Andrés Reynaldo

El camionero de Queens

El presidente Donald Trump participa en una reunión sobre inmigración el 4 de enero en la Casa Blanca.
El presidente Donald Trump participa en una reunión sobre inmigración el 4 de enero en la Casa Blanca. AP

En mi cuenta, me deben tres almuerzos. Mis amigos apostaron a que Donald Trump no duraba un año. Pues miren, por todo un año Trump se ha mantenido en la Casa Blanca. Ni las instituciones lo trituraron ni él trituró las instituciones. Un editorial del Wall Street Journal lo dice con pertinente ironía: “Al tiempo que Donald Trump entra en su segundo año como presidente, tenemos el placer de reportar que todavía no se ha producido un golpe fascista en Washington”.

Efectivamente, aquí vemos, en perfecta salud, el habitual sistema de comprobación y equilibrio que vela contra los excesos constitucionales de cualquier presidente norteamericano. Cierto que Trump no se mide en mostrar su desprecio por buena parte de la prensa. El exceso, cuando lo hay, no pasa de ser retórico. Hasta ahora ningún periodista ha sido obligado a callar o rendir cuenta de sus fuentes. Cierto que Trump no pasa día sin jurarse un nuevo enemigo. Hasta ahora ninguno ha sido hostigado por la ley. En honor al registro, no puede decirse lo mismo del presidente Barack Obama. Recordemos las reclamaciones oficiales de récords a periodistas de Prensa Asociada y la cadena Fox en el 2013, así como el ensañamiento del Servicio de Rentas Internas contra organizaciones y personas vinculadas al Tea Party.

Alguien dijo que Trump se comportaba como un camionero de Queens. La observación lleva implícito el desdén de las elites lo mismo por Trump que por los camioneros. Por ahí van las claves de su triunfo. El hombre común reencontró su voz. Mi Dios primero. Mi hogar primero. Mi país primero. Estridente voz, sin duda. Pero simple y afilada. Pensándolo mejor, se necesita la crudeza, el templado ímpetu y el callejero sentido común de un camionero de Queens para tratar de devolverle a esta nación el orgullo por su indoblegable fuerza, el egoísmo por sus bien ganados logros, el celo por su tradición cristiana, la exaltación del trabajo duro y el estricto respeto al mérito sin concesión a raza, origen o sexo. Esta es la tierra de una feroz promesa. Por eso cautivó la imaginación del mundo. La tierra de los hombres que conquistan el oeste, llevan el ferrocarril a las selvas (¡viva la United Fruit Company!), desembarcan en Normandía, traman golpes de estado contra los comunistas, se embriagan de jazz y rock y se hacen dueños de la luna. De alguna manera, este rumbo se había perdido. De alguna manera, piénselo usted, sólo un camionero de Queens, inocente en su arrogancia, culto en trampas, podría atreverse a recobrarlo.

Nadie les va a decir que Trump es Winston Churchill. Ni siquiera que es Ronald Reagan. Mucho menos Richard Nixon, el más intelectual de los presidentes norteamericanos. Eso sí, en una época en que los raperos drogadictos, los académicos que abogan contra la enseñanza de Grecia y Roma, los actores que viven en constante terapia, los atletas analfabetos, los obispos que transforman la doctrina al vaivén de las encuestas, los activistas de la corrección política que organizan el odio y la mediocridad, los representantes políticos del parasitismo y la delincuencia son aceptados como autoridades morales, nadie puede negar que Trump, con todas sus imperfecciones, es un ventarrón de aire fresco en el pantano. Un aventurado, quizás suicida cowboy en territorio comanche.

Por lo demás, ojo a la economía. De maravilla. El Dow Jones rompe a diario su marca. Llueven inversiones extranjeras. Baja el desempleo. Comienzan a subir los salarios. Se dispara el consumo. Se poda, de la raíz a las ramas, la monstruosa burocracia federal. Lo que digo: voy a almorzar como un príncipe.

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