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Ex intermediario de la DEA busca olvidar el pasado

Baruch Vega.
Baruch Vega.

El teléfono celular de Baruch Vega casi no suena en estos días.

No es como hace 10 años, cuando el fotógrafo colombiano de modelos, hacía de intermediario entre la Agencia de Lucha Contra las Drogas (DEA) y poderosos narcotraficantes, y el timbre repicaba continuamente con llamadas de fiscales federales y abogados del sur de la Florida mientras él discutía algunas poses con modelos europeas en su penthouse de Miami Beach.

Ahora Vega, de 61 años, aparentemente agotado de arrastrarse por el filo de la navaja, quiere dejar atrás ese mundo que lo llevó a la cárcel en Estados Unidos en el 2000 por obstrucción a la justicia y lavado de dinero. Los cargos fueron retirados.

"No busco más pleitos, sólo viejos amigos en Facebook'', afirmó.

Pero lo más importante como parte de esta nueva etapa de su vida, dice, es que ha decidido buscar cualquier fórmula de reconciliación con sus cuatro hijas, tres de ellas actrices de Hollywood que lo echaron al olvido y no quieren saber nada de él desde hace 10 años.

Vega las ha visto crecer viendo sus películas.

"Me meto al cine y me pongo a llorar al verlas'', dijo Vega, quien por primer vez habla de este tema públicamente.

"Cada vez que sale una película de Alexa, la veo diez veces''.

Alexa Vega, de 21 años, es su hija mayor con la ex modelo de Miami, Gina Rue. Con unos 40 filmes en su carrera, Alexa es principalmente conocida por su papel en la serie cinematográfica Spy Kids donde sus padres son unos espías semiretirados, irónico símil de lo que algún día fue su papá, un hombre que espió para la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en la guerra fría, y para la DEA en la del narcotráfico.

Como si las ironías no fueran suficientes, Alexa actualmente es estrella de Ruby and the Rockits, la nueva serie familiar de ABC, en un papel que ella misma describió como el de "una dulce muchacha que realmente quiere conectarse con su papá'', después de muchos años de vivir separados.

Pero Alexa, aparentemente, no desea conectarse con el suyo en la vida real. En un mensaje enviado a Vega por su apoderada desde el 2005, Alexa le notificó que no quería saber nada de él. No dio razones.

El Nuevo Herald se comunicó el jueves y el viernes con la oficina de Ro Diamond, agente de Alexa en SDB Partners, Los Angeles, pero allí informaron que Diamond salió de asueto por los días de fiesta y regresa el martes. Un correo electrónico enviado desde el lunes a la agencia no fue respondido.

Vega conoce y comprende la razón de la indiferencia de sus hijas: miedo. "Tienen miedo de que alguien que me quiera hacerme daño, se desquite con ellas'', dijo Vega.

La cabeza de Vega ha tenido precio en el mundo del narcotráfico. Pero al mismo tiempo, se pregunta si su situación no es similar a la de otros padres que trabajaban en asuntos arriesgados pero mantienen el afecto de su familia.

"Es inconcebible, yo no he cometido ningún crimen, y lo que he hecho lo hice para ayudar el gobierno de Estados Unidos'', comentó Vega durante una entrevista la semana pasada en un apartamento de Miami cuya renta comparte con una modelo.

"Yo lo que pido es que algún día pueda escribirles un email o hacerles una llamada para decirles ‘Te quiero' y que ellas me respondan'', agregó.

Por ahora le ha enviado a su hija mayor, Margaux, del primero matrimonio, un libro en español sobre su vida escrito por este reportero (Nuestro Hombre en la DEA) y su manuscrito en preparación Dangerous Glamour.

Las hermanas de Alexa, Krizia Vega, de 19, y Makenzie Vega de 17, son también actrices. Makenzie participó en la película The Family Man.

Como casi todas las cosas que le han ocurrido en la vida, las relaciones amorosas de Vega resultaron de aventuras espontáneas. A su primera esposa, Abby, la conquistó casi forzándola a que posara para él. Abby es la hija de Burton Goldberg, entonces dueño del famoso club Mutiny, un abrevadero etílico de Coconut Grove donde se codeaban policías y narcos del Miami Vice de los años 80. Vega era un asiduo cliente del lugar. Abby y Vega se casaron en 1979 y con ella tuvo a Margaux.

