Andrés Reynaldo

El oficialismo se preocupa. ¿Conspiraciones desde Cuba contra el cambio de Trump?

Mariela Castro, en foto de archivo, ha sido una de las voces del oficialismo que ha manifestado su preocupación por las anunciadas medidas del presidente Trump hacia Cuba.
Mariela Castro, en foto de archivo, ha sido una de las voces del oficialismo que ha manifestado su preocupación por las anunciadas medidas del presidente Trump hacia Cuba. Getty Images

Ha sido una batalla cubana por el alma del presidente Donald Trump. Tal como se anuncia, este viernes sabremos si hay un real cambio de política hacia la dictadura de Raúl Castro, o si continuamos con el plan de salvación implementado por el presidente Barack Obama. Aunque sea por unas horas, podemos hacernos ilusiones de que vamos a empezar a hablar de cambio en vez de cambio-fraude.

Según se dice, Trump no ha tenido mucho tiempo para ver las propuestas. Considerando el panorama, sorprende que Trump tenga tiempo para venir a Miami. Cuba, por lo demás, viene a ser un problema menor en la agenda de Washington. Al celo de los legisladores cubanoamericanos, y de unos pocos aliados en la Casa Blanca y el Congreso, debemos la preeminencia del tema. Crucemos los dedos. Estamos frente a una última oportunidad de conseguir una política norteamericana capaz de poner a Raúl contra las cuerdas y permitirle un necesario conteo de protección a la oposición interna.


Raúl, quizás mejor que nosotros, comprende la fragilidad de la coyuntura. Crisis en Venezuela. Recesión en la isla. La verdad es que Raúl se pasó tres meses sin chistar. El discurso antinorteamericano apenas se elevó en voces de baja intensidad. La presidenta de la UJC, algún académico con su corbata recién comprada en un Dollar Store de Miami, los niños de plomo de La Colmenita. Paradójicamente, la discreción delataba el deseo. El ansia de la fatigada dictadura por entregárselo todo a los americanos. Por vender hasta la arena de Varadero. Por perpetuar el estado parásito bajo un contrato de estado vasallo. Pero Trump no daba señal.

El discurso antinorteamericano apenas se elevó en voces de baja intensidad en Cuba en los últimos meses. La presidenta de la UJC, algún académico con su corbata recién comprada en un Dollar Store de Miami, los niños de plomo de La Colmenita.

Hasta que ya como a mediados de marzo comenzó la preocupación. Demasiado silencio. Washington que no movía ficha. Todos preocupados por lo que haría Trump. Nunca se ha visto tanta gente preocupada al unísono. Con las mismas palabras. Con el mismo gesto de sentida expectativa. Preocupada Mariela. Preocupado Padura. Preocupados los coroneles del Ministerio del Interior y los columnistas que tienen su quiosquito montado en La Habana. Preocupados Jorge Pérez, Mike Fernández, Carlos Gutiérrez, Cucu Diamantes (¿alguien sabe si este es el nombre de una persona, un producto o una casa de empeños?), Silvio Rodríguez, el profesor Jorge Domínguez. Preocupado, muy preocupado, el cardenal Ortega. Preocupados los cosechadores de cebollas de Ohio, los fabricantes de ganchitos de pelo de Wisconsin, los coleccionistas y anticuarios que compran barato por allá y venden caro por aquí.


Uno se siente tentado a hablar de una conspiración. Sólo que en las conspiraciones siempre alguien cede a un residual o repentino escrúpulo. Alguien se asusta, desespera, entra en conflicto con otros conspiradores. En esto se observa la constancia de una mentalidad enferma, de una degradación de lo cubano que impide comprender la realidad por la suma de los hechos y el contraste de la memoria. La dictadura manipula, chantajea, obliga. Sin embargo, su capacidad de atraer por igual a un multimillonario de Miami, a un cardenal y a un rapero analfabeto supera las coordenadas del oportunismo, la avaricia, la vanidad y la cobardía. Es un hueco negro que atrae vorazmente hacia su centro cada partícula ética. Los canallas se alistan a pescar en ese enorme pozo del detritus nacional. Otros encuentran en una sucesión de fraudulentas soluciones el alivio a su responsabilidad con los oprimidos y (perdonen que me ponga cursi) con el país.

En todo caso, se trata de una perpetua y repugnante trampa política sustentada por una conspiración de la ligereza. Si Trump quiere ayudar, debe cerrar (o al menos darle un estrechón) al hueco negro de Raúl.

Twitter: @AndresReynaldo1

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