Andrés Reynaldo

Con el oído atento

Era La Voz. Sencillamente La Voz. Cada noche, antes de salir a la calle a improvisar una juventud de leves promesas y asfixiantes prohibiciones, teníamos que oír La Voz de América. La única voz que nos ayudaba a entender el mundo y, por efecto, desentendernos del comunismo.

Había que recorrer el dial con pulso de neurocirujano para encontrar aquella raja de luz entre el océano de estática y la noche de la censura. Un milimétrico desliz a izquierda o derecha y caías al abismo de las emisoras cubanas. Hasta que las notas de Yankee Doodle precedían la viril voz de La Voz: “Esta es La Voz de América”.

Por La Voz mi padre supo (todavía yo estaba en edad de no saber) que en las lomas del Escambray resistía, abandonada por todos, una de las más heroicas insurrecciones campesinas contra los comunistas. Por La Voz, cuando me entró la sed de saber, supe que los tanques soviéticos estaban aplastando a los jóvenes en las calles de Praga. Por La Voz, que la mitad de nuestros amigos de Casablanca se habían ahogado antes de tocar tierra en Miami. Por La Voz, que en la embajada de Perú en La Habana lograron refugiarse en unas horas 10,800 almas: la cifra de un ejército en el jardín de una casa. Por La Voz, mi familia escuchó mi nombre en la lista de marielitos que llegábamos a Cayo Hueso.

Tres años después, el presidente Ronald Reagan dio la orden de crear Radio Martí. (En 1990 surgió Televisión Martí). A nadie que hubiera vivido en la Cuba de los Castro, a nadie que hubiera encontrado en La Voz el elusivo hilo de la verdad y el contraste que marca la perspectiva entre libertad y opresión, pudo habérsele pasado por alto que ambas emisoras podían constituirse en una formidable arma contra la dictadura. Asimismo, que la dictadura desataría, principalmente contra Radio Martí, el insomne bloqueo de la señal, el aparato de su propaganda y la infiltración de sus agentes.

Antes, mucho antes de que los medios e instituciones de Miami fueran puestos bajo asedio por una avalancha de académicos, artistas, periodistas, blogueros, editores, productores y ejecutivos (debo decir que no faltan las secretarias) capaces de afectar la identidad y el discurso político y cultural del exilio, ya en Radio Martí estaba en escena la conjura de su autodestrucción. Aún así, la mayoría de los sucesivos directores y un núcleo duro de empleados y colaboradores fieles a la misión de la emisora, lograron poner en pie una programación de gran calidad formal y una contundente eficacia informativa. En esa amenazada frecuencia, los cubanos de la isla encontraron por primera vez las ideas, la música, la historia y el quehacer cotidiano de un patrimonio negado por el castrismo.

La última década, sin embargo, erosionó la misión y puso al núcleo duro contra la pared. Por órdenes de arriba y manipulaciones de abajo (o quizás viceversa) se vacunaron los contenidos, se suprimieron programas, se cancelaron colaboraciones, se ninguneó a los opositores de allá y de aquí. Había que hablar menos de Cuba y menos de Miami. Había que pasar el anticastrismo por el agua sucia de la apertura con Raúl. Pero a los castristas también se les enfría el café.

Ahora, el nombramiento de Tomás Regalado como director de la Oficina de Transmisiones a Cuba, restituye ambas emisoras a su misión original. El núcleo duro puede salir de las catacumbas. Ya se dirá al aire lo que hasta ayer había que susurrar en los pasillos. Ya recobrará su tono la voz de los cubanos libres.

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