Andrés Reynaldo

Marcha triunfal de Miami para Cuba

Josefina Vidal, directora general del Departamento de Estados Unidos del Minrex, en una conferencia de prensa después de participar en conversaciones con representantes de EEUU, en La Habana, el 16 de mayo.
Josefina Vidal, directora general del Departamento de Estados Unidos del Minrex, en una conferencia de prensa después de participar en conversaciones con representantes de EEUU, en La Habana, el 16 de mayo. AP

Hace un par de meses, Josefina Vidal, directora general del Departamento de Estados Unidos del Minrex, decía a un periodista libanés que “en lo adelante, más que una batalla en una guerra caliente […habrá…] una guerra cultural, una guerra por el dominio de la mente de las personas, por el dominio de los corazones de las personas”.

Puesto que no pueden convencer a las buenas y cada día son más los que se resisten a dejarse convencer a las malas, los Castro (vistos como franquicia, como escuela totalitaria) recurren a un ajetreado acto de prestidigitación: tratar de convencer al mundo de que tanto la mayoría de allá como la mayoría de aquí hemos sido convencidos, si no de la bondad, al menos de la inevitabilidad de la dictadura.

De modo que a cada una de nuestras tragedias, a cada una de nuestras carencias, la dictadura le teje una cortina de humo. Como aquellas bolsas de verduras en los supermercados de París que decían a fines de la década de 1960: “Excedente de la agricultura cubana”. Mientras tanto, en La Habana Vieja, mi madre cambiaba nuestro tocadiscos por unas clandestinas libras de café.

En esa misma cuerda, los intercambios artísticos y académicos encubren el más antiguo y demoledor aparato de censura que se haya visto en Occidente, las visitas familiares se oponen sentimentalmente a la estampida de refugiados, la lucha internacional contra el ébola arroja un velo intramuros sobre el regreso del cólera y la expansión del dengue, el discurso de la soberanía facilita la liquidación del patrimonio nacional y la decadente y cutre fanfarria de cuatro paladares contribuye a crear la ilusión de una reforma política. Pero el humo es humo al fin.

Vale la pena ver que los Castro se irán a la tumba debiéndonos la promesa de construir, no digamos ya el socialismo, el Hombre Nuevo, la Cuba que soñó Martí, sino simplemente una buena carretera, un edificio que se inscriba en la exquisita arquitectura de La Habana, un moderno estadio, un pulcro manicomio, un zoológico

Cierto, los gusanos de ambas orillas todavía no hemos recuperado el territorio. Sin embargo, el imaginario de la nación nos pertenece y tiene su meca en Miami. En un artículo reciente, Néstor Díaz de Villegas observaba: “Miami soñó con la entrada de la Quinta División de Infantería en La Habana –y no niego que hubiese sido un espectáculo sublime–, pero, de todos modos, el Exilio (con mayúscula) triunfó”. Díaz de Villegas es un gran poeta, y los poetas pueden leer el futuro hasta en las sobras de un sándwich.

Eso sí, la dictadura está dando su batalla por convertir a Miami en un desmemoriado Hong-Kong. Infiltra, que algo queda. Parasitar Miami con sus alcaldes, sus jefes de policía y sus representantes al Congreso, tal como ya lo han parasitado con sus periodistas, sus empresarios, sus comerciantes, sus estafadores al Medicare, sus blogueros de café con leche (el café con chícharo y la leche cortada), sus comisionados en Miami Beach y sus artistas. Un Miami envilecido y enmudecido siempre que no pierda, oh, que no pierda, señora Vidal, su munífica condición ordeñable. Porque sin Miami, como dijo Alejandro Ríos, no hay patria.

A la larga, vale la pena que los marines no hayan desembarcado. (Aunque no hemos visto en toda la historia un lugar que no mejore inmediatamente después de que desembarcan los marines). Vale la pena ver que los Castro se irán a la tumba debiéndonos la promesa de construir, no digamos ya el socialismo, el Hombre Nuevo, la Cuba que soñó Martí, sino simplemente una buena carretera, un edificio que se inscriba en la exquisita arquitectura de La Habana, un moderno estadio, un pulcro manicomio, un zoológico.

Dígase de Miami lo que quieran. Pero nadie puede quitarnos que somos el referente cubano de la felicidad. ¿Me van a decir, entonces, que yo no gané la guerra?

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