Andrés Reynaldo

El desplome

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau (izq.), conversa con el presidente de Bolivia, Evo Morales, mientras el mandatario argentino Mauricio Macri (der.) mira para otro lado, el 14 de abril en la Cumbre de las Américas en Lima.
El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau (izq.), conversa con el presidente de Bolivia, Evo Morales, mientras el mandatario argentino Mauricio Macri (der.) mira para otro lado, el 14 de abril en la Cumbre de las Américas en Lima. AP

La intrahistoria. El concepto es de Miguel de Unamuno. El recuento del acontecer mínimo, íntimo, incluso banal, que discurre día tras día por debajo de la historia. Por eso, y Unamuno es buena muestra, la intrahistoria suele devenir en una narrativa más profunda y reveladora que la narrativa de los historiadores. A veces, un chiste, un lema, aporta más que una estadística.

Dicho a propósito del desplome diplomático de la dictadura de Raúl Castro en la reciente Cumbre de las Américas en Perú. Por primera vez en este foro, así como en el de las cumbres iberoamericanas, Cuba salió con el rabo entre las piernas. Ausentes Raúl Castro, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, la conjunción del futuro perfecto del Socialismo del Siglo XXI quedó a cargo del pobre Evo Morales. A quien, de paso, no se le entiende lo que conjuga. Este notable vacío bolivariano no fue un boicot, sino una retirada.

No seré tan optimista como para creer que nuestra América tonta se ha curado de la enfermedad infantil del izquierdismo. Pero no cabe duda de que ya la tropa castrochavista no navega con el viento en popa. La Kirchner está a un paso de la cárcel y a Lula no le alcanzan los dedos de las manos para contar los años que estará tras las rejas. La Bachelet se quedó con las ganas de ver continuado su proyecto mediante presidente subrogado. Dilma cayó por imputación (no por “imputamiento” como dicen algunos ignorantes de la lengua española) y a Correa le dieron uno de los esquinazos más maquiavélicos, deliciosamente maquiavélicos, que se hayan visto en estas tierras.

Para el balance de la historia, el empuje regional de Cuba, financiado por Venezuela, se detiene por atrición del espacio antidemocrático. Añadiría que por un giro radical en la política de Washington. Porque el eje de la política continental, estemos a favor o en contra, es Washington. Ahora bien, en el marco de la intrahistoria, mencionaría la propia degradación del hombre castrista como causa principal de la degradación del aparato estatal. El castrismo se derrumba, a fin de cuentas, por colapso antropológico. Mientras más lejos estamos los cubanos de la influencia de la Cuba precastrista, mayor nuestra devalorización humanística, menor nuestra responsabilidad cívica, peor nuestra sociopatía. Donde antes estuvo el ilustrado canalla de Raúl Roa, luego llegaron Robaina, Pérez Roque y Bruno Rodríguez, nombramientos que emulan a través de las edades la elevación de Incitatus, el caballo preferido de Calígula, a la dignidad de cónsul. Así vamos igualmente en las artes; no es lo mismo Padura que Carpentier. Kcho, el pintor de la corte, acusa ya desde su nombre una brutalidad semántica que obedece a una catástrofe cultural.

Quién se extrañaría, pues, de que la ofensiva castrista en esta cumbre estuviera liderada por Mirthia Julia Brossard, vicepresidenta de la Federación de Estudiantes Universitarios. En la joven Brossard se cumple precozmente el ideal del energúmeno castrista: grosero en el gesto, leguleyo en el argumento, incivil en el tono, infantil en el imaginario. No la tomemos a broma. Este es el horrendo resultado del cruce entre la ortodoxia leninista, el mesianismo nacionalista, la criminalidad fidelista y la ligereza caribeña. Todito macerado por sesenta años en el mortero de la deliberada miseria. He aquí al Hombre Nuevo, que hoy le cae a patadas a una opositora embarazada, mañana clama por asilo político en Miami y pasado mañana regresa a Cuba para presumir los Lacoste de imitación que compró en el pulguero de Opa-locka.

¡Pa’ lo que sea Fidel! ¡Pa’ lo que sea Raúl! En ese lema, que suena como un chiste, la intrahistoria expresa nuestra irreparable tragedia.

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