Andrés Reynaldo

El papel de Timochenko

Timochenko sigue en la televisión los resultados de un referéndum sobre un acuerdo de paz en Colombia, en la Habana, el 2 de octubre de 2016.
Timochenko sigue en la televisión los resultados de un referéndum sobre un acuerdo de paz en Colombia, en la Habana, el 2 de octubre de 2016. AFP/Getty Images

De todas las opiniones sobre el triunfo del “No” en el plebiscito del proceso de paz en Colombia, me quedo con la de una joven de Bogotá: “Veremos si los que votaron por el ‘Sí’, van a seguir diciendo sí cuando tengan que hacer cola para el papel sanitario”.

Bajo el manto de la reconciliación, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ocultan su plan de asalto al poder. Lo que el presidente Juan Manuel Santos ve como una estrategia para cerrar un doloroso conflicto, las FARC se lo toman como un obligado repliegue táctico. Los narcoguerrilleros negociaron por dos razones. Primero, porque habían sido diezmados en el campo de batalla. Segundo, porque consideran que pueden conquistar el poder con un proyecto castro-chavista.


La selección de La Habana como sede de las conversaciones implica una contradicción ontológica. En principio, la búsqueda de la paz debía comenzar por pedirle a las FARC una determinante ruptura con la dictadura castrista. No la mera renuncia a las armas, sino el rechazo continuo, contrito y vergonzante a unas ideas cuya única prueba de éxito consiste en su infalible capacidad de crear miseria, terror y odio fratricida. Si la paz no se firmaba sin Cuba de por medio, ¿cómo pudo Santos concebir que se llegaría a la paz con Cuba de por medio?

La paz no es un acuerdo sino una cultura. Precisamente, esa cultura separa a los líderes de las FARC y a la clase política colombiana. En el excesivo reclamo a la sociedad que se propone destruir, en su inserción en el proyecto internacionalista cubano, en su desmesurada pretensión de legitimidad sin otra credencial que la más brutal violencia, la narcoguerrilla confirma su esencia totalitaria. La paz, en la cultura de Santos, apunta a convertir a los guerrilleros en ciudadanos. En la cultura de las FARC, que es la de los Castro, apunta a convertir a los ciudadanos en masa revolucionaria.


El contraste salta a la vista en las reacciones de los principales actores políticos. Santos aceptó los resultados con una conmovida invitación a un acuerdo más inclusivo, realista y justo. El líder del “No”, el ex presidente Álvaro Uribe, convocó al diálogo nacional y asumió la victoria con humildad y sensatez. En cambio, el jefe de las FARC, Rodrigo Londoño “Timochenko” (por sus apodos los conoceréis), declaró desde La Habana que la mitad de los colombianos se había dejado confundir por la extrema derecha y que el acuerdo se quedaba tal como estaba escrito. ¿En serio, camarada Timochenko, más de seis millones de colombianos confundidos? ¿En serio, tú ya tienes tu acuerdo hecho a la medida y te importa un comino la voluntad popular? ¿Y cuéntanos, camarada Timochenko, qué hacen los revolucionarios con la gente que se confunde?

A Santos se le agota un capital político que ojalá hubiera empleado en quehaceres con mayor futuro. En lo que respecta a Cuba, mantuvo durante estos cuatro años la política exterior de un estado vasallo. Uribe, a su vez, resurge de sus cenizas. Otra lección de que en política, a final de cuentas, sólo las soluciones morales acaban por ser las soluciones pragmáticas. De ahí la relación de las libertades con el papel sanitario.


¿Colombia está dividida? Enhorabuena. La unidad es el pretexto de los demagogos para conseguir la obediencia. Que se divida en dos, en tres, en treinta y siete. Para eso están las urnas. Para eso los colombianos pueden votar en democracia y, si nos fijamos bien, hasta con júbilo. Todavía.

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