Andrés Reynaldo

De la máscara al rostro

Hay imágenes que retratan una época.

En La Habana, el ex secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez, y Reinaldo Taladrid, uno de los más repugnantes personajes de la dictadura cubana, charlando animadamente, graciosamente, con el presidente Barack Obama.

En Coral Gables, Gutiérrez y Taladrid compartiendo mesa con Max Lesnik, uno de los más fieles devotos de esa monstruosa superchería que se llama Fidel Castro.

Taladrid encarna la deleznable trinidad castrista del propagandista, el policía y el oportunista. En Gutiérrez tenemos una dolorosa y rotunda muestra de esa vergonzosa cepa de exiliados (pudiéramos decir ex exiliados) que nos venden como mezquina redención nacional el tránsito del castrismo sin mercado al castrismo con mercado.

Cada cual saca sus conclusiones. A todas luces, existe un creciente vínculo entre figuras de la élite castrista y prominentes cubanoamericanos que durante años desarrollaron una agresiva campaña a favor de las relaciones entre Washington y La Habana. Aparte de sus manifestaciones públicas, varios de estos cónsules mantienen una frenética agenda subterránea contactando a conocidos y desconocidos para embullarlos a viajar a Cuba a fin de observar “los cambios de Raúl” y solicitar apoyo a iniciativas procastristas como la fallida apertura de un consulado en Miami Beach. Agreguemos las atenciones de diverso género a los visitantes de la nomenclatura y de “la embajada”, como se les oye decir en clave familiar.

Un mediocre conocimiento de la historia en general y el castrismo en particular bastan para comprender los mecanismos que mueven esta pujante maquinaria. De cualquier manera, la peor de nuestras sospechas es menos incriminante que sus obras. Más incriminante aún que las obras es su silencio frente a la represión y el atrincheramiento del raulismo. La alevosía de hoy sugiere la premeditación de ayer. A estas alturas, el problema no reside tanto en lo que han hecho y seguirán haciendo ellos como en lo que no hacemos y seguimos sin hacer nosotros.

Las imágenes de Taladrid, si emblemáticas, distan de ser únicas. Recientemente, el candidato a una importante posición electa del sur de la Florida se pavoneaba junto a Enrique Román, veterano agente de la inteligencia cubana con una atronadora trayectoria en el aparato ideológico. Luego, el candidato hacía el besamanos en un evento de una empresa de televisión que transmitirá en breve programación seleccionada por el Instituto Cubano de Radio y Televisión.

La infiltración en los medios locales va adquiriendo el peso de una política editorial. En CNN en Español, por ejemplo, suelen aparecer con frecuencia Jorge Gómez Barata, Amaury Pérez y otros voceros oficialistas de ambas orillas para responder a preguntas de sastre que, en algunas ocasiones, sonrojarían a los mismos panelistas de la Mesa Redonda. Así, en la liviana magia de la televisión, la tragedia viene a interpretarse como el estúpido estorbo de la gozadera y los diez años de Raúl en el poder (no digamos ya los 47 de Fidel) consiguen el blindaje acrítico, jovial y hasta reconstituyente de un minuto de fama.

Oscar Elías Biscet observaba que el problema de Cuba no era político sino moral. Por extensión, ese es el problema del exilio. Todos los días salen veinte vuelos repletos de gentes que juraron ser perseguidos políticos para obtener la residencia de Estados Unidos. Este verano, muchas familias de Miami están enviando a sus hijos de vacaciones a la isla. Lo atrozmente confuso, lo insidiosamente corruptor, es que la mayoría de estos viajeros al parque temático de la opresión dicen ser anticastristas. La máscara de la doble moral se ha convertido en rostro.

No extraña, entonces, que el retrato de esta época cubana sea una espeluznante caricatura.

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