Daniel Morcate

Maestros en fuga

Muchos de nuestros políticos son expertos en crear un problema para cada solución. Y pocos ejemplos son tan ilustrativos como lo que han hecho con nuestro sistema de educación durante décadas. Tal vez porque a ellos no les fue muy bien en ese campo –algunos apenas saben leer y escribir y se nota cuando hablan– han actuado bajo la premisa de que padecemos un pésimo sistema de enseñanza. Es falso, por supuesto, como gran parte de todo lo demás que predican para asustarnos a nosotros y medrar ellos. Pero, al paso que vamos, y si lo dejamos en sus manos, su tétrico análisis pudiera hacerse realidad. Pongo por caso la escasez de maestros que han creado a lo largo y ancho del país.

Decenas de distritos escolares en la nación se han quedado sin instructores suficientes para enseñar a un número cada vez mayor de estudiantes. En Arizona, por ejemplo, el déficit es literalmente de miles en el último lustro. Algo por el estilo reportan los distritos escolares de Kansas, Oklahoma, Nuevo México y, adivinaron bien, la Florida. Sus azorados líderes peregrinan por el mundo, especialmente por Puerto Rico, España y otros países hispanohablantes, buscando docentes calificados. Solo que, en este caso, “calificado” en realidad significa que, además de saber leer, escribir, hacer números y ser bilingües, estén dispuestos a ganar salarios de miseria, soportar un sinnúmero de trabas burocráticas y sufrir los constantes insultos y vejaciones de nuestros políticos que los usarán como chivos expiatorios para muchos de los mismos males sociales que ellos crean o alimentan por ineptitud o desidia.

En el sur de la Florida los maestros sufren tantas presiones y humillaciones que muchos solo sueñan con el día en que puedan jubilarse sin perder sus pensiones ni caer en un bache peligroso por falta de cobertura médica. El pasado fin de semana el Herald informó que el año escolar había comenzado en el distrito escolar de Miami-Dade con un déficit de 150 maestros, 40 en educación especial, 55 en matemáticas, lectura y ciencias y 55 en otras especialidades. No sé por qué sospecho que ese cálculo se queda corto. No parece tener en cuenta, por ejemplo, la escasez de sustitutos. Conozco a unos cuantos maestros. Algunos son de la familia. Y todos, sin excepción, me cuentan historias de horror y éxodo de colegas en los colegios donde trabajan. Pero la fuga en nuestro distrito todavía marcha, oficialmente, por debajo de la norma nacional, según explica el Herald. La pregunta es ¿por cuánto tiempo?

Nuestros políticos, republicanos y demócratas, conservadores y liberales, son los principales responsables de este problema. Durante años han ahuyentado a los maestros de las escuelas, y a los universitarios de la docencia, con medidas de austeridad que han mantenido los salarios y beneficios a niveles escandalosamente bajos. Muy por debajo del costo de vida en las comunidades donde residen y trabajan. También los han asediado con torpes medidas para vigilarles en su trabajo y vincular sus pagas al desempeño de sus estudiantes, independientemente de si éstos son pobres o ricos, nativos o inmigrantes, angloparlantes o no, miembros de minorías étnicas o blancos no hispanos. En vez de exigirles que enseñen, les han exigido que den un burujón de exámenes; en lugar de estimular la cooperación entre ellos, han estimulado el canibalismo; y en lugar de reconocer su enorme contribución social los han satanizado.

¿Las consecuencias? Además de los maestros mismos, nuestros hijos y nietos pagarán los platos rotos. La mala vibra en el ambiente educativo espantará a más y más docentes calificados. En el mejor de los casos, sus puestos los ocuparán otros con menos experiencia. En el peor, quedarán vacantes. Los universitarios seguirán optando por profesiones menos denigradas y mejor remuneradas. Y los estudiantes pudieran recibir, entonces sí, una educación inferior como la que vienen lamentando los políticos alarmistas para darse importancia y ganar votos. El remedio llegará únicamente cuando cesen los ataques abusivos a los maestros y se empiece a valorar adecuadamente su labor. Pero para que eso ocurra tendrá que surgir la voluntad política necesaria. O tal vez unos políticos muy diferentes a los que nos gastamos.

Periodista cubano.

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