Alejandro Armengol

Farsa y bochorno en la discusión sobre Cuba

El encuentro televisivo reciente —llamarlo “debate” es tergiversar la palabra— entre José Daniel Ferrer y Edmundo García, conducido por la periodista María Elvira Salazar en Mega TV, evidenció el despetronque, desde el punto de vista político e ideológico, en que ha caído del tema cubano.

El objetivo loable de poner a dialogar a dos figuras, mediáticas para los estándares de Miami, sirvió una vez más para poner al descubierto ese descenso vertiginoso que desde hace años experimentan ambos extremos del espectro político referido a Cuba. Lo que se intentó presentar como discusión se redujo casi siempre, y por ambas partes, a un intercambio de lugares comunes, frases hechas, reproches manidos e intentos vanos de desacreditación mutua.

Bajo esa óptica, cabe la sospecha de que tanto Washington como La Habana prefieren contribuir, aquí y allá, al esperpento como mecanismo de inmovilidad: con figuras así, poca ilusión queda para abandonar la espera.

Más lamentable aún si se toma en cuenta que los dos personajes aparentan simbolizar, o al menos juegan dentro de escenarios surgidos en fechas relativamente recientes, y que con su presencia —por edad, historial y supuestos grupos de referencia— serían, pudieran o aspiran a convertirse en nuevos actores dentro de dicha problemática.

En ambos casos sus posiciones, aparentemente asumidas de cara a situaciones nuevas, no se trasladan a una práctica innovadora, porque esos supuestos marcos de referencia con los que intentan fundamentar su discurso no se complementan con su base de sustentación.

Es por ello que el supuesto debate, en vez de girar sobre la Cuba del presente y del futuro, volvió a caer una y otra vez en el pasado.

Dentro de lo que podría caracterizarse como dinámica del intercambio, García dominó a las claras. No solo por su capacidad para lo que podrían considerarse los mecanismos de este tipo de debate en Miami, sino fundamentalmente por la incapacidad de su oponente para trascender esos términos. Fue capaz de llevar al titubeo a Ferrer sobre el tema Posada Carriles, cuando la respuesta clara e inmediata de este debió haber sido el deslindarse de una figura con la cual no solo no es posible identificarlo de forma directa, sino que resulta completamente ajena en estos momentos a la situación cubana.

Si el actual gobierno estadounidense ha sacado a Cuba de la lista de países terroristas, por qué La Habana no hace lo propio y saca de “su lista” a la Fundación Nacional Cubano Americana. Si argumentar sobre el pasado no es válido cuando se trata de valorar en ese terreno al régimen cubano, por qué es válido referirse a esa otra época para el otro bando.

Lástima que ambos no supieran —o no pudieran— escapar de dicho encierro, cuando precisamente ha sido el cambio de situación generado a partir de una nueva actitud por parte de la Casa Blanca lo que les ha permitido a los dos ampliar su presencia ante las cámaras de la televisión de Miami.

Repetir que el envejecimiento del proceso cubano ha afectado no solo los círculos del poder en Miami, sino también al liderazgo del exilio y de la oposición pacífica no pasa de una perogrullada. Pero constatar ese deterioro no debe dejar de alarmarnos.

Se puede argumentar que la remisión al pasado resulta inevitable ante la permanencia del sistema establecido tras el 1ro. de enero de 1959. Cabe señalar que ambas esferas cuentan con representantes de mayor calibre intelectual. Nada de ello elimina el destacar que el descenso a niveles de sobrevivencia elemental, al referirse a Cuba, empaña el propio objeto de discusión. No es convertir la política en broma, algo que puede resultar saludable, sino limitar el discurso a una farsa transformada en política.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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