Andrés Reynaldo

Un año sin Fidel

Un mercado estatal en La Habana vende productos agrícolas. Las medidas socialistas dictatoriales impuestas por Fidel Castro arruinaron la economía cubana.
Un mercado estatal en La Habana vende productos agrícolas. Las medidas socialistas dictatoriales impuestas por Fidel Castro arruinaron la economía cubana. AP

Toda su vida, Fidel Castro luchó por construirse una epopeya. Sin embargo, a la hora de su muerte, quedó cristalizado en el sainete. Así lo confirma su primer aniversario.

Para un cubano de mi generación, la primera que fue educada bajo la dictadura, llama a sorpresa la decrepitud del sepelio y la estupidez de la recordación. La imagen de los soldados empujando cuesta arriba el repintado jeep soviético que hace un año halaba la repintada vagoneta de las cenizas tiene hoy su correspondencia conmemorativa en el montaje de los niños declamando con frenesí los versos de Carilda Oliver Labra: “Ese Fidel insurrecto / respetado por las piñas / novio de todas las niñas / que tienen el sueño recto”. Al poema, que concluye dando gracias a Fidel “por su ingle de varón”, hay que concederle el prestigio de su negativa plenitud: no puede ser peor.

Esta vez todavía fue más evidente la escisión familiar entre la rama fidelista y la rama raulista. No es una escisión política, sino un forcejeo por el mando, la riqueza y el ocio. El hijo de Raúl controla la policía y los militares. Y el yerno controla el dinero. El contraste entre las facciones se ve hasta en la ropa. A los hijos de Fidel les habrán quedado contactos, comodidades y algún grado de impunidad respecto a los bajos estamentos del poder. De ahí, no pasan. Antonio, que se ha dejado la barba, está dedicado a difundir por el ancho orbe el juego de las cuatro esquinas. Alex exhibe reiteradamente las mismas fotos de Fidel en su perpetua convalecencia. La viuda, Dalia Soto del Valle, permanece en apartado plano, contrita y mal peinada.

De la subrama fidelista de los Castro-Díaz-Balart, el más visible en este cutre aniversario ha sido Fidel Castro Smirnov, uno de los hijos de Fidelito. Castro Smirnov, que también se ha dejado la barba, pronunció unas palabras en la inauguración de la Cátedra Honorífica para el Pensamiento y la Obra de Fidel, en la Universidad de Oriente. En blanco y negro, el texto es una cumbre de mediocridad hagiográfica. Entre líneas, es una extraña súplica de reconocimiento como nieto máximo. Tras decirnos que Fidel es Física, Química, Movimiento, Luz y otras propiedades de nobleza metal y alta frecuencia etérea, Castro Smirnov nos cuenta una anécdota que vale por toda una biografía. Aquí va:

Fidel se “atora”. (Por adhesión al estilo bufo, supongo, Castro Smirnov evita una palabra más culta). Angustiado, Castro Smirnov le propina unas palmadas en la espalda que Fidel considera más fuertes de lo reglamentario. Al otro día, en el curso de una entrevista, Ignacio Ramonet, uno de los aduladores españoles de Fidel, le pregunta qué es un pescozón. Fidel convoca a Castro Smirnov, le ordena que se cuadre en firme y le da un pescozón que casi le arranca la cabeza. Aún Castro Smirnov no consigue situar el incidente en el terreno de la pedagogía filial o de la agresión sicopática. Nosotros sí.

Hablar de la obra de Fidel es una contradicción en sus términos. Basta ver las fotos y las estadísticas de 1958 y comparar. En cuanto al pensamiento, Fidel cumple con excelentes notas la tarea impuesta por Marx y Lenin a los revolucionarios. Tres generaciones de cubanos hemos sido enseñados a no pensar, a no preservar, a no querer. Nuestro cáncer, ese cáncer llamado Fidel, ha hecho metástasis por medio mundo. En la más amplia y siniestra gama. Lo mismo forjamos verdugos en Venezuela que hacemos escuela en el fraude al Medicare.

Un sainete que no cesa de ser tragedia.

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