Alejandro Armengol

Cuba: la eternidad de la espera

Varios turistas pasan en convertibles antiguos junto a la embajada de Estados Unidos en La Habana. Foto de archivo.
Varios turistas pasan en convertibles antiguos junto a la embajada de Estados Unidos en La Habana. Foto de archivo. AP

La represión no se detendrá en Cuba. No se trata de una afirmación dogmática ni de una respuesta fundamentada en un supuesto anticastrismo vertical. Es una característica de una forma de gobierno que para sustentarse necesita ajustes constantes, cada vez más torpes.

Junto a esa situación social y política, durante décadas el gobierno cubano ha desarrollado y mantenido un eficiente aparato represivo, cuya actuación permite una comparación simple: la incapacidad para producir bienes corre pareja con la eficiencia para generar detenciones.

De esta forma el régimen castrista ha creado una cifra mayor de “delincuentes y seres violentos” que todos los gobiernos republicanos anteriores.


No hay que olvidar que dicho gobierno siempre ha usado a su conveniencia la distinción entre delito común y político. En una época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad contraria a la seguridad del país. En la actualidad, cada vez que muere un opositor o su caso alcanza una dimensión internacional se le acusa de vago y delincuente.

Lamentable tener que escribir sobre la represión. No es preferencia por el oficio de aguafiestas; ni denunciar algo nuevo, un brote reciente o un fenómeno oculto. Es que la cualidad de cotidiano no puede convertirse en justificación para el ocultamiento.

Con este constante detener de personas que simplemente han manifestado una opinión contraria —con independencia de que ahora, en la mayoría de los casos, sea por pocas horas—, el régimen cierra la puerta a la esperanza de un cambio paulatino y pacífico hacia la democracia.

A estas alturas está más que comprobado que el gobierno de Raúl Castro no tiene la capacidad para dirigir un desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, pero sí ha logrado ser capaz de mantener al pueblo bajo una economía de subsistencia durante décadas. Solo que la contrapartida a la ineficiencia de las empresas estatales ha sido una economía clandestina —la bolsa negra, el “trapicheo”, el “sociolismo”—, indiscriminada y personal. La naturaleza centralizadora y represiva del régimen siempre ha tenido como contrapartida o complemento una corrupción a todos los niveles.


Al hablar de represión en la isla se debe enfatizar que la maquinaria intimidatoria, que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo, no puede ser denunciada en términos simples; ni tampoco limitar su alcance, responsabilidad y consecuencias a Raúl Castro ahora y Fidel Castro antes.

En primer lugar, porque existen mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no se ha producido el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar en Cuba.

El factor básico que ha buscado desarrollar Raúl Castro desde la presidencia es transitar un difícil equilibrio entre represión y reforma. El gobernante ha demostrado su habilidad para conciliar estos dos extremos, pero a cambio de un inmovilismo que mantiene a la sociedad cubana en una permanente crisis.


Las reformas económicas, limitadas y lentas, han terminado por estancarse. Y aunque nunca existieron muchas esperanzas de que intentaran propiciar algún cambio político notable, el mantener la puerta herméticamente cerrada a la más mínima transformación —más allá de las imprescindibles acciones de supervivencia— complementa el panorama de abatimiento.

En ese punto está Cuba detenida: entre la apatía y la violencia. A partir de la represión, la escasez y la corrupción —los tres pilares en que se fundamenta el gobierno cubano—, la isla se eterniza en la espera.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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