Daniel Morcate

El tercer Bush

Jeb Bush, ex gobernador de la Florida, participa en el Club Económico de Detroit el pasado 4 de febrero. Jeb es uno de los grandes favoritos para la nominación presidencial republicana.
Jeb Bush, ex gobernador de la Florida, participa en el Club Económico de Detroit el pasado 4 de febrero. Jeb es uno de los grandes favoritos para la nominación presidencial republicana. Getty Images

Una mañana hace ya tres décadas y media un joven alto, serio e impetuoso, con cara de guapetón, entro a la redacción de la WRHC Cadena Azul en la Pequeña Habana para confrontar verbalmente al comentarista Armando García Sifredo. Me iniciaba yo en el periodismo radial y aquel joven en la política en la Florida. Era Jeb Bush. Y venía a defender a su padre, el entonces vicepresidente George W. H. Bush, quien aspiraba a la presidencia.

Armando había criticado a Bush padre con ese verbo incendiario con el que solía exponer sus criterios conservadores. El joven Jeb defendía el honor de la familia. A algunos de los allí presentes nos dejó con la sensación de que sus propias aspiraciones políticas eran de largo alcance. Y así ha resultado. Jeb fue gobernador de la Florida durante ocho años. Antes y después de ser gobernador ha sido un power broker durante una época en que su Partido Republicano ha dominado la política floridana. Y ahora se ha colocado como el indiscutible puntero en la hacinada carrera por la nominación presidencial republicana.

A riesgo de simplificar, siempre he creído que aquella anécdota en la Cadena Azul simboliza la personalidad política de Jeb Bush. Se trata de un hombre de fuertes convicciones que es capaz de defender a rajatabla. También de alguien que cuida su imagen pública y muestra independencia de criterio en la medida en que esta no perjudica las posibilidades electorales de su partido en momentos cruciales. Jeb no ha vacilado en discrepar de posturas controversiales que ha adoptado el GOP, sobre todo en materia de inmigración y educación. Y mantiene la seriedad de talante que mostró aquella remota mañana. Sus partidarios dicen que esa seriedad le ha ganado la confianza de votantes. Sus críticos consideran que le ha impedido ser un político carismático.

El primer indicio claro de que Jeb Bush domina la contienda por la nominación republicana es el enorme escrutinio a que ya lo somete la prensa estatal y nacional. Prácticamente no pasa un día sin que no aparezca un artículo sobre su más reciente actividad o sobre su bagaje político, que lógicamente es enorme, debido a los años que lleva inmerso en la vida pública. Gran parte del escrutinio se concentra en sus negocios, algunos muy controversiales, antes y después de que ocupara la mansión del gobernador en Tallahassee. A mi juicio, si Jeb Bush sobrevive a ese escrutinio, y si evita cometer graves deslices estratégicos como los que condenaron la candidatura del gobernador de Texas Rick Perry en 2012, sus posibilidades de ganar la nominación son óptimas. Es, sin lugar a dudas, el precandidato a batir en la pelea republicana.

Lo es, también, porque aventaja de manera abrumadora a todos sus posibles contendientes en recaudación de fondos para la campana. Al paso que lleva, Jeb Bush impondrá una nueva marca de recaudación para una primaria. Se estima que en pocos meses habrá recolectado ya decenas de millones, según reporta el Washington Post. Otros aspirantes republicanos aún podrían ganarle la contienda. Sobra tiempo para que alguno monte una campaña inteligente y creativa, adecuadamente financiada, que pueda desbancar al favorito. Pero ninguno se le acercará siquiera en materia de recaudación. Esto obedece a dos razones primordiales. El apellido Bush garantiza el apoyo monetario de un grupo fiel de contribuyentes multimillonarios. Y la sorpresiva retirada de Mitt Romney de la contienda republicana ha provocado una estampida de otros donantes conservadores hacia el candidato que se percibe como el de mejores posibilidades.

Al menos dos factores adicionales han catapultado a Bush hacia la condición de favorito. A muchos estrategas republicanos les atrae su reputación de moderado. Saben que los extremistas vociferantes han alejado al partido de la Casa Blanca en estos años. Y Bush se ha inspirado, además, en la vasta experiencia familiar para iniciar su campaña antes que todos sus rivales republicanos. Lo mismo hicieron su padre y su hermano con los resultados que todos conocemos. Solo un imponderable –como algún esqueleto en el armario o un grave error táctico– se perfila como el mayor obstáculo para quien aspira a convertirse en el tercer Bush en conquistar la nominación presidencial republicana.

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