Bernadette Pardo

BERNADETTE PARDO: El cura callejero

El papa Francisco demostró ser jesuita en su magistral discurso ante el Congreso de Estados Unidos esta semana.

Con astucia y elegancia, no vaciló en tocar los temas más espinosos que no se han atrevido a abordar los congresistas presentes en ese magno evento. Allí, el papa Francisco habló de la necesidad de tratar a los inmigrantes como seres humanos y de por qué no hay que tenerles miedo porque todos en algún momento hemos sido extranjeros. Resaltó que él mismo es un hijo de inmigrantes.

También apeló a la responsabilidad moral de cuidar nuestro hogar común, este planeta cuyo calentamiento ya no podemos ignorar. El Pontífice defendió la santidad de la vida humana en todas sus etapas de desarrollo y, cuando los legisladores republicanos que se oponen al aborto legal se pusieron de pie para aplaudirlo, giró con destreza para recordarles que los que consideran que la vida humana es sagrada también deben oponerse a la pena de muerte.

El Papa instó a los más de 500 congresistas, tan divididos en sus luchas políticas, a intentar el diálogo, a buscar espacios comunes en los que puedan legislar con dignidad y compasión por el bien de todos.

Sus palabras conmovieron a políticos bien curtidos. El presidente de la Cámara, John Boehner, que renunció un día después, lloró a moco tendido. El senador Marco Rubio discretamente se secó una lágrima. Fue el discurso de un estadista, bien calibrado y articulado, pero también valiente y abierto. Fue el discurso que no pronunció en Cuba durante la primera parte de esta gira por América.

Por eso y por haberse reunido con Fidel Castro y no con los disidentes, algunos exiliados cubanoamericanos consideran que este Papa es comunista. Yo no iría tan lejos. Me atrevo a especular que sus discursos populistas podrían tener sus raíces en el peronismo, que fue el entorno durante su juventud como Jorge Mario Bergoglio.

No obstante, no podemos ignorar la urgencia de su mensaje espiritual en un mundo tan cruel y desalmado ni la legitimidad de sus planteamientos sobre la importancia de la dignidad del ser humano, de la compasión y de la inclusión.

En esta gira tan mediática, la prensa lo ha bautizado como el Papa del Pueblo. Los expertos que conocen su historia dicen que, más que un pontífice populista, Francisco es un cura callejero.

Eso lo ha demostrado en sus mejores momentos en este aparentemente interminable periplo por Estados Unidos.

Un momento inolvidable fue cuando detuvo el papamóvil en Washington para abrazar a Sofía Cruz, la niña de 5 años que tiene miedo de que sus padres indocumentados sean deportados. La pequeña Sofía pudo entregarle una carta al papa Francisco

El miércoles, luego de su discurso ante el Congreso, en vez de almorzar con los poderosos en el Capitolio, Francisco se fue al comedor de Caridades Católicas en uno de los barrios más pobres de Washington. Allí compartió con los desamparados y les recordó que el Hijo de Dios también fue un homeless porque nació sin techo. Les dijo a los marginados que frecuentan esa iglesia que “ante situaciones injustas y dolorosas es la fe la que nos da la luz para disipar la oscuridad”.

Porque soy pecadora y periodista y porque nací en Cuba, a veces cuestiono hasta al Papa.

Me pregunto por qué no detuvo el papamóvil camino a la Plaza de la Revolución en La Habana para abrazar a los tres disidentes que salieron a su paso. Sus octavillas cayeron a tierra sin ser leídas mientras los tres eran arrestados por la Seguridad del Estado. Ellos son los excluidos en esa isla.

El Hijo de Dios también nació en el exilio. Me pregunto por qué el Papa Francisco no ha mencionado el dolor del exilio cubano que tanto contribuye a mantener las iglesias en Cuba. No sé por qué.

Solo sé que necesito más fe para disipar la oscuridad.

  Comentarios