Andrés Reynaldo

Sin palabras

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, participa en un evento en la Universidad de Chicago el 7 de febrero.
El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, participa en un evento en la Universidad de Chicago el 7 de febrero. Getty Images

Son noticias propias de una parodia. Pero hay que tomarlas en serio. Ilustran, entre otros muchos cotidianos episodios, la consolidación de la corrección política como un sistema de opresión que permea las instituciones y la vida del ciudadano común. Lo que hace tres décadas era una comprensible aunque exacerbada tendencia de minorías en busca de mayor representatividad se ha convertido en un movimiento de reeducación totalitaria.

Empecemos por un reciente encuentro comunitario en Canadá con el primer ministro izquierdista Justin Trudeau. Una joven toma el micrófono para opinar sobre la ayuda a las madres. Del amor maternal a los hijos, dice, depende el futuro de la humanidad. La joven emplea el término mankind, que también traducimos como la raza humana, el género humano y, en general, el hombre. En inglés, es un término de uso popular desde el siglo XI, en el período que la filología histórica define como Inglés Medio. Sin embargo, Trudeau interrumpe a la joven y le advierte: “Nosotros preferimos decir ‘la gente’ [peoplekind]. Es más inclusivo”.

Ahora, vayamos a la Escuela Primaria # 65 en Staten Island, Nueva York. Allí ha sido cancelado el tradicional baile de las niñas con sus padres. De acuerdo con las Directrices para estudiante transgénero y no conforme con el género (Transgender and Gender Nonconforming Student Guidelines, por si mi traducción parece tendenciosa), del Departamento de Educación de Nueva York, queda prohibida toda actividad basada ¡en el género! Jared Fox, encargado de asuntos de la comunidad LGBT del departamento, indicó: “Los bailes de padres e hijas implícitamente excluyen a personas. No sólo a las que tienen estatus transgénero, sino a la vida en general [sic]. Estos [bailes] pueden ser realmente incómodos y desencadenar eventos”.

En Canadá, tenemos a un primer ministro estableciendo una arbitraria norma de lenguaje en aras de una agenda política. Como advierte el lingüista Northrop Frye: “Si el sentido de las palabras es vigilado, el gobierno ya no gobierna sino que adoctrina”. La izquierda canadiense ha hecho grandes avances en la construcción de una neolengua políticamente correcta. Aprobada el pasado año, la ley C-16 declara ilegal el uso erróneo de un pronombre de género. Es decir, usted comete un delito de odio al calificar de “él” o “ella” a una persona que reclama un pronombre neutro (¡o un pronombre de su propia inspiración!), con la posibilidad de sufrir prisión, pagar una multa y/o verse obligado a tomar un curso de “imparcialidad”. A fin de que el himno nacional sea neutral en género ha sido expurgado de todo pronombre masculino.

“La sola idea de que llamar a alguien por un término que no haya elegido le cause un daño tan irreparable que deba recurrirse a correctivos legales indica cuán profundo ha calado la cultura de la victimización en nuestra sociedad”, comenta Jordan Peterson, uno de los pocos intelectuales canadienses que se ha atrevido a criticar la imposición de la ideología de género como ley.

La palabra. Todo está en la palabra. Cuando la palabra pierde su sentido, agrega Frye, ya no es posible pensar de manera sincera, sana ni clara. A poco, acaba por no ser permisible. La corrupción del lenguaje conduce al miedo, la censura y el error. Así, la mayoría es despojada de las palabras que le permiten afirmar su identidad. Así, una ignorante, resentida y agresiva minoría intenta desarmar los puntos de vista y los valores que le impiden conquistar más poder. Pues de eso se trata: el poder. Cualquier cantidad de poder, en cualquier circunstancia. Aunque sea el poder, en apariencia trivial, de prohibir que las niñas bailen con sus padres.

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