Andrés Reynaldo

El intercambio con Cuba y la claudicación

Un grupo de exiliados cubanos protesta por la presentación en Miami del grupo cubano Buena Fe en julio del 2010.
Un grupo de exiliados cubanos protesta por la presentación en Miami del grupo cubano Buena Fe en julio del 2010. el Nuevo Herald

Fue apenas cuando Barack Obama ganó en el 2008. Primero, los tanteos. Luego, una que otra voz. Y de súbito, el coro. En la radio. En la televisión. En los periódicos. En las redes. En los foros organizados bajo el manto ecuménico de las universidades. Los agentes y cooperantes de la dictadura en Miami se lanzaron en campaña por los intercambios artísticos y académicos. Intercambios, por cierto, de una sola vía. Con la sincronía del plan y el ímpetu de la misión.

Yo lo vi. Tú lo viste. Bajaban del avión y ahí estaban las cámaras, los reporteros, los productores, los mercaderes de la reconciliación, los procónsules, ¡los dueños de las agencias de pasajes! Da igual que el recién llegado fuera Juan Formell o una oscura actriz de provincias, un taimado camarógrafo del ICAIC o la siempre sonriente Rosita Fornés, un ebrio locutor de Radio Reloj o uno de esos nuevos trovadores que visten de negro y cantan sin enunciar las consonantes. La veda de Miami, finalmente, había sido levantada para todo aquel que estuviera dispuesto a venir a cazar un dólar sin dispararle un reproche, ni siquiera una infantil pulla, a los Castro. Aquí estaban abiertas las primeras páginas y los programas de mayor audiencia. Hasta el meteorólogo de la televisión nacional cubana recibió el tratamiento de un ídolo de la salsa.

En la academia, exhibieron con regocijo al último filólogo de la metatranca, a filósofos que escriben “haber” sin “h” y a los narradores de la conformidad postfidelista. Con sus tenis recién comprados en Ñooo, Qué Barato y en la mirada el ávido brillo de los cazadores de proyectos, becas, excursiones a Disney y cuanto mecenazgo permitiera extender la estadía, reponer la dentadura, recalibrar la vista y, en el caso de las damas, acceder a unas sesiones de pedicuría para eliminar grietas, callos y onicopatías propias de una irrevocable condición peatonal por seis décadas de mugre, los pensadores de Baracoa y los politólogos de Zaza del Medio llegaban a disertar con empinada cátedra sobre la decadencia de las sociedades de consumo y la más reciente encuesta contra el exilio salida de la metodología del dúo Grenier y Duany.

La circunstancia trajo sus oficios, modificó la escena teatral y musical, y estableció plazas que operan en un múltiple ámbito bailable, gastronómico, narcótico, jineteril y de tráfico humano. En la figura del productor-que-trae-gente-de-Cuba se combinaron el loable espíritu comercial y la insidiosa avanzadilla del censor. “Fulano concede la entrevista si no se le hacen preguntas políticas”, advierten los productores-que-traen-gente-de-Cuba en los pasillos de las radios y los canales de televisión. “No le vayas a preguntar a Laritza Bacallao por qué estaba hace unos días en la Tribuna Antimperialista”, advierten. “De política, no le preguntes a Descemer, a Gente de Zona, a Robertico Carcasses, a Kelvis Ochoa…”

Las cámaras que ayer mostraron a Guillermo Alvarez Guedes, Eddie Calderón y Los Fonomemecos, perfectos todos en el arte de desollar a Fidel y Raúl, ahora nos revelan a Pánfilo (la estrella del horario principal de la pantalla castrista) reincidiendo en la ambigua sangronería de la servidumbre. En el auditorio del Condado Miami-Dade, administrado por el Departamento de Asuntos Culturales del Condado Miami-Dade, con el apoyo de los fondos de la mismísima oficina del alcalde del Condado Miami-Dade, el dúo Buena Fe entona la épica de la opresión días después de condenar a las Damas de Blanco en un concierto en La Habana.

Los agentes. Los cooperantes. La frenética campaña de la dictadura por imponerle al escenario de los cubanos libres el espectáculo de la claudicación.

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