Alejandro Armengol

ALEJANDRO ARMENGOL: La frita gana la guerra al comunismo

El vicepresidente Marino Murillo Jorge hizo hace pocos días un anuncio largamente esperado en Cuba, pero la discreción con la cual el periódico Granma lo incluye, casi perdido dentro de un largo texto, logró que no consiguiera la difusión que merece.

Lo que se dio a conocer durante una reunión del Consejo de Ministros celebrada el sábado 21 de junio, para analizar la situación de la economía cubana, fue la marcha atrás a la “Ofensiva Revolucionaria’’, promulgada por Fidel Castro hace 46 años.

Murillo es también jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo, un cargo que suena a norcoreano, pero que se concreta —nada más y nada menos— en ser el responsable del proceso de paulatinos cambios económicos que el régimen persiste en llamar “actualización del modelo’’.

El vicepresidente explicó “la política para implementar formas no estatales de gestión en las actividades de gastronomía, servicios personales y técnicos’’.

Según dio a conocer, “las unidades que hasta el momento se han incorporado a las formas no estatales de gestión han obtenido resultados favorables; los trabajadores incrementaron sus ingresos; se han reanimado los locales; se ampliaron los horarios de servicios, al tiempo que se han acrecentado los precios de venta a la población, en correspondencia con el aumento de la calidad y variedad de las ofertas’’.

Con este precedente, la política que aprobó el Consejo de Ministros precisa que “los establecimientos que prestan servicios gastronómicos, personales y técnicos, como norma, serán gestionados a través de formas no estatales’’.

Se mantendrá la propiedad estatal sobre los principales medios de producción. En tanto, los equipos, medios, útiles y herramientas se arrendarán o venderán, agrega la información de Granma.

Los precios en estos lugares serán establecidos de acuerdo con la oferta y la demanda, a excepción de los que se decidan centralmente, añade.

Eso no es más que el anuncio oficial de la puesta en práctica de un programa para acabar con el desbarajuste creado por Fidel Castro, a partir de la intervención y nacionalización de todo lo que quedaba en pie de gestión privada en la esfera de servicios, desde un carrito dedicado a cocinar “fritas’’ hasta un puesto de venta de ostiones.

La confiscación masiva de pequeños establecimientos, en el marco de la denominada “Ofensiva Revolucionaria’’, fue anunciada por el entonces primer ministro en un discurso pronunciado el 13 de marzo de 1968. Se realizó bajo la consigna de lucha contra el capitalismo y la creación de un “hombre nuevo’’. Como resultado inmediato ocurrió un enorme deterioro económico y la disminución extraordinaria en la disponibilidad de alimentos y servicios.

De acuerdo con datos publicados por el periódico Granma, en marzo de aquel año, se confiscaron 55,636 pequeños negocios, muchos operados por una o dos personas.

“La Ofensiva Revolucionaria de 1968 fue la culminación de un proceso de excesos económicos, irracionalidad y aventurerismo político, empezado mucho antes”, escribió el economista y periodista independiente, Oscar Espinosa Chepe, ya fallecido, en un artículo publicado en Cubaencuentro el 27 de marzo del 2012.

Hay que aclarar que lo acordado en la reunión ministerial no es un cambio profundo, desde el punto de vista económico, pero sí constituye un viraje ideológico, que se venía gestando con lentitud extrema desde un tiempo atrás.

A partir de ahora y cada vez más, cuando los cubanos se corten el pelo, tomen un batido o manden a reparar un electrodoméstico, lo harán en un establecimiento que en gran parte se rige por las leyes del mercado.

Algo de ello ya existía, pero ahora no sólo se ha ampliado, sino hay una declaración gubernamental que señala el cambio.

Se trata de un primer paso y el Estado no acaba de soltar por completo el control —más o menos directo o indirecto— sobre los establecimientos de la esfera de servicios, pero ha abierto una puerta.

Por supuesto que los gobernantes cubanos, Fidel y Raúl Castro, nunca van a reconocer en forma clara que se equivocaron ‘‘Nosotros nunca pedimos perdón”, le dijo en una ocasión Raúl Castro a alguien que lo conoce muy bien— pero en la práctica es eso.

En realidad, los que finalmente se están desmoronando son los requisitos de ese concepto guevarista, apoyado por Fidel Castro, de considerar al Estado como una gigantesca empresa, controladora en un alto grado de minuciosidad de la gestión económica nacional a todos los niveles y atada a una planificación centralizada que no permitía la menor iniciativ.a,.

La incapacidad del Estado como administrador aparece en los informes leídos en la reunión ministerial.

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