Andrés Reynaldo

ANDRÉS REYNALDO: Nostalgia por Sumner Welles

Desde que el embajador Benjamin Sumner Welles llegó a La Habana el 7 de mayo de 1933 en un vapor de la United Fruit Company ningún otro diplomático de Estados Unidos había provocado tantas expectativas entre los cubanos de la isla como Roberta S. Jacobson, subsecretaria de asuntos hemisféricos del Departamento de Estado. Ningún otro, asimismo, vino a traerle tanto a un dictador y tan poco al pueblo.

Welles, inspirado en la visión panamericana de Franklin D. Roosevelt, se propuso sacar de la silla presidencial a Gerardo Machado, activar la economía, conciliar las facciones en pugna y evitar una intervención militar. Como saben, restaurar la democracia. Indudablemente encantadora, y yo diría que hasta con un grado de vergüenza ajena, Jacobson carga la misión de crear un modus vivendi con la dictadura de más de medio siglo de los hermanos Castro. A brazo partido con la realidad, le ha tocado hacer pasar por estrategia la política frívola y simplificadora de John Kerry y Barack Obama.

Cierto que no hubo grandes acuerdos en esta primera cita. Sin embargo, la dictadura estableció el tono, con barco espía ruso anclado en el puerto. No hará concesiones en el marco de los derechos humanos ni permitirá la participación de los opositores en la vida política del país. Punto. La verdad es que no tiene por qué. Sencillamente, Washington le regaló las relaciones a cambio de nada. Se entiende que sea un momento de rejuvenecedor optimismo para la vieja guardia castrista. Tal como ellos son dueños de almas y haciendas por la fuerza de las armas, mañana sus hijos y nietos lo seguirán siendo además por la fuerza del mercado.

Con las magnánimas tijeras de Obama la dictadura cortó el nudo gordiano de la supervivencia. Al sector más recalcitrante se le asegura la continuidad del estado policíaco con todos sus privilegios y al sector reformista se le trae de vuelta el capitalismo. La única competencia entre ambas partes consiste en demostrar quién es más fiel a Raúl y, ya lo ven venir, a su hijo Alejandro. Podrán abrir un rincón a “la oposición leal” en la Asamblea Nacional, podrán pertenecer al Partido algunos millonarios del exilio (ahora hay que decirle “diáspora”), podrán seguirle devolviendo el patrimonio inmueble al cardenal Ortega y a sus obispos de cartón piedra, podrán añadir las hamburguesas de McDonald’s a la jabita de la UNEAC, pero el tren de los cambios seguirá dando vueltas alrededor de Birán. ¡Y ay de aquel que se atraviese en la vía!

A diferencia de 1933, este entendimiento exige la exclusión de los opositores de la mesa de negociaciones. Un detalle que marca un hito en el curso de las relaciones interamericanas con las dictaduras durante las últimas décadas. Negada a los opositores su legitimidad como interlocutores se les convierte en el principal obstáculo de la normalización. Jacobson tomará té con Yoani y las Damas de Blanco harán sus compras con MasterCard, pero a medida que se afiancen los grandes negocios con la elite veremos a Washington actuar hacia la sociedad civil con la misma mezquina cautela de Madrid, por citar un ejemplo.

En Miami, la batalla por los intercambios académicos cede a la batalla por acelerar el levantamiento del embargo. Ya arremeten las reconvertidas avanzadas contra los legisladores cubanoamericanos que prometen sostener la Ley Helms-Burton en el Congreso. Ante la imposibilidad de cuestionar la transparencia de la elección de estos congresistas y senadores, se adelantan las tesis de que el exilio ha cambiado. O sea, que existe una masa crítica de “emigrados” carentes de la integridad, la autoestima y la memoria necesarias para tomar distancia de la dictadura. Puede que acabe por ser así. De momento, la realidad concreta, tridimensional y estadísticamente comprobable indica que los votantes cubanos, incluso los demócratas, prefieren ser representados por gente de sólidas credenciales anticastristas.

Las esperanzas suscitadas entre los compatriotas en la isla por el restablecimiento de las relaciones se deben a una proyección mágica antes que a una promesa política. Al ver abundante carne en el plato del amo, los esclavos comienzan a soñar que les darán las piltrafas. Pónganlo como quieran: Obama nos la dejó en la mano. Welles vino a decirle a Machado que se fuera. Jacobson vino a certificar que se quedan los Castro.

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