Bernadette Pardo

BERNADETTE PARDO: El Presidente de corazón abierto

Esta semana, en una conferencia de prensa con olor a despedida, el ex presidente Jimmy Carter anunció que el cáncer que le extirparon del hígado hace un mes ha hecho metástasis en el cerebro. Lo dijo con su habitual sonrisa y con la sencillez, la honestidad y la ecuanimidad que siempre lo han caracterizado. Luego el nonagenario ex mandatario se despidió, sin lágrimas y sin miedo, para someterse al primer tratamiento de radiación contra este cáncer tan letal.

A 34 años del fin de su presidencia, Carter sigue siendo el menos popular de los ex mandatarios estadounidenses que aún viven. La percepción es que fue un líder débil plagado por grandes fracasos, como la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Irán. También tuvo sus logros, como la firma del acuerdo de Camp David entre Israel y Egipto, que probablemente evitó una gran guerra. Sin duda sus grandes logros fueron después, al frente del Centro Carter.

Desde allí lucho incansablemente para promover la democracia en el mundo entero, para erradicar enfermedades y plagas, y para construir viviendas para los más pobres. En el 2002 recibió el Premio Nobel de la Paz por “sus décadas de infatigable esfuerzo para encontrar soluciones pacíficas a conflictos internacionales a avanzar la democracia y los derechos humanos y promover el desarrollo económico y social”. La grandeza de Jimmy Carter no se basa en su breve gestión como presidente sino en su larga trayectoria como gran ser humano.

Como nos dice Maurice Ferre, quien lo conoce bien, “Carter fue el primer presidente de Estados Unidos en promulgar el respeto por los derechos humanos como razón de Estado en nuestras relaciones internacionales”.

En momentos en que “los valores” están de moda en la narrativa de los que aspiran a la presidencia, habría que preguntarse cuáles son los verdaderos valores de este país, los de un candidato presidencial popular que quiere tirar por la borda a 11 millones de personas que viven aquí o los de un presidente impopular que tuvo el coraje de arriesgar su futuro político para rescatar a más de 125,000 cubanos en alta mar durante la crisis del Mariel.

Ferre, quien era alcalde de Miami cuando se desató ese dramático y caótico éxodo masivo en 1980, nos cuenta que los principales asesores de la Casa Blanca, Jack Watson y Gene Eidenberg, se oponían a dejar entrar a los cubanos por muchos motivos, algunos bien fundados como vimos después. Insistían en que había que repatriarlos a todos. Según Ferre, fue Carter quien tomó unilateralmente la decisión de darles la bienvenida “con brazos y corazones abiertos”.

En contraste, Bill Clinton, quien se quemó como gobernador con la rebelión de los Marielitos enviados a Fort Chaffee, Arkansas, actuó de forma bien diferente durante la crisis de los balseros en los 90. Como presidente, Clinton no tuvo reparos en hacinarlos en el limbo migratorio en Guantánamo.

Junto a la crisis de Irán, la bienvenida a los Marielitos contribuyó a arrebatarle un segundo periodo presidencial a Carter, algo que aun lamenta con irónica sonrisa. Irónicamente los que más se beneficiaron de ese generoso gesto, los cubanoamericanos, son los que menos le agradecen a Carter.

Tampoco le agradecen el discurso pronunciado en Cuba en el 2002. Cara a cara con Fidel Castro, Carter no pestañeó cuando instó al gobierno cubano a respetar los derechos de sus ciudadanos. Fue Carter, en ese discurso, quien le presentó al pueblo cubano el Proyecto Varela del desaparecido disidente Osvaldo Payá.

Los que piensan que Carter es débil deberían aprender del valor y la entereza que demostró el ex Presidente al enfrentarse a la muerte. “Mi vida está en manos del Dios al que venero”, dijo Carter. “Espero lo mejor, acepto lo que venga…le doy la bienvenida a esta nueva aventura”.

Gracias por todo, presidente Carter, sobre todo por ese gran corazón siempre abierto. Vaya con Dios en esta nueva aventura.

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