Andrés Reynaldo

El mantra del cambio-fraude en Cuba

El gobernante cubano Raúl Castro usa unos binoculares durante el desfile por el Día de los Trabajadores en La Habana, el 1 de mayo del 2017.
El gobernante cubano Raúl Castro usa unos binoculares durante el desfile por el Día de los Trabajadores en La Habana, el 1 de mayo del 2017. AP

Las cosas han cambiado con Raúl.

Ese es el mantra del cambio-fraude. Repítelo y caerás en un cómodo estado mental en el cual Cuba no es realidad y memoria sino propaganda y olvido. El nirvana de la servidumbre a la dictadura.

No cabe duda de que han cambiado las cosas. De la cerrera fórmula fidelista de toda la represión posible, aunque no fuera necesaria, y ningún mercado, aunque fuera posible y necesario, Raúl ha pasado a la fórmula de toda la represión que le sea necesaria y sólo el mercado que le sea conveniente.

Fidel cristalizó a Cuba en su imagen: el superlíder de la izquierda metralleta, cutre y sandalista que administra el poder y la leyenda. Raúl (hay que decirlo a su favor) no entra en estas megalomanías. Su madre debió haberlo querido mucho más que al otro. Eso es evidente. Para Raúl, Cuba no es la enfermiza metáfora universal de su persona, sino la finca concreta, con su valla de gallos y su prostíbulo, que debe permanecer en la familia. Lo suyo es administrar el poder y la gozadera. Pero dictadura al fin. El mismo disco duro con un nuevo software con sones para turistas. La franquicia de la opresión sigue (y va camino de seguir después de Raúl) en manos de los Castro.

Normalmente, cuando alguien te dice que alguna cosa ha cambiado, tú sabes (y si no sabes, preguntas) con respecto a qué. Así, podemos decir que con el mismo Fidel las cosas cambiaron más de una vez. Sin que esto hubiera servido para nada. Por ejemplo, cambiaron para menos peor si comparamos la década de 1960 con la de 1980. Luego, reempeoraron de vuelta a principios de la década de 1990. Siempre de peor para menos peor, y viceversa. Pues si hablamos de cambios para mejor habría que llevar la tabla comparativa a diciembre de 1958. El problema es que nadie se atreve a tocar esa tecla. Ni en Cuba ni en Miami. Porque lo irrefutable, lo trágico, lo obvio, el dato molesto que deslizamos bajo la alfombra con autodestructivo disimulo, es que el batistato fue nuestro último referente de bienestar y, respecto al castrismo, también de libertades.

Cuando nos dicen que las cosas han cambiado con Raúl en verdad nos están diciendo que no le pidamos ningún cambio a Raúl. De este modo, debemos tomar a la nueva clase media raulista, opuesta a las reformas políticas, como fe de una falaz apertura económica.

Estos cuentapropistas constituyen un fenómeno único en la historia. Se trata de una clase empresarial que le exige a una nación extranjera el mercado que le prohíben en la suya. En cuanto a las garantías ciudadanas, debemos tomar por liberalización la posibilidad de criticar aquellos temas en que la dictadura haya levantado la veda. Jugando con la cadena pero no con el perro. La vigilada crítica del ayer como lavatorio del abuso de hoy y de mañana. En la condena a la espontánea homofobia inherente a nuestra sociedad se lava la responsabilidad por la persecución institucional a los homosexuales. En cuanto a la cultura, el rechazo al remoto quinquenio gris ayuda a lavar la sibilina garra del actual quinquenio prieto.

Parafraseando la trillada máxima de Giuseppe de Lampedusa: Raúl está cambiando lo necesario para que nada cambie. A diferencia de Fidel, no pretende dejarle al mundo una gesta titánica. Lo suyo es dejarles a sus hijos las llaves de la caja fuerte. Suelta ya ese mantra. Las cosas habrán cambiado con Raúl cuando cambien a pesar de Raúl.

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