Alejandro Armengol

Conspiración en Washington y Nueva York

El diario “The New York Times” no debió publicar de forma anónima el artículo sobre el gobierno de Donald Trump que ha desatado esa especie de tormenta sobre Washington de los últimos días, escribió el columnista Alejandro Armengol.
El diario “The New York Times” no debió publicar de forma anónima el artículo sobre el gobierno de Donald Trump que ha desatado esa especie de tormenta sobre Washington de los últimos días, escribió el columnista Alejandro Armengol. AFP/Getty Images

El diario The New York Times no debió publicar de forma anónima el artículo que ha desatado esa especie de tormenta sobre Washington de los últimos días. La razón es simple, pero fundamental: un periódico debe evitar el convertirse en parte del problema que intenta denunciar.

No se trata de excluirse de una situación, tampoco de eludir el compromiso.

Sin embargo, exponer una conspiración con el recurso de darle notoriedad a un conspirador anónimo es echar leña al fuego, no tratar de apagarlo o evitarlo.

Lo que se viola entonces es la ética periodística, aunque las intenciones aparentes sean las mejores: se cruza la barrera que debe separar a la divulgación de una información, la exposición de un análisis y la publicación de una información o punto de vista del activismo político en su forma más cruda: se manipula.

The New York Times publicó el 5 de septiembre un artículo anónimo —I Am Part of the Resistance Inside the Trump Administration—, donde las intenciones quedan claras desde el título.

Aunque el autor de la pieza recalca que no forma parte del movimiento opuesto a la administración de Donald Trump, conocido por ese nombre, al referirse a este supuesto tipo de actividad clandestina sirve en bandeja de plata a los seguidores más fieros del mandatario un escenario de rebelión urbana acompañada de alzamiento en las sombras, que da pie a cualquier argumento de “Estado profundo” o conspiración contra el presidente: por ese camino hasta se justifica el considerar la investigación especial del fiscal Robert Mueller como una “cacería de brujas”.

El caos en la Casa Blanca, la ignorancia de su inquilino, su volubilidad e irracionalismo ya no debe asombrarnos a estas alturas.

Lo que sí resulta nuevo —y hasta peligroso— es este reconocimiento público de un ambiente que va más allá de las intrigas, torpezas y recelos característicos de cualquier administración estadounidense, evidencia una situación de inestabilidad en el gobierno desconocida en este país —que debe tener alarmados a los aliados europeos y frotándose las manos a los enemigos de todas partes— y nos acerca a un panorama similar al que suele encontrarse en las historias de cualquier papado o reinado más o menos en decadencia.

De las muchas lecturas que brinda el estado actual de la nación, en lo que se refiere al gobierno, hay dos al menos muy preocupantes.

Una tiene que ver con esa supuesta “resistencia”, luchadores clandestinos que han asumido la desobediencia como un acto de patriotismo. Solo que no estamos ante actos de desobediencia cívica sino puramente conspirativos. Y aquí cabe preguntarse si el autor de dicho artículo fue un (ex) militar o un civil.

La segunda es más personal: un político improvisado que hace campaña de “hombre fuerte”, que proclama sin tapujos su admiración por los gobernantes de este tipo incluso en naciones consideradas enemigas de este país, encuentra de pronto (porque la idea le resultaba imposible de admitir) y a la luz pública que es tratado como un pelele por algunos de sus subordinados y colaboradores cercanos. Sin duda su ego está herido.

El principal problema en todo este embrollo es que la salida más apropiada es dar la cara, no ocultarla. El autoritarismo sabe acallar las voces de manera efectiva, recurriendo simplemente al cansancio o la inercia. Un movimiento silencioso de oposición taimada puede limitarlo, pero no contribuye a su aniquilación.

En un momento en que el periodismo atraviesa por nuevos retos y limitaciones, es importante no dejar a un lado los puntos cardinales por los que se ha regido en tiempos mejores —para la sociedad y el oficio—, a la hora de ejercer y determinar su función: la prensa debe combatir la paranoia, no alimentarla. Con la publicación de este artículo anónimo, The New York Times ha confundido, o invertido, su papel.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

  Comentarios