Andrés Reynaldo

ANDRES REYNALDO: La lengua cautiva

Toda dictadura se apoya en una inversión moral. En no poca medida, el castrismo ha conseguido trasladar al exilio esa perversión de los valores. Si en Cuba la censura obliga a no llamar a las cosas por su nombre, de este lado suele demonizarse como estridente, troglodita y anacrónica la denuncia exacta y constante. En la isla se amordaza con el miedo a la policía. En Miami con el miedo a sonar como un extremista.

Admito que llevan las de ganar. Por lo menos, han conseguido imponernos una enorme dificultad de lenguaje. A diferencia de otros dictadores latinoamericanos, a Fidel y Raúl se les designa como "gobernantes". Los términos "gobierno" y, en caso extremo, "régimen", sustituyen a las clásicas definiciones de "dictadura" y "tiranía". A las figuras que abiertamente abogan a favor del totalitarismo castrista suena mal identificarlas como "colaboracionistas". A su vez, se descarta como "paranoia" todo esfuerzo de mostrar la actividad persistente, coordinada y apenas disimulada de la Seguridad del Estado entre los exiliados, principalmente en Miami.

Los censores totalitarios no sólo apuntan a reprimir la expresión pública de la verdad sino también a destruir el razonamiento y la memoria. Uno de sus principales logros consiste en divorciar la emoción de la objetividad. En ese lavado de espíritu, la exposición de los horrores de Fidel y Raúl y el reclamo de una debida justicia son mellados por una retórica que disfraza en su imparcialidad la intención de que las víctimas renuncien, incluso, a su derecho a dolerse. Ya en el colmo de la manipulación, se nos invita a adoptar esa lengua corrupta a fin de no parecernos "a ellos".

Al no llamar al castrismo por su nombre y apellido resulta complicado situarlo en sus alternantes familias. Esa familia, hoy por hoy, es el fascismo. Un fascismo que aprovecha la convocatoria del tradicional pensamiento revolucionario de la región y la contundente experiencia represiva del comunismo. Para cualquier mediocre lector de Historia las claves están a la vista. La gran excepcionalidad cubana consiste en impedir que las irremediables deficiencias inherentes a estos fenómenos afecten de manera terminal el control de los hermanos Castro.

En tiempos de la Guerra Fría, la coartada nacionalista y antiimperialista consiguió que una parte del mundo no juzgara a Fidel como uno de los más serviles y agresivos peones del totalitarismo soviético. Ahora, Raúl pretende imponerle un aura de liberadora modernidad a esta nueva fórmula de dominio. Tal como el comunismo castrista constituyó una de sus más asfixiantes variantes, el fascismo raulista se proyecta con menores espacios a la empresa privada autóctona, al marco legal de los ciudadanos y a la organización gremial que los canónicos modelos de Mussolini y Hitler.

Digámoslo, entonces, como hay que decirlo. Apostar por la hipotética conversión del verdugo sin abogar por el inmediato restablecimiento del derecho del oprimido no te convierte en un opositor moderado, con una exquisita visión estratégica, sino en un cómplice con conocimiento de causa. Por muy empresario, por muy cardenal, por muy novelista que seas. Sean buenas o malas tus intenciones, quien no se opone frontalmente al fascismo (y en general a toda forma de injusticia) deja de pertenecer al ámbito natural de las personas morales. ¿O no?

La monstruosidad del proyecto no deja espacio para la legitimidad de sus gestores y simpatizantes. Que Ramiro Valdés sea un correcto caballero no lo exime de ser un asesino. Que la Iglesia no quiera un baño de sangre no la obliga a celebrar misa por Chávez. A Raúl, a sus herederos dinásticos y a su mafia vasalla hay que pedirles lo que universalmente se le ha pedido a los tiranos. Lo que una vez supimos pedirle a Gerardo Machado y a Fulgencio Batista: ¡que se vayan!

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