Andrés Reynaldo

La carta de los tres curas

El gobernante cubano Raúl Castro en un homenaje póstumo a su hermano Fidel Castro, en Santiago de Cuba, el 3 de diciembre del 2016.
El gobernante cubano Raúl Castro en un homenaje póstumo a su hermano Fidel Castro, en Santiago de Cuba, el 3 de diciembre del 2016. TNS

Es la carta que perdieron la oportunidad de escribir, alguna vez, el cardenal Ortega y sus obispos de respuesta rápida. La carta que el resbaloso monseñor Carlos Manuel de Céspedes debió haber llevado prendida en la sotana durante su infatigable peregrinación de cóctel en cóctel por las embajadas de La Habana. La carta que monseñor Wenski debe repasar antes de pontificarle a los cubanos sobre el perdón y la reconciliación. La carta que el Papa Francisco (¡qué lindas carantoñas le hace el Papa Francisco a Raúl Castro!) debe leer antes de volver a decir que Cuba es la capital de la unidad.

Pero el Espíritu Santo sí tiene una opción preferencial por los pobres, los oprimidos, los que tienen hambre y sed de justicia, y sopla a ras de la tierra, levantando el polvo del conformismo, el colaboracionismo, la camajanería, para que se vea la dura, agónica raíz de la virtud. Para que el temeroso vea que puede vencer el miedo. De ahí que la carta a Raúl, una carta que le cobra a la dictadura una cuenta de casi 60 años, sin descuentos de complicidad y frivolidad, la hayan escrito tres curas: el Padre Castor José Alvarez de Devesa, de Camagüey; el Padre Roque Nelvis Morales Fonseca, de Holguín; y el Padre José Conrado Rodríguez Alegre, de Trinidad, un hombre que vale por toda una Conferencia Episcopal. Tres valientes curas.

“Desde la institucionalización del Partido Comunista como el único partido autorizado a existir, nunca se ha permitido a este pueblo alzar una voz diferente, antes bien, toda voz diferente que ha intentado hacerse oír ha sido silenciada”, dice la carta.

El Espíritu Santo, también, vela en la tradición y se obstina en el detalle. La carta ha sido publicada el 24 de enero, a 20 años de la misa presidida por San Juan Pablo II en Santiago de Cuba. Entonces, monseñor Pedro Meurice tuvo el arrojo de recordar, ante el mismo Fidel Castro, que la verdadera soberanía nace desde abajo en libertad y solidaridad, que la Iglesia sólo gana su autoridad en el compromiso, que la cultura no es propiedad de una ideología y que un partido no es una nación. Fue una verdadera calamidad, pienso yo, que por tantos años nuestra Iglesia hubiera estado bajo la rienda de Ortega y no de Meurice. Lo perdido en diplomacia y servicio se hubiera ganado en ejemplo y revelación. Hoy, tuviéramos más templos cerrados pero más corazones abiertos. Menos patrimonio inmobiliario, pero más patrimonio en la fe. Al cabo, Cristo vino a ser espada, escándalo liberador, subversiva norma, simiente en la catacumba, y no tanto a repartir pastillas y organizar seminarios para cuentapropistas.

“Convivimos en un entramado de mentiras que va desde el hogar hasta las más altas esferas. Decimos y hacemos lo que no creemos ni sentimos, sabiendo que nuestros interlocutores hacen lo mismo”, agrega la carta. “Mentimos para sobrevivir, esperando que algún día este juego termine o aparezca una vía de escape en una tierra extranjera. Jesucristo dijo: ‘La verdad los hará libres’. Queremos vivir en la verdad”.

En la verdad viven estos tres curas que no desertaron de su cruz. Dudo que sus palabras lleguen al alma de Raúl. Dudo que le abran los ojos al Papa Francisco. Dudo que ni siquiera uno de nuestros obispos tenga el coraje y la caridad de hacerlas suyas. Pero dan testimonio de que esa Iglesia, a la hora probable de una siempre inminente tragedia, todavía puede ser bastión entre las ruinas, puente sobre el abismo. ¿Quién dijo que tres curas no son un pueblo?

  Comentarios