Andrés Reynaldo

La mala racha que impulsa Trump puede alcanzar a Raúl Castro

El gobernante cubano Raúl Castro habla durante el homenaje al fallecido ex gobernante cubano Fidel Castro en la plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba, el 3 de diciembre.
El gobernante cubano Raúl Castro habla durante el homenaje al fallecido ex gobernante cubano Fidel Castro en la plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba, el 3 de diciembre. AP

Primero, perdió Hillary Clinton. Todo estaba amarrado, si no en los hechos, sin duda en el espíritu. Para los Castro prometía ser un tercer término de Barack Obama. Nada que temer. Lo más cerca que Clinton pudo estar de los exiliados y la disidencia fue el programa de El Gordo y la Flaca, de Univisión. Por no darnos un huesito anticastrista, la campaña de Hillary ni siquiera le marcó a la pobre Alicia Machado un par de líneas sobre la libertad de Cuba. Por cierto, ¿a quién se le habrá ocurrido meter a Alicia en la campaña?


Hillary le hubiera dado a Raúl Castro el pan y el vino. ¿Recuerdan el encuentro de Bill Clinton y Raúl en Nueva York en septiembre del 2015? “Gracias”, le dice Bill a Raúl tomándole las manos. “¿Cómo está usted?”, pregunta Raúl. Bill: “Mejor ahora que lo veo a usted”. A continuación, hablaron sobre Haití, donde tanto Raúl como la Fundación Clinton atan y desatan más de un nudo, por decirlo con una inocua metáfora esotérica, lo mismo en el plano visible que en el plano invisible. El entendimiento es natural, aunque sólo sea porque cada parte debe saber de la otra mucho más de lo que nosotros sabemos.


En el naufragio de Hillary amanecieron también los escombros de los candidatos congresionales y senatoriales de la Florida que apoyaban la apertura hacia Raúl. Fuera Joe García. Fuera Patrick Murphy. Etcétera. Otra vez Ileana Ros-Lehtinen. Otra vez Marco Rubio. Otra vez Carlos Curbelo. Otra vez Mario Díaz-Balart. Etcétera. Toditos republicanos. Toditos a favor del embargo. Toditos enemigos de la dictadura. ¡Oooops!!! ¿A do fueron a parar, a do fueron los pronósticos de los heraldos del cambio-fraude? ¿A do fueron las homilías del cardenal Ortega y sus obispos de respuesta rápida? ¿A do fueron, Mío Cid, las encuestas que describían a un exilio mayoritariamente transformado en un rebaño de amorales inmigrantes económicos? ¿A do fueron? En aras de la civilidad, no digamos que aquello fue una trama dirigida letra a letra por Raúl. Eso sí, en aras del récord histórico, registremos que pocas veces hubo un error tan exquisitamente orquestado.

Para colmo, se les muere Fidel. O más bien, se les apaga el ectoplasma de Fidel. El suceso no desestabiliza las funciones de gobierno. Sin embargo, desgasta aún más el poder simbólico de una dictadura que a la hora de la cena te sirve una fuente de consignas

Luego, el equipo de transición del presidente electo Donald Trump comenzó a adquirir las características de un gabinete de guerra. Con hombres como el general Michael Flynn, futuro asesor de seguridad nacional, que sigue viendo en Cuba lo que Cuba sigue siendo: un enemigo de Estados Unidos conjurado en infatigable tríada con Irán y Corea del Norte. Entran en escena, entonces, cuatro cubanoamericanos: Yleem Poblete, al Consejo de Seguridad Nacional; Mauricio Claver-Carone, al Departamento del Tesoro; John Barsa, al Departamento de Seguridad Interna; y Carlos Díaz Rosillo, un erudito de la Universidad de Harvard que fungirá como asesor de autoridad ejecutiva. Sin ánimo de ponerme cursi, parece un sueño.


Para colmo, se les muere Fidel. O más bien, se les apaga el ectoplasma de Fidel. El suceso, ya sabemos, no desestabiliza las funciones de gobierno. Sin embargo, desgasta aún más el poder simbólico de una dictadura que a la hora de la cena te sirve una fuente de consignas. Sobre todo, impone el discurso de la finitud en una sociedad sometida a la retórica (y a la policía) de la continuidad. No entremos a comentar que en Venezuela, organismo anfitrión de nuestra parásita dictadura, la gente ha comenzado a pegar en el álbum familiar los últimos cuadritos del papel sanitario.

Ignoro si Raúl es valiente. Ignoro si Raúl tiene un formidable Plan B. Ignoro si Raúl goza de la ecuánime plenitud que Dios concede a los santos y los imbéciles. Pero yo estaría temblando.

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