Andrés Reynaldo

Después de la masacre

Emma Gonzalez, survivor of the Marjory Stoneman Douglas High School killings, was one of the main speakers of the “March for Our Lives” on March 24, 2018. If the adolescent aspires to become a symbol against armed violence, she must be willing to cross the iron frontiers of leftist progressivism.
Emma Gonzalez, survivor of the Marjory Stoneman Douglas High School killings, was one of the main speakers of the “March for Our Lives” on March 24, 2018. If the adolescent aspires to become a symbol against armed violence, she must be willing to cross the iron frontiers of leftist progressivism. EFE

Fue una gran jornada. Pacífica, extraordinariamente organizada. Los jóvenes de todo el país salieron a pedir un mayor control de las armas de fuego. La masacre de Parkland pasó de ser una sombría estadística a un fenómeno de transformación social. Esa es la fuerza de los jóvenes.

No cabe duda de que esta nación merece un profundo, inteligente debate sobre el acceso a las armas de fuego. De momento, disfrutamos del apropiado entorno en libertad e igualdad. La magnitud de esta protesta debe reflejarse en las urnas municipales, estatales y nacionales. Aquí los votos cuentan. También cuenta la ley. La derogación o alteración de la Segunda Enmienda tiene vías para acceder a un imparcial proceso constitucional. Estamos a salvo (esto quiero creer) de que el derecho a la asamblea se convierta en industria plebiscitaria o que el orden se sostenga sobre la letra muerta.

Probablemente, el asunto sea por ahora insoluble, ya que en ambas partes del debate (no le podemos decir diálogo) se interpretan de manera radicalmente diferente sus tópicos clave: defensa y agresión, libertad y opresión, así como la capacidad del estado para protegernos de lunáticos, delincuentes y gente esencialmente malvada a quienes nuestras avanzadas leyes protegen contra cualquier intento de exclusión preventiva. Para bien y para mal.

Extraña, sin embargo, la falta de iniciativas para encontrar una tierra media. Muchos defensores de la Segunda Enmienda favorecen la implementación de un chequeo universal de antecedentes de los compradores de armas y la prohibición de la venta de fusiles de asalto y cargadores de alta capacidad. En la otra orilla, abundan igualmente quienes comprenden el derecho, la costumbre, la lógica y, sobre todo, el temor de los ciudadanos que prefieren poseer armas.

Las propuestas no tienen que ser necesariamente excluyentes. El sentido común dicta con igual voz la necesidad de un mayor rigor en los controles de armas, una mayor seguridad en las escuelas y el obvio hecho de que los asesinos y los locos no suelen atacar los lugares donde hay gente armada. No hemos visto masacres en las estaciones de policía ni en los campos de tiro. En este punto, debe valer el registro de las veces en que la bala de un policía o un civil ha detenido una tragedia.

Por lo que vemos, a partir de estas marchas se busca articular un movimiento. Valgan, pues, algunas observaciones. La noble causa de estos jóvenes ha sido potenciada por los liberales como un espectáculo anticonservador y, en particular, antitrumpista. Esta manipulación traiciona a los muertos, corrompe a los sobrevivientes y enajena la dimensión del dolor. (Para no decir que ayuda a ampliar la base electoral de Trump). Un detalle perturbador ha sido la financiación de las movilizaciones con fondos de los contribuyentes. Alcaldías como la de Baltimore, que apenas pueden pagar el sueldo de sus maestros y el arreglo de los semáforos, desembolsaron cientos de miles de dólares en contratar autobuses y personal de logística.

¿Y Emma González? Imposible no admirar su ímpetu, su modestia, su precoz seguridad de lo que es y quiere ser. Pero si Emma va a convertirse, y ojalá se convierta, en un símbolo contra la violencia, ha de estar dispuesta a cruzar las férreas fronteras del progresismo izquierdista. Puede que entonces las Kardashian no corran a darle su apoyo. Ni Oprah. Ni George Clooney. Puede que no reciba tanta cobertura de CNN. Puede que en Washington no consiga llenar la plaza.

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