Andrés Reynaldo

El tren de la gusanera

El presidente Barack Obama realza los valores de la democracia en un discurso en el Gran Teatro de La Habana el martes 22 de marzo.
El presidente Barack Obama realza los valores de la democracia en un discurso en el Gran Teatro de La Habana el martes 22 de marzo. TNS

Una mala política puede tener grandes momentos. Así los tuvo la visita del presidente Barack Obama a Cuba.


Ya lo sabemos. Su breve presencia en la isla no modifica la naturaleza de la dictadura. Eso sí, permitió observar a los cubanos la naturaleza de una democracia. Celoso de su imagen, Fidel Castro nunca se hubiera sometido a este contraste. A Raúl, en cambio, le tuvo sin cuidado. Para que nadie se confundiera, mandó a redoblar la dominical paliza a los disidentes y Damas de Blanco. Lo que nosotros tomamos por un grotesco abuso de poder, Raúl lo aprovecha como oportunidad de posicionar la marca.

La conferencia de prensa en el Palacio de la Revolución pone a Raúl, sin embargo, en una escena de sainete. Se descompensa ante una pregunta sobre los presos políticos. Le incomoda, sencillamente, el acto de contestar. Si le dan los nombres, dice, esa misma noche los suelta. No se da cuenta de que la respuesta acusa ante el mundo la nulidad de la esfera judicial. Tal como esa misma noche los suelta, esa misma noche los puede volver a meter en prisión. Lo mismo por diez minutos que por diez años.


Luego, se enreda en una esotérica contabilización de los derechos humanos. Echa mano a las estadísticas mágicas del arsenal estalinista. En Cuba se cumplen 47 derechos, dice con una cara de palo. Ya el saco del traje se le ha descuellado hacia atrás y mira nerviosamente al suelo como si vigilara a un inquieto e invisible perrito. Es el fallido acto de convertir una mentira en una media verdad, o por lo menos en una media mentira. Por unos agobiantes instantes, Raúl se ha convertido en el personaje incongruente y acartonado, dramáticamente ineficaz, de una novela de Padura.

La gran revelación es el discurso de Obama. Subversivo. Como quiera que se mire. Tremendamente subversivo. Nadie había hablado así a los cubanos desde 1959. Tan subversivo que quizás no alcance a calar en las embotadas conciencias de muchos en la isla, impermeables a toda convocatoria de redención ética.


El reconocimiento de Miami como el monumento económico y social de los exiliados altera la retórica en ambas orillas. Al hacer énfasis en el dolor y los sacrificios inherentes al exilio deja descolocados a los promotores del acercamiento a Raúl que se han pasado tres años remendando encuestas, ninguneando la historia, quitándole hierro a la represión y tratando de presentar a sus críticos como una minoría anacrónica y recalcitrante.

Para ajustarnos a la imaginería ferrocarrilera del empresario Carlos Saladrigas, el cubanoamericano más comprometido con esta política colaboracionista, Obama introdujo en la ecuación el tren de la gusanera. Cuba no tiene que aspirar a ser como Singapur ni Vietnam sino como Miami. Nosotros somos el referente del éxito y la matriz del futuro. Tal como somos la caja fuerte de la dictadura. Tres meses sin remesas ni viajes y Raúl tiene que empezar a hacer sopa con las cortinas y el cardenal Ortega a vender sus bienes inmuebles.


Asimismo, la reunión con los disidentes restituye la postura moral de la Casa Blanca a favor de una oposición interna abandonada por Europa, por el Vaticano (a insistencia de la propia Iglesia de la isla) y por América Latina.

La contradicción fundamental de esta visita es que muestra la inviabilidad de una plena relación con la dictadura, a menos que Washington opte de manera inapelable por excluir al exilio y cesar en sus reclamos sobre los derechos humanos. Obama no lo hizo. ¿Quién me lo iba a decir?

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