Columnistas & Blogs

Ingrid Betacourt, de Monalisa a vibora

NUE10. NUEVA YORK (EEUU), 26/02/09.- De izquierda a derecha, los estadounidenses Tom Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, ex rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), relataron hoy, 26 de febrero de 2009, sus experiencias de los 1.967 días de cautiverio, durante una acto realizado en la Universidad de Columbia, en Nueva York (EEUU) y donde presentaron su libro "Out of Captivity". Ellos tres, la política franco-colombiana Ingrid Betancourt y once policías y militares colombianos fueron rescatados el 2 de julio de 2008 en las selvas del sur de Colombia por militares que se hicieron pasar por miembros de una misión humanitaria. EFE/Miguel Rajmil
NUE10. NUEVA YORK (EEUU), 26/02/09.- De izquierda a derecha, los estadounidenses Tom Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, ex rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), relataron hoy, 26 de febrero de 2009, sus experiencias de los 1.967 días de cautiverio, durante una acto realizado en la Universidad de Columbia, en Nueva York (EEUU) y donde presentaron su libro "Out of Captivity". Ellos tres, la política franco-colombiana Ingrid Betancourt y once policías y militares colombianos fueron rescatados el 2 de julio de 2008 en las selvas del sur de Colombia por militares que se hicieron pasar por miembros de una misión humanitaria. EFE/Miguel Rajmil EFE

La prisa con que fueron escritas las primeras reseñas del libro de los tres contratistas estadounidenses secuestrados por la guerrilla colombiana y su relación con Ingrid Betancourt, dejaron por fuera lo que siempre se pierde en las carreras hípicas del periodismo: los matices.

La impresión con la que mucha gente quedó, a partir de los fragmentos que se divulgaron cuando Out of Captivity (HarperCollins Publishers) llegó a las librerías, es que los tres gringos terminaron odiando a Betancourt por arrogante y chivata. Pero la relación entre los norteamericanos y la ex congresista es mucho más compleja de lo que quedó en el aire.

En el libro subyace una historia de un torneo inconfesable de deseos de varios hombres en abstinencia sexual y cautiverio por una mujer inteligente y atractiva, más fuerte físicamente que muchos de ellos y con una exposición cultural superior. En flexiones de pecho, la ex congresista superaba a varios de los soldados y políticos secuestrados. Y en reflexiones políticas, podía discutir de cualquier tema con los americanos en su propio idioma.

En ese ambiente no es sorprendente que uno de los contratistas vea en el rostro de Ingrid la sonrisa de La Mona Lisa y otro el de una víbora. Al final, la imagen compartida por los tres parece ser la de una mujer arrogante y manipuladora dispuesta a aliarse con quien necesite, incluyendo los guerrilleros, para obtener sus objetivos.

Los tres ex empleados de la compañía American Northrop Grumman, Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, fueron secuestrados el 13 de febrero del 2003. Por fallas mecánicas el avión monomotor en el que realizaban una operación de reconocimiento aéreo de plantaciones de coca al sur de Colombia, se fue a pique en territorio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fueron liberados 1,967 días después tras una espectacular operación de rescate del ejército colombiano.

Para entender el ambiente que vivieron los autores es importante recordar ciertos antecedentes. El escultural cuerpo de Betancourt, logrado a base de ejercicios diarios y la dieta forzada de la selva, ocasionó un problema disciplinario a las FARC. De acuerdo con el recuento de algunos ex secuestrados, los baños que Betancourt tomaba en los ríos cercanos a los campamentos -- las mujeres se bañaban con calzones y sostén -- se convirtieron en un festival de voyeurismo de los guerrilleros que la cuidaban y de algunos secuestrados.

El problema llegó a un punto que obligó a los jefes de las FARC a construir en los pozos del río un pequeño baño con plásticos negros que cubrían la privacidad de la ex congresista, entonces de unos 45 años, pero sólo del lado de la orilla del campamento. Algunos guerrilleros se las ingeniaban para cruzar el río y tener una vista completa desde la otra orilla.

Así que cada uno de los hombres secuestrados albergaba, en forma abierta o solapada, un sentimiento particular por Betancourt que lo hacía actuar de una manera distinta según sus posibilidades de acceso a la mujer: desde el papel de macho protector del ex senador Luis Eladio Pérez hasta el de los supuestos avances abusivos del subteniente del ejército colombiano Raimundo Malagón, pasando por el amor epistolar de Gonsalves y el odio de Stansell. Este último se consideraba "un macho Alfa’’, y en varias partes del libro deja en claro que era el más fuerte y el de voz más intimidante. Sus declaraciones postsecuestro han sido las más fuertes contra Betancourt.

Vendrán los libros de ella y Clara Rojas a explicar, desde su perspectiva femenina, qué ocurría en ese campo de batalla, si es que se atreven, pues ambas han declarado que todas esas historias son de la selva y allá se quedarán.

Lo interesante de Out of Captivity es que los tres contratistas, pese a haber aterrizado de regreso en la normalidad, dejaron aparentemente intactas en su testimonio a tres voces, algunas de las mezquindades, las angustias, las intrigas y los gestos de solidaridad y amor de un grupo de sobrevivientes en la espesura de la selva.

Varias de sus observaciones están distorsionadas por una actitud de superioridad y en ciertos pasajes no ocultan sus intenciones de demostrar que se mantuvieron ajenos a las intrigas, los chismes y las jugadas politiqueras del cautiverio como si esa fuera una enfermedad exclusivamente tropical.

