Daniel Morcate

Después de Donald Trump

Seguidores de Donald Trump muestran su apoyo por e candidato republicano frente al Trump International Hotel en Las Vegas, Nevada, el martes pasado. Trump está en las encuestas por debajo de su rival demócrata, Hillary Clinton.
Seguidores de Donald Trump muestran su apoyo por e candidato republicano frente al Trump International Hotel en Las Vegas, Nevada, el martes pasado. Trump está en las encuestas por debajo de su rival demócrata, Hillary Clinton. AP

Donald Trump aún pudiera ganar las elecciones presidenciales el ocho de noviembre matemáticamente hablando. Pero, para alivio de muchos, las posibilidades de que triunfe han ido disminuyendo según los más recientes estimados y encuestas. Trump, sin embargo, es un síntoma de males políticos y morales que antecedieron a su postulación y que sobrevivirán a su probable derrota. En este espacio he hablado a menudo del problema moral, ejemplificado por sus seguidores más extremistas en el repudio al progreso de las minorías étnicas y a los inmigrantes. Hoy quisiera hablar del fenómeno político del trumpismo, es decir, de ese intrincado conjunto de causas y efectos que han contribuido a que millones de norteamericanos, en su mayoría blancos no hispanos, hayan llegado a creerse el camelo de que un demagogo transparente como Trump debería ser presidente de Estados Unidos.


Tal vez la palabra clave para entender a esos compatriotas sea resentimiento. Muchos, en efecto, resienten los profundos y vertiginosos cambios sociales que ya no les permiten gozar del mismo estándar de vida del que antes gozaban ellos, sus padres o sus abuelos solamente con adquirir una básica educación secundaria. El porcentaje de blancos no hispanos sin títulos universitarios que apoyan a Trump es altísimo. Muchos han sufrido o creen haber sufrido el impacto de la afluencia de inmigrantes a sus comunidades. Para ellos se trata principalmente de extranjeros que de pronto llegan a competir por los recursos laborales y materiales que cada vez cuesta más obtener. Saben, además, que muchos de esos recién llegados eventualmente se integran al modo de vida norteamericano y también compiten con ellos por el poder político.

Muchos trumpistas resienten asimismo lo que perciben como el manejo pusilánime de la política exterior por parte de gobiernos demócratas, pues, según ellos, eso debilita a Estados Unidos y reduce su protagonismo democrático en el mundo. Basta con escuchar las encendidas diatribas nacionalistas que algunos partidarios de Trump lanzan por radio o escriben en los periódicos. El gobierno del presidente Obama ha alimentado sus resquemores, primero, intentando apaciguar al régimen paria de Corea del Norte mediante patéticas gestiones como las que hiciera en Pyongyang el ex embajador ante Naciones Unidas Bill Richardson; luego ha perseverado en el apaciguamiento de regímenes como los de Irán, Cuba y Venezuela, reviviendo en la práctica el detestable patrón norteamericano de contubernio con tiranías.


A Donald Trump se le puede y se le debe derrotar en las urnas el ocho de noviembre. Pero luego nuestros líderes políticos, demócratas y republicanos por igual, deberán adoptar medidas inteligentes y compasivas para responder lo mejor posible a las inseguridades de muchos de sus partidarios. De entrada, deberán utilizar la palabra “educar” menos como consigna política y más como un instrumento vivo para capacitar a las personas que se rezagan en la fuerza laboral debido al avance impetuoso de la tecnología; permitir que los trabajadores vuelvan a organizarse para defender sus derechos e intereses; aumentar el salario mínimo a niveles de supervivencia personal y familiar; asistir en forma generosa y visionaria a comunidades afectadas por grandes cantidades de inmigrantes o por la fuga sistemática de empresas al extranjero; expandir los beneficios de la globalización comercial, de manera que esos beneficios sean evidentes para trabajadores y consumidores; y en política exterior, nuestros futuros dirigentes deberán promover la paz en el mundo estimulando la democracia y la libertad, no aliándose con tiranías en detrimento de los pueblos que las padecen.


Antes de llegar ahí, por supuesto, será preciso derrotar en los comicios a Trump y todo lo malo y peligroso que él representa. Digamos que ese es el primer orden del día. Su previsible derrota será también la del racismo, la xenofobia, el aislacionismo y la chabacanería que buscan legitimarse desde el cargo más importante de nuestro gobierno. Pero sobre todo será la derrota de las falsas soluciones a los problemas reales de la nación. Demagogo al fin, Trump ha hecho de esas falsas soluciones el meollo de su campaña populista, aprovechándose de la ingenuidad y la inseguridad de millones de nuestros compatriotas. Después de Trump, el imperativo será continuar buscando remedios verdaderos para los males políticos y sociales que padecemos.

Periodista cubano.

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