Bernadette Pardo

En casos de mala educación, no hay que echarle la culpa a Hialeah

El senador estatal Frank Artiles durante una reciente sesión legislativa en Tallahassee.
El senador estatal Frank Artiles durante una reciente sesión legislativa en Tallahassee. Miami Herald

Esta semana en Tallahassee, el senador estatal Frank Artiles de Miami-Dade pidió perdón públicamente a sus colegas por ser un patán, maleducado, malhablado y racista. Durante ese insólito y vergonzoso mea culpa que duró tres minutos y medio en el pleno del Senado, Artiles culpó en parte a Hialeah. Lo siento, senador, pero no me convence. La culpa no la tiene Hialeah.

Este humillante nuevo capítulo del “Bestiario Político de la Florida”, que culminó el viernes con la renuncia del legislador cubanoamericano, comenzó alrededor de las 10 de la noche del pasado lunes en un conocido club privado cerca del Capitolio donde suelen reunirse los congresistas estatales para beber y cortar el bacalao.

Me imagino que eso es lo que trataba de hacer el senador cuando conversaba en un pequeño grupo e increpó a su colega Audrey Gibson, senadora afroamericana de Jacksonville. Artiles le reclamó por hacer preguntas sobre una de sus propuestas durante una reunión de comité. La llamo “perra”, que en inglés es aún más insultante, y “c—o”, que cumple su cometido en ambos idiomas. Al retirarse la senadora ofendida, Artiles, según dijeron testigos, también profirió epítetos racistas. Uno de los presentes trató de suavizar la situación pidiéndole a Artiles que fuera a su oficina la mañana siguiente para pedirle perdón en persona a la senadora Gibson. Artiles dijo que iría y nunca apareció.

Como dijo posteriormente la senadora Gibson: “Las palabras tienen consecuencias”.

El senador Artiles decidió pedir perdón públicamente luego de que su soez comportamiento fuese reportado en la prensa nacional e internacional y en todos los periódicos del estado.

Algunos aducen que el consumo de alcohol tuvo algo que ver con el desbocamiento del senador. Beber no es una excusa. Hay muchos borrachos amables y respetuosos. El alcohol solo amplifica ciertas patologías, no las induce. La culpa no la tiene el alcohol, como tampoco la tiene Hialeah.

Lo primero que dijo Artiles a la prensa para excusarse del penoso asunto fue: “Es que yo soy de Hialeah”. Luego, en su discurso público ante el pleno, dijo: “Me crié en una comunidad donde compartimos costumbres, culturas y el lenguaje callejero”.

No sé en qué calle de Hialeah se crió el senador Artiles. La Hialeah que yo conozco, quiero y siempre defiendo, es una ciudad simpática, generosa y sin prejuicios. Sus residentes no insultan a sus colegas, respetan a las mujeres y aunque a algunos se les va una que otra mala palabra, no son hirientes ni arrogantes. El senador estatal que representa a Hialeah, René García, es un hombre educado, correcto y caballeroso.

El senador Artiles por fin reconoció ante sus colegas que “mis palabras hirientes reflejan más sobre mí que sobre cualquier otra persona”.

En todo caso el senador Artiles ya no representaba a Hialeah, donde vivió hasta después de su elección, sino a los residentes del distrito 40 del Senado en el suroeste de Miami-Dade. Es a ellos a quienes debería pedir excusas.

“No merecen ser representados por alguien así”, nos dijo Johanna Cervone, vocera hispana del Partido Demócrata de la Florida. Según Cervone. “Esos comentarios racistas y misóginos son inaceptables, tiene que renunciar”.

Los demócratas estaban pidiendo la cabeza de Artiles. Finalmente el viernes, el senador sucumbió a la presión y presentó su renuncia.

El influyente representante estatal Carlos Trujillo, también republicano como Artiles, nos dice que lo que hizo el senador cubanoamericano es inexcusable y sostuvo que “para un político una renuncia forzada es el equivalente a la pena de muerte”.

Me opongo a la pena de muerte en todas sus manifestaciones, pero hay quienes dicen que el pez muere por la boca.

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