Alejandro Armengol

Venezuela y Cuba: sanciones y embargo

Alejandro Armengol

Ante el paquete de sanciones, anunciado esta semana por Estados Unidos contra siete funcionarios venezolanos, algunos analistas han señalado que el hecho resulta paradójico con el deseo, expresado por la Casa Blanca, de aliviar o eliminar el embargo al gobierno cubano. Se trata de una comparación inadecuada.

El uso de sanciones nunca debe ser una medida de todo o nada, sino de estímulo y respuesta. Washington no ha propuesto un embargo a Venezuela o sabotear su economía; no ha declarado su disposición de adoptar sanciones amplias contra Venezuela ni cortar el comercio petrolero.

En el caso cubano, EEUU tampoco hace nada para sabotear la economía de la isla –de ello se encarga el propio gobierno de Raúl Castro–, sino todo lo contrario: intenta dar mayores posibilidades al incipiente, rudimentario y extremadamente limitado sector laboral por cuenta propia o privado, que lucha por desarrollarse sin tantas ataduras por parte del gobierno. Que lo logre es otro asunto, pero no por ello carece de mérito el intento.

Hay tres factores importantes a tomar en cuenta para entender las diferencias. Uno es la situación de caos y violencia imperante actualmente en Venezuela, donde han sido arrestadas miles de personas que se han atrevido a salir a las calles a protestar contra el gobierno o en un sentido más amplio por la situación de inseguridad, escasez y falta de libertades; encarcelando a dos de los principales dirigentes de la oposición, el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, y el jefe del partido Voluntad Popular, Leopoldo López, quien lleva más de un año preso sin que se le celebre juicio. López se entregó voluntariamente, para que se aclarara su situación, y hasta el momento su juicio ha sido postergado una y otra vez. También ha transcurrido un año desde el inicio de la ola de protestas, algunas violentas, que dejaron un saldo oficial de 43 muertos.

No se trata de comparar los regímenes de Cuba y Venezuela, y decir que en el segundo se reprime más que en el primero, sino todo lo contrario: tratar de impedir que la situación en el país sudamericano llegue a un estado similar al cubano, donde por décadas se ha impuesto la desilusión, la apatía y la espera ante la ausencia de vías para lograr la democratización.

El segundo es que EEUU ha reaccionado de alguna forma ante la apatía o la complicidad de buen número de naciones latinoamericanas, que han hecho poco o nada para ayudar a encontrar una solución a la situación política en Venezuela. Se puede argumentar que igual ocurre con relación a Cuba, pero la existencia de un mal no debe servir de justificación para no hacer nada frente a otro similar.

El tercero, y quizá más importante, es que la tesis de que el presidente Nicolás Maduro utilizará el tema de las sanciones para fortalecer su discurso “antiimperialista” y radicalizar su actuación no es convincente. Pretextos son los que le sobran a cualquier dictador, llámese Castro o Maduro. Y aquí sí es válida la comparación entre Cuba y Venezuela, pero no por ello debe servir para esgrimir la tesis de que lo mejor es dejar tranquilos a los dos, para si un día deciden cambiar su naturaleza y convertirse en ángeles.

El fin del embargo hacia el régimen de La Habana no traerá la democratización a Cuba, como tampoco la Coca-Cola o la apertura de los mercados, por sí solos, significan el inicio de una era de respeto a los derechos y la libertad.

Lo que está en discusión en el caso cubano es la búsqueda de alternativas frente al sostenimiento indefinido de un embargo comercial –que por décadas ha demostrado su ineficacia en lograr un cambio de régimen, que es lo que postula la Ley Helms-Burton– hasta que no se produzca una completa transformación democrática. Nada de pasos equilibrados, sino una apuesta de todo o nada.

Las sanciones a Venezuela van por otro camino: presionar a favor de poner freno a una represión en aumento. En manos de Maduro está el impedir nuevas sanciones o conseguir eliminar las actuales. Por supuesto que él no hará nada en este sentido, pero es su problema y su culpa.

En el caso cubano, el camino iniciado por el presidente Barack Obama no es tampoco el darle una carta abierta al régimen, ni “oxígeno” para que continúe reprimiendo, sino una negociación incierta, larga y llena de obstáculos, que quizá se interrumpa, se dilate indefinidamente o no llegue a parte alguna. Pero en ese caso, y al igual que Maduro, el problema y la culpa son de Castro.

Llama la atención que ha sido precisamente Fidel Castro quien se apuró a felicitar a Maduro por su “brillante y valiente” discurso ante los “brutales planes” de Washington. El gastado discurso de plaza sitiada reverdecido en la frontera más querida para el ex gobernante. Con esas palabras, no es que Maduro sepa a qué atenerse, los venezolanos sí.

  Comentarios