el mar aún nos ofrecen el asombro de encuentros mágicos e inesperados.

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