Andrés Reynaldo

Rechazo a consulado es el primer triunfo del exilio cubano

Una persona se manifiesta en contra de la propuesta para abrir un consulado de Cuba en Miami Beach durante una sesión de la Comisión de la ciudad.
Una persona se manifiesta en contra de la propuesta para abrir un consulado de Cuba en Miami Beach durante una sesión de la Comisión de la ciudad. jiglesias@elnuevoherald.com

Al alcalde Philip Levine debieron haberle hecho un cuento. Al menos, eso es lo que yo quiero pensar. A beneficio de Levine, que a todas luces es un hombre decente, con una gran visión para Miami Beach.

Un consulado cubano en cualquier lugar del sur de la Florida es una provocación. En un municipio del Condado Miami-Dade es una concesión estratégica a la dictadura de los Castro en su intento de anular a Miami como matriz de la oposición externa y santuario de la oposición interna.

Con la final decisión de no acoger el consulado en la playa, Levine salió ganando. Por mucho que le digan lo contrario. El consulado hubiera sido una pesadilla de seguridad pública y, sobre todo, una fundamental ofensa a cientos de miles de exiliados. Nada tan lejano del espíritu de una ciudad que complace rigurosamente (y debemos celebrar que sea así) las más exigentes sensibilidades de sus residentes y visitantes.


Por supuesto, lo del consulado no surge en el vacío. Raúl Castro quiere dar el salto de una dictadura sin mercado a una dictadura con mercado. Tanto mercado como sea posible y tanta dictadura como sea necesaria. Para ese propósito cuenta con un sector colaboracionista del exilio que, lamentablemente, reúne a algunas personas de influencia y prestigio. De ese entorno surge la propuesta, que ha sido organizada y defendida como si fuera una misión.

Organizaciones del exilio cubano organizaron una protesta contra el alcalde de Miami Beach, quien le propuso al gobierno cubano abrir un consulado en la ciudad.

A lo largo de los últimos años ese sector se ha ido perfilando en una constante tendencia: promoción de toda iniciativa que atraiga inversiones, créditos y renovación internacional de la imagen de la dictadura, acompañada del rechazo a los elementales reclamos de derechos humanos y, en ocasiones, la manipulación distorsionadora del real estado de las libertades en la isla.

El dilema ante una dictadura casi no es dilema. Menos aún ante esta dictadura de 57 años. Menos aún en Miami Beach. Estás con el opresor o con el oprimido. Raúl, al igual que Fidel, no admite medias tintas. La reciente visita del presidente Barack Obama permitió observar la creciente sinergia entre algunas de las principales figuras de este sector colaboracionista y los funcionarios de la dictadura. A varios de estos heraldos del cambio-fraude ya se les ha oído decir en Miami que Obama se pasó de rosca.


En un reportaje publicado en el Miami Herald el miércoles 23 de marzo, la periodista Patty Mazei escribió que Levine y el comisionado Ricky Arriola “dijeron al gobierno cubano en una reunión privada el miércoles en La Habana que, a diferencia de sus contrapartes de Miami, ellos daban la bienvenida a los diplomáticos cubanos en la ciudad”.

Cabe preguntar si esta reunión viola la ley Sunshine de la Florida, aplicable a cualquier encuentro, formal o casual, de dos o más miembros de una misma junta o comisión para discutir un asunto que requiera en el futuro cualquier acción por parte de dicha junta o comisión.

Igualmente, hay un patente conflicto de intereses para el comisionado Arriola. Su padre, Joe Arriola, es uno de los promotores del acercamiento a La Habana. La comisión de Miami Beach tiene el deber de precisar en qué medida Ricky Arriola se ha conducido como un funcionario electo que obra por el interés común de los constituyentes o como el activista de una campaña comprometida con su esfera familiar.

Esta es la primera batalla que el exilio le gana a la política del cambio-fraude. Ya era hora. Levine, si lo piensa dos veces, debe descorchar el champán de la derrota. Se ha salvado, por un pelo, de quedar en la foto de los cónsules de Raúl.

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