Andrés Oppenheimer

OPPENHEIMER: El fracaso de Brasil en el Mundial

Todavía falta mucho para que termine la Copa del Mundo, pero no es demasiado pronto para declarar que el Mundial ha sido un fracaso para Brasil: el país se ha perdido una oportunidad de oro para modernizar su imagen, presentarse como una potencia emergente en el campo tecnológico, y transmitir la idea de que es mucho más que la nación del carnaval, la caipiriña, la samba y el fútbol.

He aquí algunas historias que no han contado los más de 5,000 periodistas de 70 países que han viajado a Brasil a cubrir el Mundial de Fútbol, y que en las últimas semanas —antes de que se iniciara el torneo— han escrito extensamente sobre el país:











Es probable que estas y otras medidas ayuden a Brasil a convertirse en una formidable potencia tecnológica emergente. Pero, desafortunadamente, el gobierno ha hecho poco para promocionarlas durante el Mundial.

Es cierto que es difícil para Rousseff proyectar una imagen de potencia tecnológica emergente cuando hay protestas en las calles, y cuando muchos estadios estaban sin terminar en momentos de iniciarse el torneo de fútbol.

Pero Rousseff podría haber aprovechado los días anteriores al Mundial para hacer anuncios sobre educación, ciencia y tecnología, y podría haber creado eventos mediáticos como llevar al equipo nacional a los principales centros tecnológicos del país, para llevar allí a la prensa extranjera.

Y el gobierno podría haber sugerido un logo más futurista del mundial de Brasil, que enfatizara el potencial económico del país. El emblema de la Copa del Mundo 2014 muestra tres manos —en rigor, parecen tenedores de ensalada— que convergen alrededor de una pelota de fútbol, que transmiten la idea de amistad y unidad. Eso está muy bien, pero no le agrega nada a la imagen que ya tiene Brasil de ser un país cálido y amigable.

Simon Anholt, un consultor británico que publica un ranking anual sobre la imagen de los países en el mundo, me dijo que Brasil tiene una imagen internacional buena, pero “blanda”.

“Brasil es un país considerado como decorativo, pero que no sirve para mucho”, me dijo Anholt. “Eso es malo para el país porque limita su potencial económico”.

En el último “Indice Marca Nación Anholt-GFK-Roper” muestra que Brasil —la sexta economía del mundo— ocupó el puesto 20 entre 50 países en el ranking general. Ocupó el puesto 10 en cultura, pero está por debajo del puesto 20 cuando se le pregunta a la gente si comprarían un auto brasileño.

Eso hace que Brasil pueda vender vacaciones o música, pero que le sea más difícil exportar software de computación. Embraer es una excepción a la regla porque no vende sus aviones a consumidores privados, dijo Anholt.

Mi opinión: Brasil aún puede ganar la Copa del Mundo, y las celebraciones de los días siguientes no perjudicarían su imagen. Por el contrario, los bailes en las calles harían que aún más gente piense en Brasil a la hora de decidir adónde ir de vacaciones, o qué música escuchar.

Eso sería simultáneamente un triunfo y una tragedia para Brasil. La tragedia sería que Brasil ha perdido una magnífica oportunidad para proyectarse como algo más que el país de las grandes fiestas.

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