A Rue, la madre de la tres actrices, la conoció en el Aeropuerto Internacional de Miami un día de mayo 1986 en el que ambos perdieron el avión por llegar tarde. El iba a Italia a ultimar los detalles de su boda con una millonaria saudita y ella regresaba de una sesión de modelaje.

Deslumbrado por la belleza de Rue y otra modelo que la acompañaba, Vega les propuso a ambas una osada alternativa: que los tres viajaran a Italia de paseo ese mismo día. El pagaría todo. Ellas aceptaron. Después de un romántico viaje por varias ciudades italianas, Vega canceló su boda y en diciembre se casó con Rue.

La familia permaneció unida durante nueve años viviendo en la Florida y California. Las dos niñas mayores aprendieron algo de español. Luego se divorciaron, pero Vega continuó en contactos esporádicos con sus hijas, según explicó.

Los temores de Rue por su seguridad y la de las niñas se recrudecieron cuando Vega fue arrestado el 21 de marzo del 2000 en lo que sería el comienzo de uno de los mayores escándalos en la historia de los organismos antinarcóticos de Estados Unidos y de la fiscalía del sur de la Florida.

Vega, el segundo de 11 hijos de un trompetista de Bogotá, trabajó durante 20 años con diferentes agencias federales (FBI, DEA, Aduanas y el Servicio de Rentas Internas) en operaciones encubiertas. Pero en la década de los 90 se especializó en convencer a poderosos narcotraficantes colombianos para que se entregaran a la justicia de Estados Unidos a cambio de ventajosos acuerdos de culpabilidad.

Por su intermediación, Vega cobraba cantidades que en algunas ocasiones superaban los $2 millones por cada aspirante a su programa de Resocialización del Narcotraficante Colombiano, como él lo bautizó. Este dinero lo compartía con un grupo de abogados de Estados Unidos que lograban persuadir a ciertos fiscales federales de que firmaran los acuerdos de culpabilidad y cooperación con sus clientes.

Varios narcotraficantes que negociaron con el gobierno de Estados Unidos fueron asesinados en Colombia por otros capos que pensaban que eran soplones.

El esquema, del cual estaban al tanto los agentes de la DEA que trabajaban con Vega, llegó a oídos del FBI. La entidad inició una investigación por considerar que se trataba de un modelo corrupto de obstrucción a la justicia y presentó una denuncia criminal contra Vega.

La DEA ordenó una vasta auditoría interna que no encontró irregularidades en la actuación de sus agentes.

Tras salir bajo fianza de la cárcel, Vega, quien se sentía abandonado por sus amigos en el gobierno, amenazó públicamente con contar todos los detalles de cómo funcionaba su programa, citando los nombres de decenas de fiscales, agentes y abogados que trabajaron con él.

No tuvo problemas tampoco en describir para su biografía las grandes fiestas en prostíbulos de Panamá en las que participaron agentes de la DEA junto con los narcotraficantes que negociaban los arreglos antes de ser traídos al sur de la Florida en aviones ejecutivos alquilados por él.

Después de más de un año, y en una decisión con muy pocos antecedentes, el FBI retiró los cargos y sólo le mantuvo uno por no reportar a tiempo impuestos de 1998.

El mundo de fiestas, viajes y aventuras de Vega se derrumbó de un día para otro.

Las grandes publicaciones de modas le tiraron la puerta en la nariz y sus hijas no volvieron a pasar al teléfono.

Ahora trata de revivir su oficio de fotógrafo y, en los ratos libres, que son muchos más largos que hace 10 años, revisa las películas de sus hijas.

En una de ellas, The Family Man, se sabe de memoria el diálogo que sostiene Makenzie con un hombre extraño que llega a su casa a reemplazar a su papá y le dice que no es su padre pero que el verdadero debe estar en algún rincón del mundo y seguramente la debe querer mucho.

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