Andrés Reynaldo

Navidad sin Grinch

El Grinch, un personaje de Dr. Seuss interpretado por Jim Carrey en un filme del 2000.
El Grinch, un personaje de Dr. Seuss interpretado por Jim Carrey en un filme del 2000. AP

Es una peluda criatura verde que vive en agresiva amargura. El Grinch, enemigo de la Navidad, acecha sobre un solitario peñasco. Este año, he visto al mezquino personaje del Dr. Seuss encarnar en las orwellianas huestes de la corrección política que arremeten contra villancicos, pesebres y el atareado gordiflón de Santa.

Howard S. Schwartz observa que la corrección política tiene su raíz en el yo narcisista (un yo consumido por su yo) que sólo se relaciona con el mundo en formas que satisfacen su necesidad de ser amado y elevado. Este yo narcisista, que suele ser el yo de los delincuentes y los dictadores, está en frontal rebelión contra el orden social y la tradición judeocristiana. No aprecia a los demás por sus méritos intrínsecos sino por la compatibilidad con su enfermiza sensibilidad y su accidentada autoestima. En última, por su alineamiento en la guerra contra el orden social y las tradiciones.

Nada extraño, entonces, que el Grinch de los progresistas trate de echarnos a perder la fiesta por excelencia de la cohesión social del cristianismo y sus tradicionales expresiones artísticas. Huérfana de las figuras y los principios tutelares de una ideología e incapaz de desarrollar la plataforma doctrinaria de un movimiento, la corrección política se manifiesta, inmune a las contradicciones, en las arenas movedizas del culto, con todos sus recursos intimidatorios. Su embestida contra la libertad de expresión alcanza la crudeza de una sátira totalitaria. En la Universidad de Harvard, por ejemplo, el Comité de Arte en Espacios Públicos (¿recuerdan el Comité de Salud Pública de Robespierre?), expurga las referencias a unas “Navidades Blancas (White Christmas)” sin reparo en su obvia causa meteorológica. Estudiantes y profesores “antifa” de la Universidad de Stanford ahorcan a un muñeco de Santa (tamaño natural, por supuesto) tras celebrarle juicio público bajo cargos de misoginia, etnocentrismo, heteropatriarcado y explotación mercantilista del reno. A través de la nación, en escuelas públicas y oficinas de gobierno, el habitual árbol de Navidad (Christmas Tree), despojado de su original ornato, se yergue como el árbol de las fiestas (Holiday Tree). Por toda Europa, las alcaldías renuncian a poner su árbol navideño para no herir la susceptibilidad de los refugiados musulmanes.

La ola ya nos llega al cuello. Nuestras universidades, los medios y hasta nuestros hogares han sido permeados por una mentalidad que favorece la cultura del miedo, la tolerancia del error, la oportunista nivelación de las autoridades y el desprecio a la razón. Como todo proyecto totalitario, la corrección política considera injurioso (y aspira a considerar ilegal) aquello que la contradice. A la idea volteriana de dar mi vida por tu derecho a decir lo que quieras, aunque no esté de acuerdo, el progresismo opone que, si no piensas como yo (ese yo narcisista de la tiranía) no tienes derecho a abrir la boca.

George Orwell dijo: “Libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro. Si eso está garantizado, lo demás se da por añadidura”. Para la corrección política, dos y dos no son cuatro si ofende una particular sensibilibidad, si afecta una particular autoestima, si destroza el argumento de un particular grupo. Las consecuencias son catastróficas. El lenguaje corrompe el pensamiento y de ahí en adelante el pensamiento corrompe el lenguaje. A veces, son cinco. A veces, tres. La sinrazón se erige en ortodoxia. La censura es la única tierra firme.

Uno de los hombres más sabios de esta época, Jacques Barzun, apuntó que la corrección política no legisla la tolerancia, sino que organiza el odio. Téngalo en cuenta en esta Navidad. Por si el Grinch asoma el hocico.

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