Andrés Reynaldo

ANDRÉS REYNALDO: Lo que deja Raúl

El gobernante cubano Raúl Castro en su reciente viaje a Francia.
El gobernante cubano Raúl Castro en su reciente viaje a Francia. AP

Todos dicen que Raúl Castro se va en el 2018. A los amigos de la dictadura no les cabe la admiración. A muchos de sus enemigos les parece la noticia de un programa de parodias. Ambos bandos expresan la incredulidad ante un enorme objeto que se mueve. La pirámide de Keops que echa a andar.

Raúl, pues, estaría yéndose al cabo de 12 años de poder absoluto, heredado por línea de sangre. Si agregamos los 47 años como el segundo hombre de la dictadura, uno casi que se siente tentado a buscar una explicación metafísica. Lo cierto es que no se va porque la dictadura ha muerto sino precisamente para que no muera. No lo amenaza ninguna fuerza interna y mucho menos externa. Como Fidel, Raúl es alternativamente el sector reformista, el sector conservador y el sector retrógrado. La santísima trinidad de la opresión.

Todavía no está del todo claro quién sustituye a Raúl. ¿Su hijo Alejandro? ¿Su hija Mariela? ¿Miguel Díaz-Canel? Están quienes sostienen que ni Alejandro ni Mariela porque Cuba, a fin de cuentas, no es Corea del Norte. Esa opinión tiene un defecto de perspectiva. Cuba es a las Américas lo que Corea del Norte al este de Asia y viceversa. Toda la dictadura posible de acuerdo a la cultura y el lugar.

A Díaz-Canel unos lo pintan de reformista y otros de conservador. La posición exacta para carecer de aliados. Espero que no sea supersticioso. Cada vez que alguien ocupa el puesto inmediato a Raúl, sea por nómina o peso político, acaba mal. Pienso en Antonio Pérez Herrero, Carlos Aldana, Robertico Robaina, Carlos Lage, Felipe Pérez Roque. Son como fusibles entre los Castro y la realidad. Un día se pegan demasiado a uno de los polos y ¡zas! pierden el contacto a tierra.

Si aquellos, cada uno en su momento, creyeron ser el tercer hombre de Cuba, a Díaz-Canel no se le podrá convencer fácilmente de que es el segundo. Menos aún de que será el primero. Su papel se acerca más bien al de una primera dama. Acompaña a Raúl a las zonas de desastre. Lo representa en alguna que otra toma de posesión. Especula con los babalaos sobre un más allá oficialista y le lleva flores a la trastienda a Alicia Alonso. Estas no son precisamente las riendas del poder.

Para lo que viene, de cualquier modo, lo mismo es Díaz-Canel que Descemer Bueno. Raúl permanecería al frente del Partido Comunista o se iría a su casa. De quererlo, pudiera gobernar desde Suiza. La economía en manos de su yerno, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas. La represión a cargo de Alejandro, que dirige la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional. A grandes rasgos, el cambio ya se hizo. Faltan las inversiones extranjeras, algunos retoques institucionales y la apertura de espacios rigurosamente vigilados a una “oposición leal”, una “intelectualidad heterodoxa” y una “comunidad cubana en el extranjero”.

Lo que Raúl deja, lo que deja Fidel, es un modelo de dictadura perfecta. El arte de gobernar en la deliberada miseria, la plebeyización social y la estupidez nacionalista. Mientras más resentida, estéril y autárquica sea la veta nacional, mejor. Esa es la clave de la fascinación latinoamericana (y todavía de muchos cubanos) con el castrismo. La exaltación demagógica de la tradición deficiente y el hombre deficiente. Con una aplastante maquinaria policíaca.

La dictadura, por supuesto, no es eterna. Pero reconvertidos al capitalismo, con el apoyo de Washington, los Castro pueden repletar sus arcas y renovar su máscara. Habrá que ver, entonces, hasta dónde estira la tradición. Hasta dónde aguanta el hombre.

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