En cuanto a la descripción de la guerrilla y sus costumbres, algunos pasajes del libro parecen sacados de la obra de Joseph Conrad, El Corazón de la Tinieblas, que inspiró la película Apocalipsis Now (1979), de Francis Ford Coppola.

Los lectores de Out of Captivity no podrán olvidar la escena del jefe guerrillero que para desplegar su autoridad en momentos en el que no sabía qué decisiones tomar, acudía a sus grandes habilidades de cazador.

Un día, desesperado por el acoso de su propia incompetencia en la conducción del grupo de secuestrados por la selva, tomó su arma y le disparó a una manada de micos, de los cuales uno cayó herido. El guerrillero empezó a descuartizar con su cuchillo al animal aún vivo, y cada extremidad que cortaba la iba colgando a los morrales de las guerrilleras.

Desde el primer encuentro, la relación de los americanos con Betancourt fue conflictiva. La ex candidata presidencial no estaba muy a gusto con la llegada de los nuevos inquilinos del campamento porque no había espacio suficiente, y así se lo dijo a alias Martín Sombra, el jefe guerrillero del campamento.

"Póngalos en alguna parte más’’, le habría dicho Betancourt a Sombra, según el relato de Gonsalves.

Lo que más impresiono a Gonsalves es que "ella no estaba haciendo una solicitud sino dando una orden’’ a Sombra.

Según los autores del libro, en esa época Betancourt y el ex senador Luis Lucho Eladio Pérez mantenían una relación romántica, que Pérez les participó pasándole las manos por la cintura a la candidata presidencial en el primer día del encuentro.

Ese acto de marcación de territorio fue un poco más allá cuando en la noche, el ex senador lanzó un sermón no provocado a todos los secuestrados, pero con la intención de que los gringos recién llegados lo escucharan, en el que advertía que en ese campamento no había prostitutas, según Stansell.

"Aquí no hay putas’’, dijo Pérez.

"Yo ya había visto suficiente a Lucho caminando alrededor marcando su territorio para que supiéramos que él era quien protegía realmente a Ingrid’’, escribió Stansell. ‘‘El hombre estaba inseguro sobre su estabilidad en la manada, nosotros llegamos de afuera, y él necesitaba defender su territorio’’.

Ese mismo día, solucionado el problema del alojamiento, Betancourt sorprendió a los recién llegados presentándose ante ellos, como si nada hubiera ocurrido, para invitarlos a una fiesta de bienvenida.

Según se desprende de la lectura del libro estos cambios radicales que mostró desde el primer día, serían una constante a lo largo de su convivencia con ella. Del egoísmo a la solidaridad, de la hosquedad a la ternura.

La forzada ociosidad de los secuestrados aseguraba que cada incidente que ocurría en el campamento, fuera analizado, discutido y vuelto a evaluar por sus testigos y protagonistas.

Entre esos episodios, los primeros que ocasionaron roces con Betancourt tuvieron que ver con la instalación de una hamaca por parte de Howes en un lugar en el que ella y Pérez consideraban muy cercano al dormitorio de ella (o de ambos, en ciertas noches); luego fue la discusión por el color de unos colchones que recibieron.

También les molestaba el dominio absoluto y privado que la pareja tenía de una pequeña colección de libros que los guerrilleros habían llevado para todos los secuestrados y de un improvisado escritorio que usaban sin pensar en los demás.

En un ecosistema de cautiverio en el que todo tiene un valor en alimentos, cigarrillos o favores, se puede desencadenar una polémica como la que ocurrió cuando los estadounidenses descubrieron que otra de las secuestradas les cobraba arbitrariamente una multa en cigarrillos por entregar tarde un diccionario español-inglés. Los contratistas averiguaron que el diccionario era para uso de todos los secuestrados y el tiempo que quisieran.

La relación de Betancourt con los norteamericanos se complicó cuando estos se enteraron de que la mujer le había dicho a los guerrilleros que tuvieran cuidado con ellos porque realmente se trataba de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que tenían implantados en sus cuerpos unos dispositivos de localización satelital.

Al otro extremo del arco emocional, el libro muestra la historia de un amor prohibido, el de Gonsalves con Betancourt, en el que se atraviesan los celos de Pérez, a quien los guerrilleros habían separado de la ex congresista tras una fuga fallida.

Largas horas de conversaciones íntimas y carcajadas entre el americano y la política, llevaron a las FARC a separarlos también.

Gonsalves escribe aún con nostalgia de ese momento.

"Ingrid y yo fuimos lanzados a esta mixtura de emociones. Dos personas en la selva tratando de entenderse a través de una precaria química de sentimientos’’.

Tras la separación a una distancia de no más de 20 metros, pero bajo la prohibición de hablar, ambos decidieron continuar la relación por carta.

En la película que se está preparando sobre el drama, seguramente tendrá una gran relevancia la escalofriante y demoledora imagen de Gonsalves viendo a Ingrid por primera vez con cadenas al cuello castigada en su refugio.

"Pensé que iba a vomitar’’, escribió Gonsalves.

La relación llegó a su fin por una vía traumática. Un día, cuentan los contratistas, Betancourt se presentó en su refugio escoltada por uno de los jefes guerrilleros del campamento y los obligó a que les hicieran una requisa a todos sus papeles y pertenencias.

Betancourt, quien se presentó con los brazos cruzados sobre el pecho y con una actitud muy arrogante, según el libro, buscaba desesperadamente las cartas que alguna vez le envió a Gonsalves.

Las cartas no aparecieron.

"En mis cinco años de cautiverio yo no había visto algo igual’’, le comentó Howes a Gonsalves.

  Comentarios