Bernadette Pardo

BERNADETTE PARDO: Los colores de las banderas

Fotografía del 23 de junio de 2015 donde se ve una bandera Confederada durante una protesta en frente del Edificio Casa del Estado de Carolina del Sur, Columbia (EE.UU.).
Fotografía del 23 de junio de 2015 donde se ve una bandera Confederada durante una protesta en frente del Edificio Casa del Estado de Carolina del Sur, Columbia (EE.UU.). EFE

Esta semana, en un desenlace histórico, la bandera confederada fue retirada de los terrenos donde está la sede de la legislatura en Carolina del Sur, un estado recientemente traumatizado por una masacre racista en una iglesia afroamericana de Charleston.

Esta misma semana, aquí en la Florida, la comisión del condado de Marion aprobó por unanimidad una moción para izar nuevamente la bandera confederada frente a un edificio del gobierno, luego de retirarla brevemente tras la tragedia de Charleston.

Es una batalla simbólica pero los símbolos tienen fuerte arraigo y a veces consecuencias sangrientas. Si no, pregúntenles a los millones de católicos que vieron horrorizados cuando el presidente de Bolivia, Evo Morales, le obsequio al Papa Francisco un crucifijo elaborado sobre una hoz y un martillo; o a los exiliados cubanos que de vez en cuando se tropiezan con alguien ataviado alegremente con una camiseta con la imagen del Che.

El debate sobre el retiro de la bandera confederada suscita emociones igualmente fuertes. Para muchos sureños evoca un paraíso perdido y una gesta heroica. Pero, para muchos otros, la bandera confederada representa “el oscuro pasado como un símbolo de separación, un símbolo de división, un símbolo de odio”, como dijo en el pleno de la cámara el congresista afroamericano de Georgia, John Lewis.

El asesino acusado de perpetrar la masacre racista en la iglesia de Charleston apareció poco antes en su página de Facebook portando una bandera confederada como símbolo de la Supremacía Blanca. Los que no se dejan cegar por el romanticismo histórico saben perfectamente que la bandera confederada ha sido enarbolada por los elementos más racistas de este país para oprimir a minorías de todo tipo.

La guerra civil terminó hace 150 años. “Perdieron la guerra”, nos dijo Carlos Curbelo el congresista republicano de Kendall. “Estados Unidos tiene una bandera y esa es la que debe ondear, es el símbolo que nos une. Jeb Bush dio el ejemplo hace 14 años”. Cuando era gobernador de la Florida, el ahora precandidato presidencial, discretamente retiró la bandera confederada del capitolio estatal y la trasladó a un museo de historia, donde pertenece.

La dinámica perniciosa de la Guerra Civil continúa con o sin la bandera de los rebeldes del Sur ondeando en el capitolio. La semana pasada, Phillip Arroyo, un estudiante de Derecho de origen puertorriqueño, casi pierde la vida tras un altercado sobre la bandera confederada en una carretera de Orlando. “Menos mal que no tenían un arma o estarías muerto”, le dijo el patrullero que acudió a su rescate cuando estaba siendo agredido por dos hombres a quienes no les gustó la reacción de Arroyo a la enorme bandera confederada desplegada en su camioneta.

La agresión es criminal e injustificable pero los de la camioneta están en su pleno derecho, bajo la primera enmienda de la constitución, de desplegar la bandera que les venga en gana. Así como Arroyo está en el suyo de colgar una bandera de Puerto Rico de la antena de su carro.

Eliminar los símbolos del odio no elimina el odio. Pero retirar los símbolos del odio de sedes gubernamentales es justo y necesario. No es justo que nuestro gobierno continúe oficialmente echándole sal en las heridas a las víctimas del odio.

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