Andrés Reynaldo

Ritos de identidad

En dos días, un nuevo año. Ya lo sabemos, nadie muda la piel en una noche.

La fecha invita a la resurrección. El objeto del Año Nuevo, dijo G. K. Chesterton, no es que tengamos otro año, sino la posibilidad de tener un alma nueva, nuevos pies, nuevos ojos. La cotidiana expectativa de lo que está por hacer, por sufrir, por encontrar y perder, cobra la sustancia del rito. Ebriedades aparte, es una fiesta muy seria. Si bien nunca dejamos de ser los mismos, esta es la fecha que nos propone (como ninguna otra) dejar de ser lo mismo.

Hay promesas que me hago todos los años desde la adolescencia. Aun cuando las cumpla, del todo o a medias, vuelven puntuales a fines de diciembre en una migración de perplejidades, recuentos, desencantos y encantamientos. Más que promesas son señales de dirección. Antes de 1980, la principal promesa que me hacía era escapar de Cuba. Todas las decisiones, todos los sueños, apuntaban a ese camino. No era la promesa de un apátrida, sino la de alguien a quien le habían prohibido la patria. Fui, fuimos, extranjeros en nuestra propia tierra, en una medida difícil de entender por quien no lo haya vivido. Anulado el derecho de ser un ciudadano, acabamos por adoptar la identidad de los prisioneros.

Estos tiempos no son los mejores para hablar de la identidad. El tópico ha pasado del campo de la filosofía al oportunista y agresivo discurso de las minorías. De vuelta a la Torre de Babel, nos encontramos que Shakespeare, Locke y Hegel han sido desplazados por Oprah, Jay Z y Cornel West. El dilema universal de ser o no ser se ha fragmentado en los frenéticos debates de ser o no ser tal cosa o la otra, por lo general en oposición a esta o aquella. (Nótese que me esfuerzo por no ofender a ninguno).

El postulado hegeliano de que toda realidad puede ser expresada en categorías racionales languidece en nuestras universidades y medios bajo el yugo de la corrección política. Dicho esto, reparo en una personal paradoja identitaria. La experiencia ciudadana a lo largo de casi cuarenta años en Estados Unidos no me ha hecho menos cubano, o sea, sigo siendo el mismo, pero me ha educado en valores que Cuba jamás me dio, o sea, he dejado de ser lo mismo. Si todavía puedo amar a la patria originaria se debe a lo que me ha brindado la patria adoptiva.

Al amanecer de cada enero, doy gracias por esta mi doméstica, solitaria, serena resurrección en el país de mis sueños. Nunca me he sentido hispano. En verdad, no entiendo qué significa ser hispano. Nunca me he sentido en minoría. En verdad, me resisto a que me encierren en una minoría. Desde su natural perspectiva filosófica, un examen de identidad preguntaría por las características y rasgos que nos definen en un determinado tiempo. Los resultados del mío, y muchos exiliados cubanos, arrojaría un retrato bastante congruente. El niño que jugaba a los indios y vaqueros antes de 1959 es un hombre que ha cabalgado por el desierto de Nuevo México. En suma, ha levantado hogar, ha echado canas y ha criado hijos en la patria de Elvis, Superman, Jefferson, Thoreau y Whitman. La identidad imaginada se le hizo identidad propia.

Estados Unidos me ha dado ciudadanía en la esperanza, que es todo lo que uno necesita para empezar otro año. Solo la esperanza te permite entender, como dijo T. S. Eliot, que llegar a un final es llegar a un comienzo. Año nuevo, alma nueva.

  Comentarios