Andrés Reynaldo

El fanático del diálogo

En Cuba abundan los fanáticos. No es que tengamos el récord mundial del fanatismo. Pero de que los hay, los hay. El trópico y la dictadura son ambientes ideales para la cría y preservación de los fanáticos. Eso sí, hay una raza de fanáticos que sólo se da en el exilio. Lo mismo en Nueva York, Nueva Jersey, Los Angeles o Miami. El fanático del diálogo.

No estamos hablando de los agentes encubiertos y descubiertos de Raúl Castro, que tienen una proyección completamente científica. En ellos no veremos los errores de la pasión propios del fanatismo. Usted sabrá de lo que hablo si vio las noticias de estos días en que Miguel Díaz-Canel fue investido como presidente de los consejos de Estado y de Ministros. Hubo reporteros, opinadores y académicos que soltaron la chancleta tratando de descontextualizar (perdonen la cacofonía) el contexto del dedazo. Todos movilizados para hacer de Díaz-Canel la nueva esperanza blanca (negra, ni soñarlo) del castrismo.

El fanático del diálogo no es un agente. No es víctima de sus vanidades, ambiciones y/o debilidades como algunos de los heraldos del cambio-fraude. Tampoco es uno de esos comunicadores que le rizan el rizo a la dictadura para conseguirse un negocito de pastillas, comprarse una propiedad o tener acceso a determinados placeres que fuera de Cuba se encarecen y transcurren en un ámbito más susceptible al escándalo. Para que no haya duda, el fanático del diálogo es, por lo general, una persona decente que quiere el bien para los cubanos.

Imposible pasar por alto cierta resonancia cristiana del fenómeno. Ya sabemos, primero una mejilla, luego la otra. El problema es que Cristo no dijo qué hacer una vez agotado el inventario de mejillas. Me cuesta creer que Nuestro Señor, capaz de expulsar a los mercaderes del templo y maldecir a una higuera, hubiera aconsejado esta operación de decencia invertida consistente en transferirle al victimario los atributos de la víctima. Pues si una lección prima en Cristo es la sed de justicia, la defensa del oprimido y la condena al opresor. Vamos, que se trata del redentor de la humanidad, y no del cardenal Ortega.

El fanático del diálogo tiene un argumento central, blindado a la experiencia. En este caso, que 60 años de confrontación no tumbaron a la dictadura. Admítase, en parte. Porque la confrontación sí logró sostener la ayuda a la creciente oposición interna, abrir un marco internacional para la denuncia y comprometer el apoyo de importantes fuerzas políticas en Estados Unidos y el mundo. En cambio, si contamos a partir de 1978, el saldo de 40 años de diálogo sólo nos conduce a la campaña de salvamento de la dictadura por parte de la administración de Barack Obama. En ese circo, a Díaz-Canel le tocó el número de la foca amaestrada.

No nos tomemos el pelo, el diálogo con la dictadura nunca ha dejado de suponer el abandono a los opositores en la isla, no digamos del exilio. Extraña, pues, que a los fanáticos del diálogo no les tiemble el pulso al pasarle por arriba a los únicos cubanos que día tras día exponen sus vidas y sufren persecución y cárcel en aras de un verdadero diálogo en democracia. Más que malvada, la proposición de que Estados Unidos ahora debe dialogar con Díaz-Canel, la suposición de que Díaz-Canel tiene autoridad no ya para dialogar sino simplemente para escuchar, es rematadamente obtusa.

Se equivoca el fanático del diálogo si cree que pasarse casi medio siglo hablando con la pared es un ejercicio de sabiduría política y madurez civilizadora. De eso nada. Es una señal inequívoca y alarmante de esquizofrenia.

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