Daniel Morcate

El zarpazo militar en Cuba

Un cartel de la empresa Habaguanex se destaca en una calle de la Habana Vieja. El grupo de hoteles, tiendas y restaurantes dirigido por Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, ahora está en manos de los militares.
Un cartel de la empresa Habaguanex se destaca en una calle de la Habana Vieja. El grupo de hoteles, tiendas y restaurantes dirigido por Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, ahora está en manos de los militares. AP

Ya lo dicen hasta los corresponsales extranjeros acreditados en La Habana, lo cual es mucho decir. Los militares castristas aprovechan la componenda que les obsequió el presidente Obama para expandir su dominio económico en la isla. Eso incluye al Ministerio del Interior, la temible policía política, cuya misión principal es vigilar, intimidar y reprimir a los cubanos. Además de ser dueños y señores de casi todo lo que se mueve y respira, también lo son de gran parte de lo que invierten los extranjeros en Cuba, incluyendo los turistas. El objetivo es crear un estado neofascista, como el chino, con la complicidad del siempre dispuesto capital de las democracias occidentales, el más intranquilo y travieso que existe. Se trata de una variante del célebre augurio de Lenin: “los capitalistas nos venderán la soga con que les ahorcaremos”. La variante castrista, como la china, consiste en usar la soga capitalista para continuar ahorcando cubanos.

Más allá de la retórica altisonante del presidente Obama y su círculo íntimo, el rasgo esencial de las nuevas relaciones de Estados Unidos con Cuba consiste en alimentar el voraz apetito de dólares y poder de los represores castristas. Desde la ingenua perspectiva norteamericana, ese no era el objetivo, claro. Pero las torpes condiciones de la componenda, basada en un patético desconocimiento del castrismo, están ayudando a consolidar el imperio económico y político de los militares, lo que en la práctica significa de la familia imperial cubana. GAESA, el brazo comercial de los militares, se ha preparado durante dos años para recibir los beneficios del engagement, según informa desde La Habana Prensa Asociada. Gaviota, el apéndice turístico de las fuerzas armadas, “está en medio de un zafarrancho de construcción de hoteles” para acomodar a turistas norteamericanos y gusanos devenidos mariposas. Y el Puerto de El Mariel, administrado por los militares, “ha visto un crecimiento de dos dígitos estimulado mayormente por la demanda en el sector turístico”, asegura la agencia de noticias.

Los Castro incluso le dieron el zarpazo definitivo a Habaguanex, el tinglado de hoteles y tiendas que regenteaba el historiador de La Habana Eusebio Leal. Desde 1993, el régimen pagaba el servilismo de Leal permitiéndole usar parte de los ingresos en la restauración de La Habana Vieja. Ahora, según él mismo declaró a AP, su tinglado estará “mejor dirigido” por los militares castristas. Los mismos que también administran desde hace 16 años los productos agrícolas que han vendido 250 firmas norteamericanas a Cuba al son de $5 mil millones. En una audiencia ante el Congreso la semana pasada, Mauricio Claver-Carone explicó que los militares administran el dinero a través de ALIMPORT, subsidiaria de un Ministerio de Comercio Exterior que siempre ha dirigido la inteligencia castrista. Hoy la encabeza Rodrigo Malmierca Díaz, oficial de la Dirección General de Inteligencia de Cuba.

Mientras la familia Castro expande su imperio económico a través de militares y policías, los cubanos de a pie continúan sufriendo las consecuencias. Durante lo que va de 2016, el régimen ha practicado más de 8000 arrestos políticos. Miles de cubanos han escapado de la isla principalmente hacia Estados Unidos, pero también hacia Europa y América Latina, donde protagonizan un drama humanitario que los gobiernos regionales no saben cómo paliar. Muchos más esperan turno para huir de Cuba por la persistente falta de libertades básicas y condiciones de vida que se acercan a las del tristemente célebre período especial de los noventa.

Frente a este panorama desolador, el gobierno de Obama insiste en sobrevalorar los beneficios de su componenda con el régimen cubano al tiempo que ignora sus consecuencias desastrosas. Sus proclamas triunfalistas encuentran eco en los medios. El propio Obama incluye la componenda entre sus legados presidenciales. Mientras tanto, él y sus asesores dejan en retórica hueca los reclamos a Cuba sobre derechos humanos. Tampoco interceden por los refugiados cubanos que en terceros países sufren estafas, arrestos, violencia. “Si todo esto les suena familiar”, editorializa el Washington Post, “es porque se parece mucho al arreglo que alguna vez existiera entre Washington y el régimen cleptocrático de Batista que Fidel Castro derrocó en 1959”. Obama, sin proponérselo, ha revido el fatídico patrón norteamericano de contubernio con dictaduras latinoamericanas.

Periodista cubano.

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